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Trump da un giro de 180 grados y respalda un incentivo fiscal federal para retener la producción audiovisual en Estados Unidos, aparcando —de momento— su amenaza de aranceles del 100% a las películas rodadas fuera del país.
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La industria lleva años desangrándose: desde que la burbuja del streaming reventó en 2022 se han perdido unos 73.000 empleos en el sector, de los cuales 48.000 (dos tercios) se concentran en Los Ángeles.
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Mi lectura: este volantazo huele más a cálculo económico que a amor por el cine, pero si funciona, el mapa de dónde se ruedan las películas puede cambiar por completo… y eso, para un obseso de las cifras como yo, es un caramelo.
Hay pocas cosas que me apasionen más que cuando la política y la taquilla acaban compartiendo titular. Porque al final, detrás de cada decisión industrial hay un número: empleos perdidos, presupuestos desviados, millones que cruzan fronteras persiguiendo el mejor trato fiscal. Y eso, para alguien que se emociona leyendo una hoja de cálculo un domingo por la mañana, es puro material de análisis.
Esta semana el protagonista inesperado de la industria del entretenimiento no ha sido ningún director de moda ni el enésimo superhéroe de Marvel. Ha sido Donald Trump. Y lo que ha dicho —y lo que implica para el mercado audiovisual global— merece más de una vuelta de tuerca.
Trump publicó un mensaje en Truth Social pidiendo a republicanos y demócratas que colaboren para sacar adelante una legislación que cree un incentivo federal de producción para la industria del entretenimiento en Estados Unidos. En sus propias palabras: «Lo que vemos en la gran pantalla debería hacerse en lo que fue la capital mundial del cine. ¡Hagámoslo realidad!»
El giro es de los que dejan huella. Hace apenas unos meses, este mismo señor amenazaba con imponer aranceles del 100% a las películas producidas fuera de suelo estadounidense. Una medida que, dicho sea de paso, habría sido casi imposible de aplicar sin llevarse por delante a las propias producciones americanas rodadas en el extranjero. El mercado, por suerte o por desgracia, no entiende de fronteras tan rígidas.
Ahora el discurso ha cambiado. Y la pregunta es: ¿por qué?
Según el propio Trump, la influencia clave ha sido Jon Voight, el actor al que nombró «embajador especial» ante Hollywood. Voight ha estado trabajando junto a la Motion Picture Association para dar forma a una propuesta viable. El argumento central es sencillo y, hay que reconocerlo, bastante sólido desde el punto de vista económico: cada dólar invertido en incentivos fiscales genera un retorno multiplicado en la economía local.
Que es, básicamente, lo que llevan años repitiendo los economistas de la industria mientras nadie en Washington les hacía demasiado caso.
Pongamos los datos sobre la mesa, que es donde mejor se ve todo.
Desde que el boom del streaming se pinchó en 2022, el sector ha perdido aproximadamente 73.000 empleos en todo el país. Y aquí viene el dato que duele: unos 48.000 de ellos, dos de cada tres, se han evaporado en Los Ángeles. No hablamos de estadísticas abstractas: son técnicos, maquilladores, directores de fotografía y personal de producción que se han quedado sin trabajo.

¿Por qué ocurre esto? En parte, porque 39 estados de EE.UU. ya ofrecen sus propios incentivos fiscales para atraer rodajes. Georgia, Nueva York, Nueva Jersey y California compiten a codazos entre sí. Pero también compiten con Canadá, el Reino Unido y otros 80 países que llevan décadas usando esta herramienta como palanca de desarrollo económico. Un crédito fiscal federal nivelaría el terreno de juego y daría a Estados Unidos una ventaja competitiva real frente al exterior.
El senador Adam Schiff lleva tiempo empujando esta idea, en la misma línea que los compromisos que Paramount ya firmó para blindar los estrenos en cines. Su borrador propone un crédito del 15% sobre los costes laborales incurridos en territorio estadounidense. La Motion Picture Association va un paso más allá y apuesta por el 20%. La diferencia parece minúscula, pero cuando hablamos de producciones con presupuestos de decenas o cientos de millones de dólares, ese 5% se convierte en la cifra que hace inclinar la balanza de un país a otro. Y créanme: en este negocio, un 5% mueve montañas (y camiones de rodaje enteros).
La representante Laura Friedman, del distrito de Burbank —epicentro de muchos estudios—, lleva más de un año trabajando en este proyecto con apoyo bipartidista. El problema hasta ahora era que los republicanos necesitaban una señal clara desde la Casa Blanca. Y esa señal acaba de llegar.
Charles Rivkin, CEO de la Motion Picture Association, no tardó ni un asalto en aplaudir el movimiento de Trump. Su argumento es difícil de rebatir: un incentivo federal no solo beneficiaría a Hollywood, sino a comunidades de los 50 estados, donde cada vez más producciones eligen localizaciones lejos de los grandes centros tradicionales.
Otro elemento a vigilar de cerca es la posible reactivación de la Sección 181 del código fiscal, que permitía a los productores independientes acelerar la amortización de sus inversiones en cine. Esta disposición expiró el año pasado y su renovación sería especialmente relevante para el cine independiente, que ya tiene suficientes batallas financieras abiertas como para sumar una más.
Los números no mienten: cuando un mercado pierde competitividad fiscal, pierde producción. Y cuando pierde producción, pierde empleos, talento y, en última instancia, influencia cultural. Hollywood no es solo entretenimiento; es una industria de exportación masiva que proyecta la imagen del país al mundo entero. Que las grandes películas empiecen a rodarse en Budapest o Toronto no es solo una cuestión económica: es también estratégica.
Por eso, piense uno lo que piense de Trump y de su peculiar forma de hacer política industrial —aranceles amenazados un lunes, incentivos fiscales propuestos el martes—, lo que de verdad importa aquí son las consecuencias reales para el mercado. Y si esta medida prospera, tendremos datos jugosísimos que analizar en los próximos años. Porque cuando los incentivos fiscales aterrizan, la industria se mueve. Y yo estaré aquí, calculadora en mano, para contarlo con números.