Críticas

Practical Magic 2 no suelta el pasado — y eso le impide ser lo que podría ser

Sandra Bullock y Nicole Kidman vuelven como las hermanas Owens treinta años después del original. Su complicidad sigue siendo el mayor activo de la secuela. El problema es que Practical Magic 2 brilla en lo íntimo pero se desdibuja cuando apuesta por lo grande.

  • Sandra Bullock y Nicole Kidman regresan como las hermanas Owens treinta años después del original, y su complicidad intacta sigue siendo el mayor activo de la secuela.

  • Susanne Bier dirige una historia de maldiciones hereditarias que brilla en lo íntimo pero se desdibuja cuando apuesta por el espectáculo en su tramo final (5/10).

  • Joey King y Maisie Williams tienen un potencial real como las hijas Owens que el guion desaprovecha, relegándolas a un segundo plano que no merecen.

Opinión: Practical Magic 2 ejemplifica algo que vemos demasiado en el cine contemporáneo: la incapacidad de soltar la mano de los protagonistas originales para dejar que la siguiente generación cuente su propia historia.


Hay algo extrañamente honesto en las películas que no intentan ser más de lo que son. Que no buscan redefinir un género ni dejar una huella imborrable. Que simplemente quieren recrear una sensación, una atmósfera, ese raro bienestar de quedarte en casa una tarde de lluvia sin hacer nada importante.

La primera Practical Magic —y sé que puede sonar raro viniendo de alguien que lleva semanas dándole vueltas a las profecías de Dune— tenía exactamente esa cualidad. Era descaradamente imperfecta y, precisamente por eso, entrañable.

La secuela aparece ahora, casi treinta años después, con el mismo estandarte en la mano. No viene a decirnos nada nuevo ni a proponernos ideas que nos quiten el sueño. Viene a ver si puede repetir el truco.

Y la pregunta es sencilla, aunque más difícil de responder de lo que parece: ¿puede fabricarse de nuevo ese caos cálido y accidentado del original, o hay cosas que solo ocurren una vez?

La maldición que no se elige

Practical Magic 2 arranca con una premisa que, si te detienes a pensarla, tiene más peso del que parece.

Sally y Gilly Owens siguen malditas. Han pasado treinta años. Sus hijas, Kylie y Antonia, crecieron completamente al margen: sin saber que la magia existe, sin saber que llevan algo antiguo e inevitable grabado en la sangre.

Es la estructura clásica del legado que no se pide. La encontramos en los Atreides de Dune, en cualquier historia que hable de lo que heredamos sin haberlo solicitado. Lo interesante aquí es que la maldición no es metafórica: es literal, operativa, y se activa en cuanto Kylie, interpretada por Joey King, se enamora de un hombre llamado Gideon.

El problema, y esto me parece revelador, es que la película no termina de decidir si quiere explorar esa idea en profundidad o simplemente usarla como motor para llegar a la siguiente escena.

Lo que funciona: el sofá, las hermanas, el rato

Sandra Bullock como Sally Owens en Practical Magic 2, secuela de Warner Bros. Pictures

Cuando Practical Magic 2 se relaja y se instala en sus momentos más íntimos, hay algo genuinamente reconfortante en lo que ofrece.

La casa victoriana regresa como si fuese un personaje más. Las escenas entre Bullock y Kidman conservan esa textura de complicidad real que no se fabrica en un despacho. Dianne Wiest y Stockard Channing vuelven como las tías Jet y Franny con la misma energía deliciosa de siempre.

Susanne Bier, que toma el relevo de Griffin Dunne en la dirección, encuentra su mejor versión en los instantes pequeños: una copa a medianoche, una conversación en voz baja, la cotidianidad de dos hermanas que llevan toda una vida entendiéndose sin explicarse demasiado.

Ahí reside el alma de la película. Y mientras permanece ahí, todo funciona.

El problema de la secuela-legado

Pero entonces llega la segunda mitad, y con ella el dilema que arrastran muchas secuelas de este tipo, esas que en inglés llaman legacyquels: secuelas-legado que resucitan una franquicia apoyándose en sus protagonistas de siempre.

La trama se traslada a Inglaterra, donde se acumulan crisis familiares, aparece un profesor de historia mágica llamado Ian Wright (Lee Pace, algo desaprovechado como interés romántico) y el número de personajes crece más rápido de lo que el guion puede gestionar.

Joey King y Maisie Williams, que representan la oportunidad real de esta historia, quedan constantemente desplazadas. La cámara vuelve de forma sistemática a Bullock y Kidman, y aunque su presencia es un placer genuino, la sensación es que la película no se atreve a soltar la mano de las estrellas.

Es el dilema irresoluble de la secuela-legado: ¿a quién le contamos la historia? ¿A los que ya conocen y quieren el original, o a los que podrían descubrirlo ahora? Practical Magic 2 intenta contentar a todos y, como suele ocurrir, acaba sirviendo a medias a cada grupo.

El clímax se vuelve ruidoso. Los efectos especiales se apoderan de escenas que habrían funcionado mejor con menos. Las hermanas Owens terminan haciendo cosas que parecen sacadas de una película de superhéroes, y en ese momento algo se rompe. La película abandona su mayor fortaleza.

Un jersey que encogió un poco

Practical Magic 2 se queda en un 5 sobre 10. No es un número que condene ni que celebre en exceso. Describe algo muy concreto: una película que sabe lo que quiere ser pero no siempre tiene el valor de serlo del todo.

Hay momentos en los que la magia del original regresa con una claridad que desarma. Y hay otros en los que se pierde buscando ser más grande de lo que necesita para funcionar. Curiosamente, esa misma tensión también describía a la primera Practical Magic. Quizás sea inevitable. Quizás sea parte de la maldición.

Al final, lo que me deja pensando no es si es buena o mala —esa es la pregunta más aburrida que se le puede hacer a una película— sino qué dice sobre nuestra relación con el pasado.

Recuerdo haber pausado Arrival para apuntar una frase sobre cómo el tiempo nos define, y me pregunto si el cine actual no está atrapado en una especie de bucle: regresa una y otra vez a lo que ya conocemos, no para revisarlo ni cuestionarlo, sino para confirmar que sigue ahí. Para darnos la razón por haberlo querido tanto.

Hay algo un poco melancólico en eso. Practical Magic 2, con todos sus defectos y virtudes, es un ejemplo perfecto de esa tensión entre el impulso de preservar algo que funcionó y la necesidad de dejar que algo nuevo ocupe su espacio. El jersey sigue siendo cómodo. Pero quizás ha llegado el momento de tejer uno nuevo.

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