- The Last Photograph, primer largometraje independiente de Zack Snyder, debutó por sorpresa en Toronto con críticas devastadoras.
- La prensa especializada —The Wrap, IndieWire y The Hollywood Reporter— coincide en calificarla como el peor trabajo del director.
- En Letterboxd, 98 usuarios le dieron la valoración mínima y la reseña más popular deseaba no volver a ver una película suya jamás.
- Opinión del autor: Snyder arrastra desde siempre el mal endémico que separa a los maestros del resto, confundir el impacto visual con la profundidad narrativa.
- Dato a tener en cuenta: el proyecto estuvo a punto de rodarse hace más de una década con Christian Bale y Sean Penn, algo que quizá no fue tan mala noticia para ninguno.
The Last Photograph: el naufragio íntimo de Zack Snyder en Toronto
Hay directores que, con el paso de los años, afinan su mirada y profundizan en su lenguaje. Lo hizo Bergman película a película, depurando su voz hasta construir una de las obras más coherentes y emocionalmente devastadoras de la historia del cine. Lo hizo Kurosawa, capaz de reinventar el relato épico sin repetirse jamás, exprimiendo cada plano hasta la última gota de sentido. Y luego están los que, instalados en una estética personal pero hueca, insisten en reproducirla hasta que el tiempo —o la crítica— les pasa factura.
Zack Snyder siempre ha generado pasiones encontradas. Pero lo que ha ocurrido en Toronto con su última película parece haber cruzado una línea difícil de ignorar, incluso para sus defensores más incondicionales.
The Last Photograph llegó al Festival Internacional de Cine de Toronto envuelta en la promesa de ser algo diferente: su primer proyecto independiente, un trabajo íntimo gestado durante años, alejado de las franquicias y los efectos especiales que lo han definido en taquilla. La expectativa era, en cierto modo, razonable. Cualquier director merece la oportunidad de demostrar que puede crecer. Lo que ocurrió después, sin embargo, no invita precisamente al optimismo.
Un proyecto personal que llegó tarde —y quizás mal
Snyder sorprendió a los asistentes del festival con una proyección no anunciada. El filme, protagonizado por Stuart Martin, Fra Free y Costanza Andrade, sigue los pasos de un exagente de la DEA que busca venganza en lo más profundo de la selva sudamericana. El director lo presentó como un proyecto muy personal, una historia que había querido contar durante mucho tiempo y que, por razones diversas, había permanecido en un cajón durante años.
Lo que llegó a la pantalla, sin embargo, fue otra cosa.
El cine está lleno de proyectos largamente acariciados que, cuando por fin ven la luz, revelan todo lo que nunca debieron haber abandonado ese cajón. No es una condena moral, sino una realidad del oficio: hay ideas que necesitan el momento exacto, el equipo exacto, y a veces ese momento nunca llega o llega demasiado tarde.
La prensa especializada no encuentra palabras suficientemente duras
Pocas veces se da una unanimidad tan clara entre publicaciones de distinto perfil y orientación. Chase Hutchinson, desde The Wrap, no escatimó en calificativos: definió la película como «el agonizante y feo maratón de Snyder» y la señaló sin titubeos como su peor trabajo hasta la fecha. Vikram Murthi, en IndieWire, la describió como una «superficial desviación» que explora de manera torpe y poco convincente la contemplación de la brutalidad. Y Michael Rechtshaffen, en The Hollywood Reporter, habló de una película «sobrecargada de simbolismo pretencioso y diálogos vacuos entregados con una frialdad que desconcierta», augurando que decepcionaría incluso a los seguidores más fieles del director.
Son juicios duros. Y lo más revelador es que no provienen de un único frente ideológico o crítico: coinciden publicaciones con distintas orientaciones, distintos públicos y distintas tradiciones. Cuando la unanimidad es tan aplastante, resulta difícil atribuirla a la mala voluntad o al prejuicio.
El problema del símbolo sin raíces
El reproche más repetido en las críticas apunta al simbolismo forzado y a los diálogos vacuos. Esa «frialdad que desconcierta» de la que habla Rechtshaffen, o esa contemplación torpe de la brutalidad que subraya Murthi, apuntan al mismo punto ciego. Y es, para alguien que ha dedicado décadas a estudiar la puesta en escena cinematográfica, uno de los pecados más difíciles de perdonar.
El cine tiene una capacidad extraordinaria para construir sentido a través de la imagen. Pero esa capacidad tiene una condición fundamental: el símbolo debe surgir de la narración, no imponerse sobre ella. Bergman lo entendió desde el principio de su carrera. En El séptimo sello, el ajedrez con la Muerte no es un capricho visual ni una ocurrencia estética: es la materialización perfecta de una angustia existencial que recorre todo el relato y le da su sentido más profundo. Kubrick lo ejecutó de manera diferente, pero con la misma precisión quirúrgica. El corte del hueso que gira en el aire y se convierte en una nave, en 2001: Una odisea del espacio, resume milenios de historia humana sin una sola palabra, porque el sentido está construido desde dentro del propio relato.
