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Tom Holland debutó como Spider-Man en Capitán América: Civil War (2016), reclutado por Tony Stark antes incluso de estrenar su propia película en el MCU.
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La trilogía cierra con uno de los sacrificios más dolorosos de todo el universo Marvel: un hechizo que hace que el mundo entero —en todos los universos— olvide que Peter Parker existe.
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Tres villanos, tres películas y un arco emocional que va del chaval de instituto ilusionado al héroe absolutamente solo.
• Mi opinión: Homecoming tarda demasiado en soltarse de la mano de Iron Man, y el multiverso de No Way Home coquetea peligrosamente con vender nostalgia como si fuera guion; aun así, el conjunto forma uno de los arcos más coherentes y honestos que ha parido Marvel en pantalla grande.
Para alguien que lleva siguiendo a Spider-Man desde los tebeos —mucho antes de que existiera ningún universo cinematográfico compartido— tengo que reconocer que la llegada de Tom Holland fue uno de esos momentos que te reconcilian con las adaptaciones. No era el Peter Parker de Raimi ni el de Webb. Era otra cosa: un chaval de quince años que huele a instituto, que guarda el traje detrás de los Legos y que casi se muere de emoción cuando conoce a los Vengadores.
Lo que vino después fue una trilogía que, con sus altibajos, se convirtió en uno de los recorridos más completos del MCU. Tres películas, tres villanos, y una versión de Peter Parker que crece a base de golpes reales. Si crees que lo recuerdas todo, vamos a comprobarlo.
El debut que nadie esperaba (pero todos necesitábamos)
Tom Holland no debutó en su propia película. Antes de Homecoming, ya le habíamos visto en Capitán América: Civil War (2016), cuando Tony Stark se planta en Queens para reclutar a un adolescente que lleva unos pocos meses siendo Spider-Man de forma bastante amateur.
La escena en el aeropuerto de Leipzig es legendaria. Peter robándole el escudo a Capitán América mientras cita El Imperio Contraataca es pura energía de cómic clásico. El Spider-Man parlanchín, nervioso e imposiblemente tierno que muchos llevábamos años pidiendo.
Y aquí va mi primer pero: ese reclutamiento tan temprano marca toda la trilogía. Peter nace, cinematográficamente, colgando del brazo de Tony. Es un acierto emocional, sí, pero también una muleta narrativa de la que Marvel tarda demasiado en soltarse.
El Buitre: el villano de clase trabajadora que Marvel necesitaba
Homecoming acierta de pleno con Adrian Toomes, el Buitre, interpretado por un Michael Keaton que borda cada escena. No es un megalómano con planes de conquista mundial. Es un hombre de clase trabajadora, padre de familia, que ve cómo el sistema le aplasta y decide montar su propio negocio ilegal con los restos tecnológicos que dejan las batallas de los Vengadores.
Me encanta que hayan cogido al Buitre clásico de Ditko —aquel villano casi de opereta con alas mecánicas— y lo hayan convertido en algo tan terrenal y reconocible. El giro de la escena del coche —cuando Toomes descubre quién es realmente Peter— sigue siendo uno de los mejores momentos de toda la trilogía. Tensión pura, ejecutada con una sencillez que el MCU muchas veces olvida que puede permitirse.
Karen: la IA del traje que no recibe suficiente reconocimiento
Dentro del traje que le diseña Stark, Peter tiene una asistente de inteligencia artificial llamada Karen, con la voz de Jennifer Connelly. No es solo un sistema de navegación con superpoderes: es una especie de confidente tecnológica que le ayuda a procesar situaciones, activa modos de combate y, en un momento bastante entrañable, le aconseja sobre cómo hablarle a Liz.
Es un detalle que conecta perfectamente con la relación Stark-Peter: Tony construye para su chico una versión personalizada de JARVIS, un regalo paternal envuelto en nanotecnología. Muy bonito… aunque también otro recordatorio de que este Peter casi nunca resuelve nada él solo. Ojo con eso.
Mysterio y el coste de confiar demasiado rápido
En Far From Home, la amenaza llega en forma de Quentin Beck, ex-empleado de Stark Industries que utiliza drones holográficos para montar un espectáculo de superheroísmo completamente falso. Jake Gyllenhaal lo interpreta con una energía tan magnética que casi quieres que sea el bueno de verdad.
Y qué gustazo, para quien viene de los cómics, ver que respetan la esencia del personaje: en las viñetas, Beck también era un genio de los efectos especiales frustrado. Aquí lo actualizan como un currante resentido de la era Stark, y funciona de maravilla. La revelación de que es un estafador brillante funciona precisamente porque Marvel se toma su tiempo en construir la confianza.
Y el golpe final —la escena postcréditos donde un J. Jonah Jameson a lo InfoWars, interpretado por el inimitable J.K. Simmons, emite el vídeo falsificado que revela al mundo que Peter Parker es Spider-Man— me hizo dar un bote en el sofá. Que recuperasen al Jameson de las películas de Raimi es de esos guiños que me devuelven directa a la butaca de hace veinte años.
El hechizo que lo rompió todo

No Way Home arranca con ese caos: todo el mundo sabe quién es Peter. La solución —pedirle a Doctor Strange un hechizo para borrarlo de la memoria colectiva— sale terriblemente mal cuando Peter empieza a añadir excepciones en tiempo real. El multiverso se fractura y empiezan a aparecer villanos de otras realidades.
Aquí toca ser sincera: la película es un fiestón, pero también un ejercicio de nostalgia calculado hasta el último fotograma. Funciona porque el cariño es real, no porque el guion sea especialmente valiente. Y conviene decirlo, aunque a mí se me cayera alguna lagrimilla igual.
Ned Leeds, el fiel «chico en la silla» de Peter, tiene en esta película uno de los momentos más absurdos y maravillosos de la saga: descubre que puede abrir portales mágicos con un Sling Ring sin ningún tipo de entrenamiento ni explicación racional. En cualquier otra película sonaría ridículo. Aquí, Jacob Batalon lo hace con tanta honestidad que simplemente te lo crees.
El sacrificio que duele de verdad
El final es brutal. Para cerrar el multiverso, Doctor Strange lanza el hechizo en su forma completa: todo el mundo, en todos los universos, olvida que Peter Parker existe. MJ, Ned, Happy. Todos.
Peter tiene la oportunidad de reintroducirse a MJ después del hechizo. Se acerca. La mira. Y decide no hacerlo.
La última imagen es Peter solo, en un apartamento pequeño, cosiéndose su propio traje desde cero. Sin el apoyo de Stark, sin su historia, sin nadie. Y aquí, por fin, la trilogía suelta esa mano de Iron Man que arrastraba desde el principio. El Spider-Man más solitario del MCU es, paradójicamente, el más fiel al de los cómics: el chaval que carga con todo porque un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
La trilogía de Tom Holland tiene algo que pocas sagas del MCU consiguen del todo: un arco emocional que realmente va a algún sitio y llega con consecuencias reales. Peter empieza queriendo impresionar a Tony Stark y termina renunciando a todo lo que le importa para proteger a los demás. Es un viaje que duele, y eso es exactamente lo que Spider-Man necesitaba para funcionar de verdad en el cine.
¿Volveremos a ver a este Peter Parker? Espero que sí. Y espero que la próxima vez Marvel tenga el valor de seguir en esa dirección de madurez y pérdida que No Way Home prometió, en lugar de volver a tirar de nostalgia y padrinos multimillonarios. Porque este Spider-Man se lo ha ganado. Y los fans que llevamos siguiéndole desde las viñetas, también.

