Críticas

Snyder en Toronto con un thriller sin firma visual — y eso es tanto su problema como su mérito

The Last Photograph llega al Festival de Toronto como el thriller de venganza más contenido de Zack Snyder y también como su experimento más difícil de defender. Quiere hablar del duelo y la culpa masculina. El resultado es una película que nunca acaba de decidir qué quiere ser.

  • The Last Photograph llega al Festival Internacional de Cine de Toronto de 2026 como el thriller de venganza más contenido de Zack Snyder, y también como su experimento más difícil de defender.

  • La película quiere hablar del duelo, la culpa masculina y la moralidad de documentar la violencia, pero enuncia sus temas en voz alta en lugar de dejar que emerjan solos.

  • Snyder renuncia a su inconfundible energía visual sin sustituirla por una hondura emocional equivalente, y el resultado se vuelve extrañamente anónimo.

  • Opinión: Lo verdaderamente inquietante es ver a un cineasta con tanto poder de imagen desprenderse justo de aquello que le hace reconocible, y precisamente cuando más aspira a ser «serio».

  • Dato clave: Con 135 minutos de metraje y estreno el 13 de septiembre de 2026, es uno de los proyectos más personales y controvertidos de su filmografía.


Hay directores que, al despojarse de sus recursos habituales, encuentran algo más profundo. Y hay otros que, al hacerlo, simplemente se quedan a la intemperie. La pregunta que The Last Photograph plantea desde sus primeros fotogramas es cuál de esos dos escenarios estamos viendo. Y la respuesta, me temo, no invita al entusiasmo.

Snyder siempre ha sido un cineasta de excesos. Sus imágenes ralentizadas, su esteticismo desbordado, su gusto por la épica monumental… todo eso conforma un lenguaje propio que uno puede amar u odiar, pero que al menos tiene una firma. Lo curioso de esta película es que parece querer borrar esa firma para demostrar que puede ir más allá. El problema no es la ambición, sino que ese «más allá» nunca termina de materializarse.

Una historia de venganza con ambiciones filosóficas

The Last Photograph sigue a Ethan Black (Stuart Martin), un exmilitar reconvertido en agente de la DEA que viaja a Colombia tras el asesinato de su hermano y su cuñada y el secuestro de sus sobrinos. Le acompaña Joe Wallace (Fra Fee), un fotógrafo de guerra que presenció la tragedia.

Sobre el papel, los ingredientes son genuinamente estimulantes. Un thriller de carretera, sí, pero también una reflexión sobre el duelo, la culpa y algo que me parece fascinante: la moralidad de documentar el sufrimiento. ¿Tiene derecho un fotógrafo a inmortalizar el dolor ajeno? ¿En qué punto la imagen deja de ser testimonio y se convierte en voyeurismo?

Es exactamente el tipo de pregunta que me habría tenido tomando notas en la butaca. Lo que intenta la película es valioso; lo que consigue es otra cosa.

El problema del tono: anunciar lo que deberías mostrar

Fotograma oficial de The Last Photograph, la película de Zack Snyder presentada en el TIFF 2026

El mayor obstáculo de The Last Photograph es que sus personajes hablan de lo que sienten en lugar de sentirlo. Los diálogos suenan a manifiesto filosófico mal ensamblado, no a conversación humana. Cada escena parece avisarnos: «esto es importante». Y por eso mismo, deja de serlo.

Recuerdo la primera vez que vi Blade Runner 2049. Nadie te explica allí que la película trata sobre la soledad o sobre qué nos hace humanos. Simplemente lo hace, a través de silencios y de gestos mínimos. Aquí ocurre lo contrario: los personajes declaman sus traumas como si estuvieran en un ensayo teatral.

La secuencia inicial, que entrelaza imágenes sexuales explícitas con violencia contra menores, instala desde el arranque esa tensión incómoda entre querer ser tomado en serio y no calibrar hasta qué punto se está cruzando una línea.

La cámara que mira sin ver

El tratamiento de los personajes femeninos merece un apartado, y no por buenas razones. La película acumula planos gratuitos que no aportan nada narrativo ni temático. La obsesión de Ethan con una fotografía desnuda de su cuñada —que pierde y busca con desesperación en el tramo central— debería ahondar en su tortura psicológica; en la práctica, queda más cerca del culebrón que del drama de autor.

Y ahí está la contradicción más reveladora. El propio título contiene la palabra «fotografía»: la imagen como testigo, la imagen como responsabilidad. La película tenía delante su gran tesis y la desactiva justo cuando más la necesita.

Porque esa pregunta no es solo de Snyder. Vivimos rodeados de imágenes del dolor ajeno: catástrofes en directo, tragedias reducidas a contenido, sufrimiento convertido en desplazamiento vertical del pulgar. Una película que se atreviera a mirar de frente esa saturación tendría muchísimo que decir sobre nosotros. The Last Photograph tiene ese material entre las manos y decide, una y otra vez, mirar hacia otro lado.

Lo que funciona, y lo que lo derrumba

Seamos justos: el segundo acto respira mejor. El ritmo se asienta, la relación entre los dos protagonistas gana textura y las secuencias de acción ofrecen destellos de esa energía cinética tan reconocible en Snyder.

Pero el desenlace tira por tierra buena parte de lo construido. Durante casi todo el metraje se insinúa que hay algo más grande detrás de los crímenes. Cuando llega la revelación… no hay nada. El vacío dramático es tan amplio que los 135 minutos se sienten más largos que el mismísimo Snyder Cut de Justice League.

La paradoja del director sin sello

Lo más desconcertante es su anonimato. Snyder ha edificado su carrera sobre una identidad visual potentísima. Incluso cuando sus películas tropezaban, siempre había algo inconfundiblemente suyo: Watchmen tenía ideas genuinamente incómodas sobre el poder, y 300 era excesiva por diseño, y funcionaba precisamente por ello.

Aquí esa voz se ha apagado. Ha retirado el espectáculo sin encontrar qué poner en su lugar, y lo que queda es una película que quiere gritar «soy maduro, soy relevante» y que, en el intento, pierde su autenticidad. No lo leo como un buen o mal trabajo, sino como una brecha enorme entre lo que se propone y lo que alcanza. Y ese desajuste, paradójicamente, dice más de un director que muchos de sus aciertos.


Hay algo que siempre me ha parecido cierto del mejor cine, sea del género que sea: las películas que más dicen son las que menos insisten en decírtelo. Her me tuvo pensando durante días sin explicarme nada. Arrival me hizo pausar la imagen para apuntar frases que nadie pronunciaba como discurso, sino como susurro.

The Last Photograph habla tan alto que no se oye nada. Y en ese ruido, donde deberían estar las ideas, solo queda eco. Quizá la lección más honesta que deja es que la madurez cinematográfica no se conquista renunciando a lo que uno es, sino excavando dentro de ello.

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