Los creadores de Resacón fracasan con Spa Weekend — y era predecible

Spa Weekend, la nueva comedia de Lucas y Moore, estrena el 21 de agosto con Leslie Mann, Isla Fisher, Michelle Buteau y Anna Faris. Tiene todos los ingredientes de sus éxitos anteriores y exactamente los mismos problemas que les arrastraron después.

✍🏻 Por Tomas Velarde

agosto 24, 2026
  • Spa Weekend, la nueva comedia para adultos de Jon Lucas y Scott Moore —artífices de Resacón en Las Vegas y Bad Moms—, reúne a Leslie Mann, Isla Fisher, Michelle Buteau y Anna Faris, con estreno el 21 de agosto de 2026.

  • La premisa —cuatro amigas en un balneario donde tres no soportan a la cuarta— es poco generosa con sus personajes, y el guión no consigue justificar ni el conflicto ni su resolución emocional.

  • El reparto, con una Isla Fisher soberbia, rescata la función de la intrascendencia, aunque el conjunto jamás alcanza el listón de sus ilustres referentes.

Opinión: Un ejemplo diáfano del problema del entretenimiento industrial contemporáneo: se apoya en fórmulas ya transitadas sin aspirar a superarlas. Esperable y, precisamente por ello, decepcionante.


Hay comedias que nacen con todas las cartas a su favor: un equipo creativo de trayectoria probada, un reparto de nombres reconocibles y una fórmula que el público ya ha demostrado querer. Y, sin embargo, esa acumulación de recursos no garantiza nada. Spa Weekend llega a las salas el 21 de agosto prometiendo ser el gran éxito de comedia femenina del verano, y la pregunta que uno inevitablemente se formula es si Jon Lucas y Scott Moore tienen algo nuevo que decir o si, sencillamente, repiten la jugada con otros intérpretes.

Lucas y Moore firmaron Resacón en Las Vegas —una de las comedias más rentables del cine reciente— y Bad Moms, que supo capitalizar el agotamiento de toda una generación de mujeres. Con semejante historial sobre la mesa, la película llega con un listón autoimpuesto que, por desgracia, no consigue franquear.


La premisa es sencilla: cuatro amigas —Jane (Leslie Mann), Coco (Michelle Buteau), Sophie (Anna Faris) y Mel (Isla Fisher)— se marchan de escapada a un balneario. El giro central es que tres de ellas, en el fondo, no soportan a Mel.

No es un punto de partida especialmente original. Ya en los años cuarenta, Billy Wilder sabía que una comedia solo funciona si el conflicto emocional es honesto. Aquí, el arranque tiene algo de mezquino que el guión no logra redimir.

Recuerdo mis primeras críticas en aquellos foros de cinéfilos a finales de los noventa, donde discutíamos hasta la extenuación por qué reíamos con unos personajes y no con otros. La respuesta solía ser la misma: los queríamos. En Spa Weekend, en cambio, se nos pide que riamos de la incomodidad de Mel sin entender del todo por qué las demás la rechazan.

Hay una escena reveladora: durante una sesión de barros, las tres amigas intercambian miradas de complicidad a espaldas de Mel mientras ella parlotea, ajena. El gag busca la carcajada, pero deja un poso incómodo, porque la crueldad no se ha ganado con nada previo.

La reconciliación posterior tampoco convence. El filme intenta, en su segunda mitad, que las protagonistas descubran un afecto genuino por Mel, pero ese arco de redención se siente precipitado, como si los guionistas supieran que necesitaban el momento emocional sin haberse molestado en construirlo.

Isla Fisher, Leslie Mann, Michelle Buteau y Anna Faris, protagonistas de la comedia Spa Weekend

Lo cual conduce al otro gran defecto: la dispersión narrativa. Spa Weekend dedica demasiado tiempo a las subtramas individuales —la aventura de Jane con un instructor de yoga, las pequeñas crisis de cada una— y descuida lo que debería ser su columna vertebral: la dinámica del grupo. Una comedia coral vive o muere por la química entre sus personajes, y aquí esa química se da más por supuesta que por edificada.

Hay, con todo, momentos de comedia genuina. La película tiene algún arranque de screwball bien ejecutado; destaca un intercambio de diálogo, casi de vodevil, en el que Coco confunde una máscara facial con un antifaz y responde al conserje como si fuera una ladrona pillada in fraganti. Funciona por puro absurdo. Y el mérito recae, en gran medida, en el reparto.

Leslie Mann hace lo que sabe hacer: la mujer neurótica, torpe y entrañable. No es su papel más exigente, pero lo resuelve con la solvencia de quien domina el registro desde hace años.

Isla Fisher es, con diferencia, lo mejor de la función. Le concede a Mel una humanidad que el guión apenas le otorga y consigue que hasta los chistes más burdos escondan algo de verdad. Resulta frustrante que varios de sus mejores instantes queden relegados a los bloopers de los créditos.

Michelle Buteau y Anna Faris se reparten los arquetipos de «la amiga enfadada» y «la amiga sumisa» con profesionalidad, aunque son los personajes más desatendidos del conjunto.

Con 97 minutos, Spa Weekend no se hace larga. El ritmo es ágil y las situaciones se suceden sin dejar espacio al tedio. Pero la agilidad no equivale a la profundidad.


Me pregunto qué diría Wilder de esta manía de reciclar fórmulas sin cuestionarlas. Él reescribía los géneros desde dentro; Con faldas y a lo loco no era una comedia disfrazada, sino una radiografía del deseo y la supervivencia. Pienso también en cómo Kurosawa lograba que un grupo —los siete samuráis— funcionara como un organismo cohesionado, cada rostro con su peso. Ahí, en esa arquitectura coral, es donde Spa Weekend naufraga.

No toda comedia debe aspirar a esa densidad —sería absurdo exigírselo—, pero sí cabría pedirle que sus personajes respiren con libertad y que el conflicto sostenga la hora y media.

La película es funcional, amable, con chistes suficientes para que nadie salga con las manos vacías. Pero en un género donde los listones —Bridesmaids, el propio Resacón en Las Vegas, incluso Girls Trip— están bien altos, quedarse a medio camino es una forma sutil de defraudar. Si la encuentras un domingo por la tarde en tu plataforma de streaming y buscas algo sin pretensiones, cumplirá. No merece el precio de la entrada.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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