Cine

Gal Gadot rodó una película de 70 millones en un almacén vacío

La IA generó decorados e iluminación y el ahorro declarado supera los 200 millones. Ella negoció seis meses una cláusula que hoy usa SAG-AFTRA.

  • Gal Gadot lidera Bitcoin, una cinta de 70 millones rodada en un almacén vacío donde la IA generó decorados e iluminación, con un ahorro declarado de más de 200 millones.

  • La actriz negoció durante seis meses una cláusula para blindar su actuación frente a la IA, y su contrato acabó sirviendo de plantilla para SAG-AFTRA.

  • Gadot confirma además que no volverá a vestir el traje de Wonder Woman, cerrando un capítulo que en 2017 recaudó 824 millones en todo el mundo.

Lo más llamativo no es el ahorro millonario, sino que una actriz haya tenido que convertirse en pionera legal para proteger algo tan básico como su propia interpretación. Que eso sea noticia en 2026 dice bastante sobre el momento que atraviesa la industria.

📌 El reparto de Bitcoin incluye a Casey Affleck, Pete Davidson e Isla Fisher, bajo la dirección de Doug Liman. Llegará a Prime Video.


Hay cifras que te obligan a releerlas dos veces. Una producción de 70 millones de dólares que, según sus responsables, ha evitado un gasto de más de 200 millones gracias a la inteligencia artificial. Sin decorados físicos. Sin iluminación tradicional. Solo actores en un almacén, una cámara y algoritmos haciendo el resto. Si esto te suena a ciencia ficción, bienvenido al Hollywood de 2026.

La película se llama Bitcoin (sí, como la criptomoneda que sube y baja según el humor de un tuit), la dirige Doug Liman y tiene a Gal Gadot como protagonista. Pero más allá del morbo tecnológico, lo que ha convertido este proyecto en conversación obligada es lo que la actriz tuvo que hacer antes de ponerse delante de la cámara: levantar un escudo legal para proteger su actuación de la mismísima tecnología que hacía posible el film. Paradojas del presente.


Gadot acudió al podcast Happy Sad Confused para hablar, entre otras cosas, de su nueva película de acción en Prime Video, The Runner. Pero la conversación derivó pronto hacia lo que de verdad importa ahora mismo en Hollywood.

El primero: Wonder Woman. Lo dejó claro sin demasiados rodeos. Con cuatro hijos en distintos colegios y una vida que no espera, retirarse durante meses para rodar una superproducción ya no encaja. «Con cuatro hijos y los distintos colegios que tienen, desconectar durante tanto tiempo no funciona en mi vida en este momento», explicó.

Tampoco ayudó la forma en que James Gunn y Peter Safran gestionaron su salida al tomar las riendas de DC Studios. Gadot fue diplomática, pero directa: ni ella, ni Henry Cavill, ni la directora Patty Jenkins fueron tratados con demasiada elegancia. Wonder Woman (2017) recaudó 824 millones en todo el mundo. No es un legado menor. Pero los estudios tienen sus ciclos, y este se cerró.


Lo verdaderamente revelador llegó cuando Gadot habló de Bitcoin y de la IA.

Gal Gadot en una imagen promocional reciente

La película se rodó en un almacén prácticamente vacío. Sin decorados. Con una iluminación mínima. Todo lo que el espectador verá en pantalla —los fondos, la ambientación, la luz— fue generado o completado por inteligencia artificial en postproducción. El productor Ryan Kavanaugh asegura que ese proceso ahorró más de 200 millones respecto a una producción convencional.

Como alguien que lleva años analizando presupuestos y rentabilidades, esa cifra me resulta fascinante, aunque también conviene leerla con pinzas. He visto demasiadas notas de prensa presumir de «ahorros históricos» que luego no cuadran con el resultado en pantalla. Los ahorros en producción no siempre se traducen en mejores números de taquilla; que se lo pregunten a más de un blockbuster hinchado hasta los 300 millones que luego no levantó el vuelo.

Pongámoslo en contexto: el presupuesto medio de un tentpole de estudio ronda hoy los 200 millones antes de marketing. Si de verdad puedes rodar algo equiparable por 70, no estamos ante un truco de contabilidad creativa, sino ante un posible cambio de modelo. Y cuando un modelo abarata costes de esa manera, los estudios corren detrás como niños tras el camión de los helados.

Gadot no llegó a este proyecto de forma ingenua. Pasó seis meses con sus abogados negociando una cláusula fundamental: la IA podía hacer lo que quisiera con decorados e iluminación, pero no podía tocar su actuación. Ni un gesto, ni una expresión, ni una línea de diálogo alterada por algoritmos.

El resultado fue tan minucioso que SAG-AFTRA, el sindicato de actores, contactó directamente con sus abogados para usar ese contrato como plantilla en futuras negociaciones colectivas. En otras palabras: Gadot, sin buscarlo, se convirtió en legisladora de facto de los derechos de los actores frente a la IA.


Su postura ante la tecnología es de las más honestas que he escuchado en este debate. «Tengo miedo de la IA, pero ¿voy a mirar hacia otro lado? No. Tengo miedo pero estoy aprendiendo, jugando con ella, intentando educarme. El tren ya ha salido de la estación. O trabajas con ella o quedas fuera del juego completamente.»

No es entusiasmo tecnológico fácil. Es pragmatismo con los ojos bien abiertos.

Sobre el rodaje, Gadot lo comparó con el teatro: actores en un espacio desnudo, sin las interrupciones habituales por cambios de iluminación, lo que permitió jornadas de diez horas continuas. Una forma distinta, y según ella más pura, de hacer cine.


Bitcoin llega cuando Hollywood está negociando consigo mismo qué tipo de industria quiere ser. Los números son tentadores: si por 70 millones haces lo que antes costaba 270, la presión para adoptar esta tecnología va a ser enorme. Y la presión sobre los actores para ceder derechos, también.

Lo que ha hecho Gadot —y esto es lo importante— es demostrar que se puede participar en esa transición sin renunciar a lo esencial. Que negociar no es rendirse. Que educarse sobre una tecnología que te da miedo es más listo que ignorarla.

Los datos de taquilla dirán si el experimento funciona con el público. Pero el precedente legal ya está puesto. Y eso, a largo plazo, puede valer más que cualquier ahorro en producción.

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