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Disney desarrolla una serie de acción real sobre Mary Poppins basada en los ocho libros originales de P.L. Travers, mucho más oscuros y surrealistas que la película de 1964, con Tom Winchester produciendo a través de Pure Fiction Television y See-Saw Films, ahora en fase de pitching.
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Volver al texto original en lugar de repetir lo que ya conocemos es la decisión más valiente que nadie ha tomado con este personaje en décadas.
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La tensa relación entre Travers y Disney, la misma que inspiró Saving Mr. Banks, no es un dato de contexto: es el alma del proyecto.
Hay personajes que pertenecen a su autor y, a la vez, llevan décadas presos de su propia adaptación. Mary Poppins es uno de ellos. Cuando pensamos en ella vemos a Julie Andrews descendiendo del cielo con paraguas y sonrisa impecable, y escuchamos a Dick Van Dyke bailando claqué sobre los tejados de Londres.
Pero existe otra Mary Poppins: la que P.L. Travers escribió en ocho novelas. Una versión más difícil de descifrar, más impredecible y, por momentos, francamente perturbadora.
Ahora alguien quiere explorar precisamente esa. Y la pregunta que me ronda no es si funcionará, sino por qué hemos tardado tanto en atrevernos.
Más allá de la cucharada de azúcar
Disney está desarrollando una serie de televisión de acción real sobre Mary Poppins. Pero no la del cine.
Esta producción quiere volver a las fuentes: los ocho libros originales de Travers, un territorio mucho más surrealista y sombrío que cualquier cosa que haya llegado a la pantalla grande.
La Mary Poppins literaria no es la niñera encantadora y previsible de la película. Es misteriosa, imprevisible, a veces inquietante. Sus aventuras pueden volverse genuinamente turbadoras.
Y aquí es donde el formato importa. La televisión ofrece algo que el cine nunca pudo darle a este personaje: tiempo. Tiempo para construir capas, habitar las contradicciones y dejar respirar la mitología. Es la misma razón por la que Shōgun —cuya primera temporada produjo Tom Winchester, el hombre detrás de este proyecto— logra transmitir la densidad de una novela extensa sin que nada se sienta comprimido.
El productor que optó los derechos
Winchester desarrolla la serie a través de Pure Fiction Television, con el respaldo de See-Saw Films —la productora de Slow Horses y Heartstopper— y la agencia británica Hamilton Hodell.
Adquirió los derechos en nombre de los fideicomisarios del legado de Travers y está ahora en fase de pitching, buscando showrunners de primer nivel. También tiene entre manos la serie de Apple TV sobre John Rain, el asesino a sueldo de Barry Eisler, lo que dibuja el perfil de alguien acostumbrado a material narrativamente complejo.
Disney ha mantenido conversaciones preliminares con el equipo, aunque no hay acuerdo formal. Lo curioso es que el estudio no es imprescindible para que el proyecto avance, aunque su participación sería deseable dada la larga historia que le une al personaje.
Y ahí es donde la cosa se complica de verdad.
La herida que no cierra
Travers detestaba la versión que Disney hizo de su obra. No es un secreto: es historia del cine. Peleó durante años por conservar el control creativo de sus personajes y, cuando por fin cedió los derechos, quedó profundamente insatisfecha con el resultado.
Esa tensión quedó inmortalizada en Saving Mr. Banks, con Emma Thompson y Tom Hanks recreando el conflicto con una elegancia agridulce.
Disney regresó al personaje en 2018 con Mary Poppins Returns, de Rob Marshall y con Emily Blunt. Una película que, sin ser deshonesta, seguía siendo fiel a la versión cinematográfica, no a los libros.
Esta serie sería la primera adaptación que se propone ser fiel a Travers. No es un matiz menor. Es una enmienda.
Lo que puede ganar la televisión
Hay algo que me fascina de este proyecto, y es que su mera existencia dice algo sobre cómo miramos hoy las adaptaciones. Ya no queremos el remake del remake. Queremos el original, saber qué había debajo del espectáculo antes de que alguien le añadiera canciones, efectos y un arco emocional calibrado para toda la familia.
Es un movimiento que la ciencia ficción entendió antes que nadie. Blade Runner 2049 y Dune funcionan precisamente porque no domestican la complejidad de su material de origen, sino que la abrazan. Volver a la fuente no es nostalgia: es respeto por la idea original.
Y en el fondo, lo que aquí se plantea es una operación muy inquietante: coger algo profundamente familiar y devolverle su extrañeza. Confieso que la idea me lleva ocupando la cabeza varios días, igual que me pasó con Her. Porque no hay nada más perturbador que redescubrir que aquello que creíamos amable y conocido escondía, desde el principio, algo que preferimos no mirar.
Ocho libros sin adaptar son una riqueza enorme. Si la serie tiene el coraje de explorar ese lado más raro del universo de Travers —la magia que no siempre es bonita, los personajes que no siempre son amables, las historias que no siempre se resuelven con una canción— podría ofrecer algo genuinamente distinto. Familiar en el nombre, completamente inesperado en la experiencia.
Si sale bien, será un caso de estudio sobre cómo la televisión rehabilita lo que el cine simplificó. Si sale mal, será otro intento fallido de recuperar una franquicia. Pero el punto de partida —mirar hacia Travers en lugar de hacia Julie Andrews— ya es, en sí mismo, la decisión más valiente que nadie ha tomado con este personaje en décadas. Y eso, como mínimo, merece que le prestemos atención.