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The Odyssey, de Christopher Nolan, destrona a Deadpool & Wolverine como la película con clasificación R más taquillera de la historia, y Ryan Reynolds recibe la noticia sin el menor rastro de resentimiento.• Que un actor forjado en el estruendo de Marvel defienda las salas de cine y elogie a Nolan con generosidad genuina dice más de su madurez que cualquiera de sus papeles.• Reynolds estrena Mayday, un thriller de la Guerra Fría junto a Kenneth Branagh que llega a Apple TV el 4 de septiembre, e insinúa un posible regreso como Deadpool en Avengers: Doomsday.
Para un cinéfilo forjado en la tradición clásica, la palabra «récord» raramente trae consigo buenas noticias. Las marcas históricas de taquilla tienden a coincidir más con el espectáculo efímero que con la obra duradera, y esa brecha entre comercio y arte es una de las paradojas más persistentes del séptimo arte. Sin embargo, de vez en cuando, el universo cinematográfico ofrece una coincidencia que merece celebrarse con cierta solemnidad.
Que sea Ryan Reynolds quien protagonice esta historia añade un punto de ironía genuinamente cinematográfica. Lo que dijo en la premiere de su nuevo proyecto, Mayday, no suena a protocolo ni a relaciones públicas de manual. Suena, curiosamente, a alguien que entiende lo que realmente está en juego cuando hablamos del cine como experiencia colectiva. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho.
En el estreno neoyorquino de Mayday, Reynolds reaccionó a la noticia de que The Odyssey, de Christopher Nolan, había superado a Deadpool & Wolverine como la película con clasificación R más taquillera de todos los tiempos. Y lo hizo sin una sola nota de resentimiento.
«Christopher Nolan literalmente respira el aire más puro del planeta. Es un cineasta único», declaró Reynolds. Son palabras que, viniendo de alguien que acaba de ver caer su propio récord, merecen ser subrayadas con calma.
Puedo discrepar con Reynolds en cuestiones de estética cinematográfica. Pero en esto tengo que darle la razón sin reservas.
Nolan es de los pocos directores contemporáneos que ha logrado hacer del rigor formal una seña de identidad sin alienar al gran público. Pienso en la estructura invertida de Memento, donde el relato avanza hacia atrás para atraparnos en la misma desmemoria del protagonista, o en el montaje entrelazado de Dunkerque, con sus tres líneas temporales —una semana, un día, una hora— confluyendo en un mismo clímax. Ahí no hay artificio gratuito, sino arquitectura narrativa al servicio de la emoción. Es un tipo de ambición que admiro profundamente, aunque en ocasiones su frialdad técnica me recuerde más a un ingeniero que a un artista de la sensibilidad de Kubrick o Bergman.
Reynolds también aprovechó el momento para defender algo que comparto con la misma intensidad: la importancia de que los espectadores vuelvan a las salas de cine. No importa qué película, señaló. Lo que importa es que el ritual del cine colectivo no desaparezca. Y eso, viniendo de una figura cuya popularidad brilla principalmente dentro del universo Marvel, tiene un peso particular.
Mayday representa el primer gran proyecto cinematográfico de Reynolds desde Deadpool & Wolverine, estrenada hace más de dos años. La película, una producción de Apple Original Films, está ambientada en plena Guerra Fría y sigue a un piloto de la Marina de los Estados Unidos que, atrapado tras las líneas enemigas, forja una improbable alianza con un excéntrico exagente de la KGB interpretado por Kenneth Branagh.
La elección de Branagh no es caprichosa. El actor y director británico aporta una dimensión teatral que el material parece exigir. Resulta curioso, además, que sea precisamente Branagh —director del primer Thor en 2011— quien comparta pantalla con Reynolds, cuya relación con ese universo cinematográfico es de sobra conocida. Ambos actores parecen haber disfrutado de esa coincidencia con genuina complicidad durante el rodaje.
Pero donde Reynolds dice algo verdaderamente interesante es en su reflexión sobre los años 80, la década en la que se ambienta la película.
Existe una tendencia moderna, popularizada por productos como Stranger Things, de envolver aquella época en una burbuja de nostalgia luminosa. Como si los sintetizadores, las cazadoras de cuero y las cintas de cassette fueran el único legado que merece conservarse. Reynolds la desmonta con una honestidad que no esperaba de él.
«Los años 80 fueron una época brutal para mucha gente. Era un caos absoluto y la gente lo olvida», afirmó. Y tiene toda la razón.
El miedo permanente a una guerra nuclear en plena tensión soviético-estadounidense, la desindustrialización que arrasó comunidades enteras de clase trabajadora y la devastación de la epidemia del sida fueron realidades que la memoria colectiva prefiere enterrar bajo una capa de neón y buenos recuerdos.
El cine, cuando ha querido, ha sabido mirar ese abismo de frente. Basta recordar cómo Kubrick, en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, convirtió el terror atómico en una farsa demoledora: aquel plano final del vaquero cabalgando la bomba nuclear sigue siendo la imagen más lúcida jamás filmada sobre la locura de la Guerra Fría. Esa es la diferencia entre usar una época como decorado y usarla como espejo.
Es una reflexión que conecta con algo que llevo años defendiendo: el peligro de la nostalgia como recurso narrativo perezoso. La nostalgia mal gestionada es, al fin y al cabo, una mentira con música bonita de fondo. Y el cine, que debería ser el arte de la verdad, tiene la obligación de no caer en esa trampa.
Para terminar, Reynolds insinuó un posible regreso como Deadpool en Avengers: Doomsday. No hay confirmación oficial, pero el traje gris de lycra que lució en el San Diego Comic-Con difícilmente fue un accidente de vestuario.
Mayday llega el 4 de septiembre a Apple TV y, aunque uno preferiría siempre la oscuridad de una buena sala de cine para una historia de este calibre, el proyecto tiene ingredientes que merecen atención: un contexto histórico con tensión real, dos intérpretes con auténtico peso dramático y una premisa que, al menos sobre el papel, parece huir del espectáculo vacío.
Si algo nos enseña esta historia, es que a veces los portavoces más inesperados son quienes articulan las reflexiones más lúcidas sobre el cine y la memoria cultural. Reynolds ha conseguido, en una sola premiere, defender las salas cinematográficas, elogiar a Nolan con merecida generosidad y desmontar un mito nostálgico con notable lucidez. El cine, cuando encuentra voces así —aunque vengan disfrazadas de antihéroe en lycra roja—, todavía tiene mucho que decir.