Cine

El Padrino tiene un 97% y Gigli un 6% — por qué no te deberías fiar de Rotten Tomatoes

Rotten Tomatoes no mide qué tan buena es una película sino cuántas reseñas son positivas. Del 97% de El Padrino al 6% de Gigli, el sistema oscila sin distinguir entre entusiasmo y aprobación tibia. Saber lo que mide cambia cómo lo usas.

  • Rotten Tomatoes no esconde a ningún crítico supremo: su porcentaje se limita a medir cuántas reseñas son positivas sobre el total, sin distinguir jamás entre el entusiasmo febril y la aprobación tibia.
  • Del 97% de El Padrino al 6% de Gigli, el sistema oscila entre el consenso justo y el veredicto brutal, mientras la brecha entre la crítica y el público revela que muchas obras despreciadas en su día acaban reivindicadas por el tiempo.
  • Opinión: ningún número, por preciso que parezca, puede contener la verdadera hondura de una película; reducir la crítica a un porcentaje siempre conlleva una pérdida irreparable de matiz.

Hay una pregunta que todo aficionado al cine se ha hecho al menos una vez en la vida: ¿cómo es posible que esa película que tanto le removió por dentro tenga un 34% en Rotten Tomatoes? O al contrario: ¿de qué manera ha llegado aquella otra, tan superficial y olvidable, a alcanzar el 90%? La plataforma de agregación de críticas se ha convertido, para bien o para mal, en el termómetro más consultado del séptimo arte. Y sin embargo, sus veredictos no siempre encajan con lo que sentimos al salir de la sala.

Llevo décadas leyendo crítica cinematográfica —y escribiéndola, desde aquellos foros de finales de los noventa donde debatíamos sobre Bergman y Wilder con la pasión de quien descubre el fuego— y siempre he mirado los sistemas de puntuación con una mezcla de respeto y escepticismo. No porque la crítica no importe, sino precisamente porque importa demasiado como para reducirla a un porcentaje. Pero lo cierto es que Rotten Tomatoes existe, millones de personas lo consultan cada día, y algunas de sus puntuaciones resultan, cuanto menos, llamativas.


Antes de entrar en el debate, conviene entender qué mide exactamente Rotten Tomatoes. No existe ningún crítico supremo detrás de la pantalla que vea cada película y le asigne una nota con toda la solemnidad del oficio. El sistema funciona como un simple agregador: recoge reseñas de decenas, a veces centenares, de críticos cinematográficos, y a cada una le asigna una etiqueta binaria: «fresca» —positiva— o «podrida» —negativa—.

La puntuación final no es una media de notas al uso. Es, simplemente, el porcentaje de reseñas positivas sobre el total recogido. Si cien críticos han escrito sobre una película y setenta la han valorado favorablemente, la película obtiene un 70%, con independencia de si esas críticas positivas son entusiastas o meramente condescendientes.

Este matiz es fundamental y merece subrayarse. Una película puede tener un 80% en Rotten Tomatoes y haber sido descrita por la mayoría de sus críticos como «correcta», «decente» o «entretenida sin más». El sistema no distingue entre el entusiasmo genuino y la mera aprobación tibia. Y eso, inevitablemente, genera distorsiones que pueden resultar bastante elocuentes.


El caso de El Padrino ilustra cuándo el sistema funciona con honestidad: un 97% que nadie discute, resultado del consenso casi unánime de la crítica ante una obra maestra incuestionable. La película de Coppola es un monumento al cine, y basta un solo plano para entenderlo: aquella secuencia inicial en la penumbra del despacho, cuando Bonasera pronuncia su «I believe in America» mientras la cámara retrocede lentísimamente hasta descubrir la nuca de Don Vito recortada a contraluz. Ahí está todo —el poder, la sombra, la súplica— condensado en un encuadre que no necesita una sola palabra de más. Las puntuaciones, por una vez, reflejan esa grandeza con justicia.

Pero luego están los casos que verdaderamente desconciertan. Y en el extremo opuesto del catálogo aguarda un ejemplo casi legendario: Gigli, aquel naufragio de 2003 con Ben Affleck y Jennifer Lopez, sepultado bajo un demoledor 6%. Aquí el agregador dibuja el reverso exacto de El Padrino: un consenso crítico tan aplastante que ya no describe una película, sino un fenómeno cultural, un sinónimo del fracaso mismo. Entre esos dos polos —el 97% y el 6%— se despliega todo el territorio, a menudo pantanoso, en el que Rotten Tomatoes pretende ordenar el mundo.

Porque entre uno y otro extremo habitan las verdaderas anomalías. Películas adoradas por el gran público que los críticos despacharon con cierta condescendencia. Obras que en su momento fueron vapuleadas y que el tiempo ha terminado por reivindicar. Y títulos que generaron reacciones tan radicalmente opuestas entre crítica y público que la puntuación parece referirse a una película completamente distinta.

