Cine

Henry Cavill vuelve al espionaje con Kevin Hart — esta vez en modo comedia

Henry Cavill protagoniza su cuarta película de espías, una comedia de acción dirigida por McG junto a Kevin Hart. Cavill lleva años construyendo una carrera paralela al espionaje de acción y esta vez añade la comedia al mix. El resultado puede ser mejor de lo que parece.

  • Henry Cavill protagonizará su cuarta película de espías, una comedia de acción dirigida por McG en la que comparte pantalla con Kevin Hart como agentes rivales que coinciden en una clase de preparación al parto.
  • Cavill descarta definitivamente ser el próximo James Bond a sus 42 años, aunque confiesa que le seduce mucho más la idea de interpretar a un villano de la saga.
  • En mi opinión, lo más jugoso del proyecto no es la premisa cómica, sino lo que dice sobre esa frontera cada vez más difusa entre nuestra identidad pública y la privada, un tema que me obsesiona.

Hay algo extraño y fascinante en que un actor construya toda una carrera paralela interpretando espías. No hablo de convertirse en un icono definitivo como Sean Connery o de redefinir un personaje como hizo Daniel Craig. Hablo de algo más sutil: la acumulación de máscaras, de identidades encubiertas, de hombres que nunca son del todo lo que parecen. Henry Cavill lleva años habitando esa zona gris, y cada nueva entrega añade una capa más a ese juego de espejos.

La pregunta que me surge no es tanto si la película será buena, sino qué nos dice este tipo de proyectos sobre cómo la industria —y el público— seguimos fascinados por la figura del espía. En un mundo donde la vigilancia es masiva, donde la información es poder y donde las identidades se construyen y destruyen con un clic, el espía cinematográfico sigue siendo una de las metáforas más cargadas de sentido que el cine popular puede ofrecer.

Un espía que ya no puede dejar de serlo

Cavill ha interpretado agentes secretos en Misión: Imposible — Fallout, The Man from U.N.C.L.E., Argylle y ahora en este nuevo proyecto sin título dirigido por McG. Cuatro películas. Cuatro identidades encubiertas. Cuatro versiones distintas del mismo arquetipo.

Lo interesante no es la cantidad, sino lo que esa repetición revela: hay algo en la presencia física y en el registro interpretativo de Cavill que encaja perfectamente en ese molde. Es el tipo de actor que transmite control incluso cuando el guion le pide caos. Esa tensión entre la apariencia y lo que hay debajo es, precisamente, lo que define al espía como figura narrativa.

Y aquí no puedo evitar pensar en Blade Runner. Los replicantes de Ridley Scott también viven bajo una identidad que no eligieron, dudando de sus propios recuerdos. El espía es, en el fondo, un primo lejano de esa idea: alguien que interpreta un papel hasta que ya no sabe dónde termina la ficción y empieza él.

La premisa: el espionaje se cuela en la sala de parto

Henry Cavill y Kevin Hart, protagonistas de la nueva comedia de espías de Netflix dirigida por McG

El nuevo proyecto de McG —conocido por Los ángeles de Charlie y Terminator: La salvación— propone algo genuinamente curioso: dos espías rivales que se encuentran por casualidad en una clase de Lamaze. Sus esposas embarazadas, interpretadas por Justine Lupe y Aja Naomi King, se hacen amigas. Y de repente, dos agentes que deberían estar enfrentados se ven obligados a coexistir en el espacio más doméstico e íntimo posible.

Hay algo casi kafkiano en esa imagen. El espía, entrenado para controlar cada variable, atrapado en una sala de respiración prenatal junto a su peor enemigo, fingiendo normalidad delante de sus parejas. Es una comedia de situación, sí, pero también es una reflexión accidental sobre cuánto de nuestra vida pública e identidad profesional tratamos de mantener separado de nuestra vida privada.

Recuerdo que pausé Her en una escena concreta, hace años, solo para anotar una idea: pasamos la vida gestionando versiones de nosotros mismos según quién nos mira. Esta película, sin pretenderlo, juega con lo mismo. Solo que en lugar de un sistema operativo, hay una clase de respiración y dos hombres armados fingiendo que todo va bien.

Kevin Hart se suma como co-protagonista, aportando ese caos energético que le caracteriza como contraste perfecto al estoicismo de Cavill. Jason Isaacs, que todos hemos aprendido a asociar con la ambigüedad moral gracias a trabajos como el de The White Lotus, completa un reparto que promete dinámicas interesantes.

La producción corre a cargo de Hart junto a Ryan Reynolds y Shawn Levy, un trío que sabe bien cómo construir entretenimiento de alto voltaje con alma de comedia.

Bond: el fantasma que nunca se va

No se puede hablar de Cavill y el espionaje sin mencionar a James Bond. Hace aproximadamente veinte años, Cavill estuvo en la lista final de candidatos para el papel de 007. El rol fue finalmente para Daniel Craig, que lo transformó en algo que nadie esperaba: un Bond vulnerable, roto, casi trágico.

Ahora, a los 42 años, Cavill cierra esa puerta con una honestidad desarmante: «Sería demasiado mayor para empezar ahora». Y luego añade algo que me parece mucho más revelador: preferiría ser el villano.

Eso dice mucho. No del actor, sino de cómo ha evolucionado su relación con el arquetipo. El héroe está bien, pero el villano tiene más matices, más contradicciones, más capas que explorar. El mal, en el cine, siempre ha tenido la mejor filosofía.

Por cierto, el nombre que más suena para sustituir a Craig como Bond es Jack Lowden, conocido por la serie Slow Horses. Un actor que ha demostrado sobradísimamente que puede habitar la ambigüedad moral con una naturalidad inquietante. Sería una elección interesante.

Lo que viene después

Mientras este proyecto toma forma, Cavill sigue construyendo su propio universo paralelo. Las adaptaciones de Highlander y Warhammer 40.000 están en camino, dos franquicias que, dicho sea de paso, conectan mucho mejor con esa sensación de mundos enormes, identidades cambiantes y conflictos que trascienden lo individual.

Warhammer 40.000, en particular, me fascina. Es un universo donde la humanidad ha llevado el autoritarismo, la fe y la maquinaria de guerra hasta un extremo casi grotesco. Como en Dune, no hay buenos ni malos limpios: hay sistemas gigantescos que devoran a quienes los habitan. Ese tipo de ficción, que envuelve ideas incómodas en espectáculo descomunal, es exactamente donde el cine más me interesa.

Highlander, por su parte, juega con la inmortalidad como condena: vivir tanto que ya no sabes quién eras al principio. No es casualidad que un actor que ha pasado tanto tiempo siendo Superman, espías y pronto inmortales, encuentre su hogar en géneros que hablan de la tensión entre el poder y la humanidad.


Al final, lo que hace interesante a Cavill no es que repita el género, sino que cada versión del espía que interpreta dice algo diferente sobre qué significa actuar bajo una identidad falsa. Y en un mundo donde todos construimos versiones públicas de nosotros mismos, eso resuena más de lo que parece.

La comedia de McG puede que no aspire a ser Tinker, Tailor, Soldier, Spy. Tampoco tiene que serlo. A veces el cine popular, con sus premisas absurdas y sus dinámicas de comedia física, consigue hablar de cosas serias sin que el público se dé cuenta. Y quizás eso sea su mayor truco: disfrazarse de entretenimiento ligero para colarse donde menos lo esperamos.

Deja tu comentario