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Andrew Garfield ha vuelto en 2026 a reivindicar la idea de un Spider-Man abiertamente gay, recuperando una propuesta que ya lanzó en 2013 durante la promoción de The Amazing Spider-Man 2.
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Su argumento es sencillo: el traje de Spider-Man funciona como un lienzo universal en el que cualquiera puede proyectarse, sin importar género, raza ni sexualidad.
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Tom Holland, el Spider-Man actual del MCU, también ha dejado caer su interés en traer a Miles Morales a la acción real, abriendo la puerta a esa diversidad.
Mi opinión: Garfield lleva trece años diciendo en voz alta algo que los cómics demostraron hace décadas. Que en 2026 esto siga generando debate dice mucho, y no precisamente de él… aunque tampoco me creo del todo que el súbito interés de Marvel sea puro altruismo.
Hay declaraciones que envejecen fatal, y luego están las de Andrew Garfield. En 2013, mientras promocionaba The Amazing Spider-Man 2, el actor lanzó una idea que en su momento sonó casi a provocación: ¿y si Spider-Man fuera gay? Más de una década después, no solo no se arrepiente, sino que vuelve a la carga con la misma convicción. Y lo hace en un contexto cultural donde rebatirle cuesta muchísimo más.
Porque la pregunta de fondo es simple: ¿quién puede ponerse el traje? Los que crecimos con los cómics —y yo caí rendida ante Peter Parker mucho antes de que el MCU fuera siquiera un rumor— sabemos perfectamente que el personaje nunca fue solo un chico blanco de Queens. Spider-Man es una idea. Y las ideas, por definición, no entienden de límites.
El origen de todo: 2013, Michael B. Jordan y una MJ muy diferente
Todo arrancó en la gira de prensa de The Amazing Spider-Man 2. Garfield, en una entrevista que se hizo viral, propuso algo que nadie vio venir: ¿y si Mary Jane Watson fuera un personaje masculino? Llegó incluso a sugerir que Michael B. Jordan podría encarnar a ese nuevo MJ, una idea que, visto el recorrido posterior de Jordan como Killmonger —ese villano que nos partió el corazón a todos en Black Panther—, hoy suena todavía más apetecible.
No fue un comentario improvisado. Garfield lo definió como «un ejercicio de rebeldía», pero también como algo en lo que cree de verdad: si nadie ve el color de piel bajo la máscara, ¿por qué habría de importar la sexualidad o el género de quien la lleva?
2026: la misma propuesta, más contexto
Trece años después, en plena promoción de The Uprising —el nuevo thriller de Paul Greengrass, todavía pendiente de estreno según lo anunciado—, alguien rescató aquellas palabras. Y lejos de escurrir el bulto, Garfield las reivindicó sin pestañear.
Su razonamiento es el mismo, pero ahora lo articula con más finura: Spider-Man es uno de los personajes más queridos de la ficción precisamente porque actúa como un espejo. Cuando la máscara cubre la cara, desaparecen los marcadores visibles y el traje se convierte en una invitación abierta.

«Cualquiera puede proyectarse en ese traje», dijo. Y tiene toda la razón. Es exactamente la filosofía que Brian Michael Bendis y Sara Pichelli llevaron al papel en 2011 al crear a Miles Morales, y que años más tarde dio pie a una de las mejores películas de animación del género: Spider-Man: Un nuevo universo.
Y no se queda ahí. El cómic lleva décadas repartiendo la máscara: Spider-Gwen, Miguel O’Hara en Spider-Man 2099, Cindy Moon como Silk… El multiverso arácnido existe justamente para recordarnos que «cualquiera puede llevar la máscara» no es un eslogan progre, es literalmente el ADN del personaje desde hace generaciones.
¿Y qué hay del MCU?
Mientras Garfield reflexiona desde fuera del universo cinematográfico de Marvel, Tom Holland sigue siendo el Spider-Man oficial. Su última película, Spider-Man: Brand New Day, arrasó en taquilla y se consolidó como uno de los grandes éxitos recientes del cine de superhéroes. No es poca cosa.
Lo interesante es que Holland también habla de ampliar el universo del personaje. Ha expresado en público su deseo de llevar a Miles Morales a la pantalla en acción real, poniendo sobre la mesa justo el tipo de diversidad que Garfield defiende desde 2013.
Y aquí es donde me pongo un poco tiquismiquis. Me encantaría creer que Marvel ha interiorizado el mensaje por convicción. Pero, seamos sinceras: cuando un estudio tarda quince años en abrazar una idea que sus propios cómics normalizaron hace mucho, cuesta no preguntarse si estamos ante una conversión sincera o ante un gesto de marketing llegado con calzador. Ojalá me equivoque. Ojalá sea lo primero.
Una pregunta sencilla con una respuesta que a algunos les cuesta
Lo que más me gusta de la postura de Garfield es su falta de aspavientos. No pide reescribir nada. No exige que Peter Parker deje de ser quien es. Solo plantea un «¿por qué no?» y deja que la respuesta hable sola.
Y añade algo con lo que coincido: si alguien tiene una reacción desmesurada ante la idea de un Spider-Man LGBTQ+, eso dice mucho más de esa persona que de la propuesta. Uno se delata solo.
Spider-Man lleva más de sesenta años siendo el héroe del chico de al lado. Del estudiante que no llega a fin de mes, del que carga con más responsabilidad de la que puede sostener, del que sigue adelante aunque todo se derrumbe. Eso es lo que le hace funcionar. Y nada de eso cambia si quien hay bajo la máscara es gay, bisexual, trans o de cualquier otra identidad.
Lo que Garfield pide desde 2013 no es revolucionario: es coherente. Coherente con lo que Spider-Man siempre significó. Y si Marvel reúne el valor para dar el paso —ya sea con un Peter distinto o apostando de verdad por Miles Morales en acción real, sin miedos ni medias tintas—, podríamos estar ante uno de los momentos más importantes del género. Mientras tanto, seguiré escuchando a Garfield. Porque aunque ya no lleve el traje, sigue siendo de los que mejor entienden lo que ese traje representa.