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Ben Solo murió salvando a Rey en El ascenso de Skywalker, pero ese sacrificio le negó lo más difícil de la redención: vivir con las consecuencias de lo que hizo.
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Nawaam, de Star Wars: Visions Presents — The Ninth Jedi, recorre un arco casi idéntico al suyo, pero sobrevive para enfrentarse a su pasado, convirtiéndose en el espejo que la saga nunca se atrevió a pulir.
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Adam Driver y Steven Soderbergh propusieron a Disney una película sobre Ben Solo tras El ascenso de Skywalker; el proyecto fue rechazado y con él, uno de los relatos más interesantes que la franquicia pudo contar.
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💬 Opinión de Álex: La muerte redentora es el recurso más cómodo de Star Wars. Lo que de verdad exige valentía narrativa es dejar vivir al personaje y obligarle a reconstruirse desde cero.
Hay películas que cierran bien y películas que cierran fácil. El ascenso de Skywalker hace lo segundo con Ben Solo, y durante mucho tiempo no supe explicar por qué eso me incomodaba tanto. Ben resucita a Rey, sonríe, se desvanece. Fundido a negro. Es emotivo, es limpio, es cinematográficamente eficaz. Y, aun así, algo chirría.
Creo que lo que falla es esto: su historia termina justo cuando empezaba lo interesante.
La muerte sacrificial esconde una trampa invisible. Parece la culminación de un arco, el instante en que el personaje demuestra quién es de verdad. Pero en el fondo es un atajo. Morir por alguien es un acto puntual. Vivir siendo mejor, cada día, ante una galaxia que te recuerda lo que hiciste, eso es un proceso. Y ese proceso es precisamente lo que Star Wars nunca le concedió a Ben Solo.
Me acuerdo de cuando pausé Arrival para apuntar una frase sobre el tiempo y la responsabilidad. Hay algo en esa película que habla de aceptar el peso de tus elecciones sin huir de ellas. Es un tipo de valentía muy distinto al del sacrificio heroico. Ben Solo nunca tuvo ocasión de ejercerla.
La trampa del héroe que muere redimido
Star Wars mantiene una relación complicada con la redención. Anakin Skywalker muere salvando a su hijo y desaparece convertido en espíritu luminoso. Ben Solo repite el esquema décadas más tarde.
Es un patrón que funciona emocionalmente porque resuelve la tensión de forma rápida y satisfactoria. Pero esquiva la pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando alguien que ha causado daño real tiene que seguir existiendo en el mundo que dañó?
No pido un final feliz. Pido un final honesto.
Y ahí es donde la ciencia ficción que más me marca suele ir un paso por delante. Blade Runner nunca perdona del todo a sus replicantes; los obliga a cargar con el poco tiempo que les queda. Her no le regala a Theodore una reconciliación limpia, sino la incomodidad de aprender de lo que perdió. Esas historias entienden que la identidad no se resuelve con un gesto, sino con la acumulación de días difíciles.
La película que Disney rechazó
Lo que hace esta reflexión especialmente amarga es que estuvo a punto de existir una segunda oportunidad.
Adam Driver y el director Steven Soderbergh llegaron a proponer a Disney un proyecto centrado en Ben Solo después de los acontecimientos de El ascenso de Skywalker. Un relato sobre un hombre intentando encontrar su sitio en una galaxia a la que había hecho tanto daño. La propuesta fue rechazada.
Es difícil no imaginar lo que podría haber sido. Un personaje definido siempre por sombras ajenas —Skywalker, Organa, Solo, nieto de Vader— libre por fin para descubrir quién es por sí mismo. No como villano. No como mártir. Como persona que intenta ganarse el derecho a existir.
Nawaam: el espejo que sobrevive
Aquí entra Star Wars: Visions Presents — The Ninth Jedi, la primera serie de anime de formato largo del universo Star Wars.
Nawaam es, en esencia, Ben Solo con otro final.
Ambos son usuarios de la Fuerza que cayeron en la oscuridad tras un trauma vinculado a un maestro Jedi. Ambos levantaron una fachada de indiferencia emocional como mecanismo de protección. Y a ambos les confrontan jóvenes prodigios de la Fuerza —Rey y Lah Kara, respectivamente— que los obligan a mirarse sin la máscara.
La diferencia esencial: Nawaam no muere.
En lugar de un sacrificio redentor, es encarcelado. Y el maestro Jedi Lah Zhima le entrega un sable de luz, no como recompensa, sino como posibilidad abierta. Ese sable cambia de color según el estado emocional de quien lo empuña: azul para quienes abrazan la luz, plata para el vacío interior, rojo para la ira y el miedo.
Es una metáfora construida con cuidado. La identidad no se hereda ni se impone: se forja. Y hay algo poderoso en que el objeto más icónico de la saga deje de ser un símbolo de bando para convertirse en un espejo del alma. El sable ya no dice de qué lado estás, sino quién eres en este preciso instante. Cambia porque tú cambias. Ese matiz, tan pequeño, reordena por completo lo que significa portarlo.
«Al final, resulta que su corazón no estaba vacío», dice Lah Zhima sobre Nawaam. El corazón de Kylo Ren tampoco lo estuvo nunca. Pero él no tuvo tiempo de demostrarlo con actos, solo con un gesto final.
Lo que merecía Ben Solo
Ben Solo merecía cargar con el peso de lo que hizo. Merecía existir en una galaxia que lo mirara con desconfianza. Merecía buscar quién es más allá del apellido, más allá de la máscara, más allá del legado opresivo que nunca eligió.
Con Rey a su lado —no como recompensa romántica, sino como alguien que entiende de dónde viene— ese viaje habría podido ser uno de los más ricos que Star Wars haya contado jamás.
Nawaam tiene esa oportunidad. Y aunque The Ninth Jedi no forme parte del canon estricto, la pregunta que plantea sí pertenece al corazón de cualquier historia sobre el bien y el mal: ¿es más valiente morir por alguien, o levantarse cada día intentando ser mejor?
No pretendo cerrar el debate, porque quizá no tenga una única respuesta. Pero me inclino a pensar que Star Wars todavía no ha reunido el valor completo de explorarlo.
Quizás algún día alguien en Lucasfilm recuerde que Ben Solo sigue siendo uno de los personajes más interesantes que han creado, y que lo más interesante de su historia nunca llegó a contarse.