El simbolismo que se coloca por encima de la narración, como decoración aspiracional, no ilumina nada. Solo enturbia. Según la crítica, eso es exactamente lo que habría hecho Snyder en The Last Photograph: poblar el metraje de imágenes que aspiran a la trascendencia sin haberse ganado el derecho a ella, sin el trabajo previo de construcción narrativa que hace que un símbolo tenga peso real.
Recuerdo los debates encendidos que manteníamos a finales de los noventa en aquellos foros de cinéfilos donde empecé a escribir. La pregunta volvía una y otra vez: ¿basta la belleza formal para sostener una película? Han pasado veinticinco años y la respuesta sigue siendo la misma. No basta. Nunca ha bastado.
Letterboxd dicta sentencia
El veredicto del público en la plataforma Letterboxd no ha resultado más amable que el de la prensa. Al momento de publicarse los primeros análisis, el filme acumulaba 98 valoraciones de media estrella —la nota más baja posible en la plataforma— y otras 70 de una estrella. Son números que, en el contexto de un estreno en un festival de la relevancia de Toronto, resultan más que llamativos.
La reseña más popular fue especialmente contundente: su autor admitía que, al terminar la proyección, deseaba que aquella fuera la última película de Snyder que tendría que ver en su vida. Es el tipo de reacción visceral que solo generan las obras que han fallado no solo técnicamente, sino también emocionalmente. Cuando el espectador no encuentra ni artesanía ni verdad, lo que queda es frustración.
Una voz discrepante, y por qué importa
En medio del diluvio de críticas negativas, cabe señalar que Damon Wise, desde Deadline, ofreció la única valoración moderadamente positiva entre las publicaciones de referencia. Wise reconoció al menos el mérito de intentar algo diferente, de arriesgarse a salir de la zona de confort de las grandes producciones y explorar un territorio más personal.
Es un argumento que entiendo, aunque no comparto del todo. La valentía de intentarlo no puede ser el único criterio de valoración de una obra. Si así fuera, el cine se convertiría en una disciplina en la que el esfuerzo bastara para justificar el resultado. Y no es así. El cine exige oficio, precisión y honestidad narrativa. Hitchcock no era valiente simplemente por intentar cosas nuevas: era valiente porque las ejecutaba con una maestría que hacía que el riesgo pareciera inevitable, natural, necesario. Basta pensar en el travelling imposible de La soga, donde el artificio no se exhibe, sino que se esconde al servicio del relato.
Un proyecto que podría haber sido otro
Hay un dato en la historia de esta película que merece atención y que dice mucho sobre su naturaleza. Hace más de una década, el proyecto estuvo muy cerca de rodarse con Christian Bale y Sean Penn en los papeles principales. Por razones que desconocemos, aquella versión nunca llegó a materializarse. No hay manera de saber si habría sido mejor o peor que lo que finalmente ha llegado a la pantalla. Pero la anécdota revela que The Last Photograph no es una idea reciente ni improvisada, sino una obsesión que Snyder ha llevado consigo durante años. Lo que hace aún más desconcertante que el resultado haya sido este.
A día de hoy, la película carece de fecha de estreno oficial. A la vista de lo ocurrido en Toronto, la búsqueda de distribución no promete ser un camino sencillo.
Hay algo profundamente melancólico en lo que ha ocurrido con The Last Photograph. No porque Snyder sea un director cuya obra me entusiasme especialmente —sería deshonesto decir lo contrario— sino porque hay algo triste en ver a cualquier cineasta llegar a un festival de la relevancia de Toronto con un proyecto íntimo y personal, y salir de él con la crítica en su contra de manera casi unánime. El cine independiente debería ser el espacio donde los directores encuentran su voz más auténtica, el lugar en el que el dinero deja de mandar y lo que queda es solo el cineasta frente a su propia verdad. Cuando ese espacio también falla, la pregunta que queda flotando en el aire es más incómoda: ¿hay algo más allá de las franquicias y los efectos especiales?
Lo que el caso Snyder nos recuerda, una vez más, es que la libertad creativa no es en sí misma una garantía de calidad. Requiere disciplina, autoexigencia y, sobre todo, una honestidad radical con uno mismo que no todo director está dispuesto a ejercer. Los maestros que más admiro —Wilder, Kurosawa, Bergman— nunca confundieron la libertad con la impunidad. Sabremos si Snyder extrae alguna lección de esta experiencia cuando llegue su próxima película. Por ahora, The Last Photograph queda como, en el mejor de los casos, una lección muy cara.