Butacas vacías de una sala de cine, símbolo del debate sobre las puntuaciones de Rotten Tomatoes

Este fenómeno no es nuevo, ni mucho menos. Recuerdo haber leído, en los años noventa, críticas demoledoras de películas que hoy forman parte del imaginario colectivo. La crítica cinematográfica, como toda disciplina humanística, está sujeta a modas, contextos históricos y prejuicios inevitables. Lo que en un momento determinado parece un exceso o una frivolidad puede revelar, con el paso del tiempo, una profundidad que escapó al ojo contemporáneo.


El riesgo de Rotten Tomatoes —y es un riesgo que conviene nombrar con claridad— es que convierte una disciplina tan rica y compleja como la crítica en algo parecido a una encuesta de satisfacción al cliente. La voz de un crítico formado y riguroso tiene exactamente el mismo peso que la de alguien que escribe cuatro líneas apresuradas. La matización, el análisis de la puesta en escena, la capacidad de contextualizar una obra dentro de la historia del cine: nada de eso queda recogido en ese porcentaje final.

Hay algo genuinamente paradójico en que una película de Kubrick o de Bergman pueda quedar reducida, en última instancia, a un número verde o rojo. El cine es un arte que exige tiempo, distancia y honestidad intelectual para ser comprendido. Pensemos en 2001: Una odisea del espacio, que generó reacciones profundamente divididas en su estreno en 1968: buena parte de la crítica salió desconcertada, incapaz de digerir aquel corte prodigioso del hueso lanzado al aire que se transforma, en una elipsis de millones de años, en una nave orbitando en silencio al compás de El Danubio azul. Hoy consideramos ese plano una de las mayores audacias narrativas jamás filmadas. ¿Qué habría marcado el termómetro de Rotten Tomatoes aquella noche de estreno? Probablemente un número que hoy nos daría vergüenza ajena.

Y no es un caso aislado. Vértigo, de Hitchcock, fue recibida con tibieza en 1958 y tardó décadas en ser reconocida como la obra hipnótica y enferma que es, con ese travelling contrapicado que reproduce el mareo del protagonista y que ha pasado a los manuales como recurso fundacional. El juicio contemporáneo se equivocó de medio a medio. Y ningún porcentaje habría capturado esa espera, ese lento reconocimiento que solo el tiempo concede.


No se trata de demonizar Rotten Tomatoes. Como herramienta de orientación rápida, tiene su utilidad práctica. Cuando una película acumula un 15% y otra alcanza el 95%, esa diferencia dice algo, aunque sea de forma imprecisa y algo grosera. El problema surge cuando tratamos esos porcentajes como verdades absolutas, como veredictos definitivos e inapelables sobre el valor cinematográfico de una obra.

La historia del cine está repleta de ejemplos de películas incomprendidas en su momento y reivindicadas después. Y también al contrario: de películas que deslumbraron a la crítica de su época y que hoy resultan perfectamente prescindibles. El juicio crítico es una actividad viva, cambiante, que respira y evoluciona. Cualquier sistema que lo congele en un número corre el riesgo de malinterpretarlo gravemente.

Lo que sí resulta genuinamente sorprendente —y, hay que reconocerlo, también entretenido— es constatar hasta qué punto pueden divergir el consenso crítico y la percepción popular. Cuando decenas de críticos se ponen de acuerdo de una forma que resulta completamente ajena a lo que siente la mayoría de los espectadores, algo interesante está ocurriendo. Y ese «algo» merece bastante más análisis del que habitualmente se le dedica.


El cine, en su mejor expresión, es un arte que no se deja reducir a fórmulas. Ni a las más sofisticadas ni a las más sencillas. Rotten Tomatoes puede ser una brújula útil, pero nunca debería confundirse con el destino. La verdadera crítica cinematográfica —esa que analiza la composición del encuadre, que entiende el ritmo del montaje, que sitúa una obra en su contexto histórico y estético con rigor y honestidad— no cabe en un porcentaje. Y el hecho de que algunas puntuaciones nos resulten incomprensibles no es un defecto del sistema: es, paradójicamente, una invitación a pensar por nosotros mismos.

Así que la próxima vez que encontréis una puntuación en Rotten Tomatoes que os sorprenda —ya sea demasiado alta, demasiado baja, o simplemente inexplicable—, quizás lo más honesto sea preguntarse qué dicen realmente esas críticas y qué dicen de nosotros como espectadores. Porque al final, el cine no se experimenta en porcentajes. Se experimenta en salas oscuras, con los ojos bien abiertos y, si tenemos suerte, con la sensación de haber visto algo verdaderamente irrepetible.

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