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Barbie (2023) arrasó con más de 1.400 millones de dólares en taquilla mundial, pero su secuela lleva tres años atascada por un pulso económico entre Warner Bros. y el equipo creativo.
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Los derechos para producir películas de Barbie revierten a Mattel en diciembre, lo que convierte estas negociaciones —salpicadas por la incierta fusión entre Warner Bros. Discovery y Paramount Skydance— en una carrera contra el reloj.
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Mi opinión: este bloqueo no es una mera anécdota contractual, sino el síntoma de una industria que aún no ha aprendido a remunerar con honestidad al talento que le regala sus mayores éxitos.
Hay algo profundamente revelador en que una película con 1.400 millones de dólares en taquilla global no haya logrado, en tres años, poner en marcha su secuela. En el Hollywood clásico —ese que tanto admiro, el de los grandes estudios, los contratos de exclusividad y los mogules que gobernaban con mano de hierro— una cifra semejante habría desencadenado una producción en cuestión de semanas. Hoy, en cambio, el cine de gran formato se asemeja más a una partida de ajedrez corporativo que a una industria dedicada a contar historias.
El caso de Barbie 2 —o, mejor dicho, de su inquietante ausencia— dice mucho del estado actual de Hollywood. No tanto sobre la película en sí, que Greta Gerwig convirtió en algo bastante más inteligente de lo que cualquiera hubiera esperado, sino sobre la compleja maquinaria de intereses, fusiones y egos que decide qué se rueda y qué no. Vale la pena detenerse a analizarlo.
El éxito no garantiza nada
Barbie fue el fenómeno cinematográfico de 2023. Más de 1.400 millones de dólares en taquilla mundial. Un debate cultural que trascendió con creces las salas. Y, sin embargo, tres años después de su estreno, la secuela sigue sin materializarse.
¿La razón? Un bloqueo entre Warner Bros. y el equipo creativo que, según los medios estadounidenses, lleva años enquistado. El estudio ha presentado más de seis ofertas a Greta Gerwig, al guionista Noah Baumbach, a la productora y protagonista Margot Robbie, y al coprotagonista Ryan Gosling. Todas han sido rechazadas.
Lo que está en juego, en esencia, es una cuestión de compensación económica. Las fuentes consultadas por Variety apuntan a que las demandas del equipo son «masivas, aunque justificables» dado el éxito de la primera entrega. El CEO de Warner Bros. Discovery, David Zaslav, ha decidido plantar cara y no ceder ante dichas peticiones.

Hay algo casi irónico —y ciertamente instructivo— en esta situación. El estudio que se benefició de uno de los mayores éxitos comerciales de la última década no está dispuesto a remunerar como corresponde a quienes lo hicieron posible. Kubrick siempre tuvo claro que el control creativo era irrenunciable: peleó cada plano de 2001: una odisea del espacio con la misma obstinación con que dispuso la simetría glacial de los pasillos del Overlook en El resplandor. Los conflictos entre directores con criterio y estudios ávidos de beneficios son tan antiguos como el propio Hollywood, pero rara vez se han mostrado de forma tan descarnada.
El tiempo apremia
El asunto tiene, además, una dimensión temporal crítica. Los derechos para producir películas de Barbie revierten al fabricante de juguetes Mattel en diciembre de este año. Esto transforma las negociaciones en una cuenta atrás que ninguna de las partes parece dispuesta a acelerar.
Y, como si no fuera suficiente, el contexto corporativo no podría ser más turbulento. Warner Bros. Discovery se halla inmersa en un proceso de fusión con Paramount Skydance cuyo desenlace sigue siendo incierto. Algunos especulan con que, si David Ellison toma finalmente las riendas del nuevo conglomerado, podría inyectar los recursos necesarios para desbloquear el acuerdo. Son, de momento, conjeturas.
Lo verdaderamente llamativo —y sintomático del estado de la industria— es que el contrato original de Barbie no incluyera cláusula alguna de secuela. Un detalle que ha dejado, según las crónicas, a más de uno «boquiabierto» en Hollywood. Recuerdo que, allá por finales de los noventa, cuando empezaba a escribir mis primeras críticas en foros de cinéfilos, dábamos por sentado que un estudio jamás dejaría un cabo semejante sin atar. En los tiempos de los grandes estudios clásicos, algo así habría sido sencillamente impensable: las secuelas se blindaban antes de que se apagara el primer foco del rodaje.
Sea cual sea el desenlace de esta negociación, el caso de Barbie 2 nos recuerda algo que el cine lleva décadas intentando ignorar: que el dinero, por sí solo, no garantiza nada. Ni la continuidad creativa, ni el respeto al talento, ni siquiera la producción de una secuela que el público —de forma cuestionable o no— reclama. Hollywood sigue siendo, en el fondo, un negocio que a veces hace arte. Y no siempre sabe distinguir entre ambas cosas.
En ese tenso equilibrio entre la creación y la corporación, entre el talento que imagina y la empresa que explota, reside uno de los grandes dramas del cine moderno. Quizás no tan épico como el pulso de Orson Welles con la RKO, cuando el estudio mutiló El cuarto mandamiento y rodó a sus espaldas un final feliz que traicionaba su visión, pero igual de revelador. Al final, la película que no se hace también cuenta una historia. Y esta, por ahora, no tiene final feliz.

