- La desnudez en la ficción televisiva americana nació en 1973 con un fugaz plano en M*A*S*H, y su evolución posterior es inseparable de cómo el cable premium y el streaming reconfiguraron las reglas del medio al operar al margen de la FCC.
- Opinión del autor: el desnudo en pantalla solo se justifica cuando sirve a la narración; cuando no lo hace, no es audacia, sino pereza creativa disfrazada de valentía.
- Series como Oz, The Deuce o Euphoria han empujado el cuerpo televisivo hacia territorios antes reservados al cine, reabriendo un debate legítimo sobre dónde termina el arte y dónde empieza la provocación gratuita.
Hay algo que el cine supo desde muy pronto y que la televisión tardó décadas en aprender: el cuerpo humano, cuando aparece en pantalla, nunca es neutral. Cada encuadre es una decisión. Cada decisión, una declaración de intenciones.
Cuando Kubrick filmaba la violencia en La naranja mecánica, o cuando Bergman desnudaba —emocional y a veces físicamente— a sus personajes en Persona, lo hacía con una conciencia absoluta del peso de cada imagen. Pienso en aquel plano de los dos rostros femeninos fundiéndose en uno solo: ahí no sobra nada. La televisión, durante mucho tiempo, careció de esa conciencia. O más bien, no tuvo la libertad de ejercerla.
Lo ocurrido en las últimas décadas con el cable premium y el streaming resulta fascinante desde una perspectiva histórica y cultural. La televisión ha conquistado un territorio que antes solo el cine podía habitar. Y con esa conquista ha llegado, inevitablemente, el debate sobre los límites: ¿cuándo el desnudo en una serie es una herramienta narrativa legítima y cuándo es un mero reclamo comercial? Es una pregunta que merece hacerse con seriedad. Intentémoslo.
Los orígenes: una historia de regulación y transgresión
El primer desnudo de la ficción televisiva americana apareció en 1973. Fue en M*A*S*H, y consistió en un brevísimo plano de unas nalgas masculinas. Nada que hiciera temblar los cimientos de la cultura occidental, pero suficiente para marcar un antes y un después.
A lo largo de los años ochenta, la desnudez comenzó a asomarse, con cautela, en las cadenas de pago. HBO, Cinemax y Showtime fueron las primeras en comprender que la ausencia de regulación era, en términos comerciales y también creativos, una ventaja extraordinaria.
La televisión en abierto, en cambio, sigue sujeta a las normas de la FCC —la Comisión Federal de Comunicaciones—, que prohíbe los «actos de indecencia» y puede imponer multas considerables. En 2008, la FCC propuso una sanción de 1,43 millones de dólares contra ABC por un breve desnudo parcial en NYPD Blue. Una cifra que ilustra a la perfección por qué las grandes cadenas generalistas siguen siendo un territorio esencialmente puritano.
El cable premium y el streaming no cargan con ese corsé. Y con esa libertad han construido algunas de las series más ambiciosas —y también algunas de las más excesivas— de la historia reciente del medio.
Las series que han marcado el debate
Oz (1997-2003)

Si hay una serie que transformó para siempre la relación entre la televisión y el cuerpo masculino, esa es Oz. Este drama carcelario de HBO, ambientado en una prisión de máxima seguridad, es probablemente —y lo digo con la cautela que exige toda afirmación de este tipo— la producción televisiva que más desnudos masculinos integrales ha acumulado.
No es un dato anecdótico. En un ecosistema donde el desnudo femenino siempre ha sido mucho más frecuente que el masculino, Oz supuso una inversión radical de esa norma. Las duchas colectivas, filmadas con una crudeza casi documental, no buscaban el morbo sino la humillación: el cuerpo despojado como forma última de castigo. Que esa decisión fuera deliberada o mera consecuencia de su entorno narrativo es algo que cada espectador debe valorar.
The Deuce (2017-2019)

Aquí sí hay un contexto que justifica el contenido explícito. The Deuce, creada para HBO con James Franco y Maggie Gyllenhaal, está ambientada en el Nueva York de los años setenta, en pleno auge de la industria pornográfica en Times Square.
David Simon, el hombre detrás de The Wire, firmó esta producción junto a George Pelecanos. Simon sabe levantar mundos con una precisión documental que rara vez se ve en televisión. El desnudo aquí no es decorativo: forma parte de una reflexión sobre la explotación, el dinero y la degradación de un barrio entero. Pienso en la escena en que el personaje de Gyllenhaal observa un rodaje pornográfico y calcula, en silencio, dónde está el verdadero poder. Ahí el cuerpo es economía, no espectáculo.
Rome (2005-2007)

Permítame una confesión: Rome es una de las series históricas que más me han interesado. No porque sea perfecta —dista mucho de serlo—, sino porque captura la brutalidad y la carnalidad del mundo romano con una convicción que pocas producciones de época han logrado.
La primera temporada, en particular, posee una energía visual notable. El desnudo aparece con frecuencia y responde a la lógica de un mundo donde los cuerpos —esclavos, ciudadanos, soldados— eran moneda de cambio. Dos temporadas, once premios Emmy. No está mal para una serie que tampoco escondía sus excesos.
Vinyl (2016)

Martin Scorsese y Mick Jagger juntos en una serie sobre la industria discográfica de los años setenta. El concepto era irresistible. El resultado, desigual. Vinyl llegó a HBO con toda la fanfarria del mundo y duró una única temporada.
Aun así, hay que reconocer que la serie tiene momentos de una fuerza visual poderosa —Scorsese dirigió el episodio piloto con su habitual maestría, esa cámara nerviosa que parece querer bailar con los personajes—, y que su retrato del exceso está construido con cierta honestidad. El desnudo aparece desde los primeros minutos, coherente con el hedonismo que la serie intenta retratar.
Westworld (2016-2022)

Jonathan Nolan y Lisa Joy construyeron uno de los universos más estimulantes de la televisión reciente, al menos en su primera temporada. La premisa —un parque temático donde los androides son víctimas de los deseos más oscuros de los humanos— permitía explorar el desnudo desde una perspectiva casi filosófica.
Los cuerpos en Westworld son objetos que cobran conciencia. Recuerdo esos planos gélidos del taller, con los anfitriones desnudos e inertes bajo luz clínica: no hay erotismo ahí, sino una inquietante reflexión sobre la cosificación. Esa desnudez inicial tiene un peso conceptual que va más allá del reclamo visual. Lástima que la serie fuera perdiendo pie progresivamente hasta su cancelación.
Euphoria (2019-2022)

Este es el caso más controvertido de la lista, y merece una reflexión honesta. Euphoria es una serie sobre adolescentes, sobre la adicción y sobre el dolor de crecer en un mundo que no ofrece respuestas fáciles. Sam Levinson la dirige con una estética muy particular, deudora del videoclip y de la fotografía de moda.
El problema es que la combinación de un entorno escolar con escenas de desnudo explícito y contenido sexual gráfico genera una incomodidad legítima que va más allá del prejuicio conservador. El debate sobre si esa incomodidad forma parte del propósito artístico de la serie o es simplemente una decisión irresponsable sigue abierto. Yo tengo mi opinión, y no es completamente favorable.
Banshee (2013-2016)

Banshee es entretenimiento de acción sin pretensiones intelectuales. Antony Starr —al que muchos conocen ahora por The Boys— protagoniza esta serie de Cinemax que garantizaba, episodio tras episodio, su dosis de violencia y desnudo. Funciona en lo que se propone. No le pida más de lo que ofrece.
Harlots (2017-2019)

Una de las propuestas más interesantes de la lista. Harlots, emitida por Hulu, está ambientada en el Londres de 1760 y sigue a dos familias de prostitutas rivales. Lo que la distingue de otras series del género es su perspectiva: las mujeres están en el centro del relato, son sujetos y no objetos, y el desnudo se gestiona con una conciencia que evita la explotación fácil.
Es exactamente el tipo de serie que demuestra que el contenido explícito puede convivir con la inteligencia narrativa.
P-Valley (2020-presente)

Ambientada en torno a un club de striptease en Mississippi, P-Valley goza de una calificación del 95 % en Rotten Tomatoes, dato que debería bastar para tomársela en serio. El desnudo es parte del mundo que retrata, pero la serie se preocupa genuinamente por sus personajes. Hay humanidad en ese escenario improbable.
Vladimir (2026)

Rachel Weisz protagoniza esta producción de Netflix, todavía por estrenar, que incluiría —según lo anunciado— algunas escenas de considerable intensidad. Habrá que verla antes de juzgarla, pero representa la continuación natural de una tendencia que el streaming ha normalizado definitivamente.
El cuerpo humano en pantalla siempre ha sido un espejo de las tensiones culturales de cada época. Lo que comenzó con un brevísimo plano en M*A*S*H en 1973 ha derivado en un panorama en el que el desnudo televisivo ya no escandaliza a casi nadie. Y quizás eso, en sí mismo, sea lo más revelador de todo.
La pregunta que me hago, después de décadas viendo cine y series, no es cuánto desnudo hay en una producción. La pregunta es si ese desnudo sirve a algo. Si cuenta algo sobre los personajes, sobre el mundo que habitan, sobre las relaciones de poder que los definen. Cuando lo hace —como en The Deuce, como en Harlots, como en el mejor Westworld—, el resultado puede ser cine en el sentido más pleno de la palabra. Cuando no lo hace, es simplemente ruido.
El oficio, como siempre, está en saber la diferencia.

