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The Odyssey, la decimotercera película de Christopher Nolan, adapta la epopeya homérica con Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland y Robert Pattinson.
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Pese a su ambientación en la Antigua Grecia, esconde conexiones temáticas con cada uno de los trabajos anteriores del director.
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Mi opinión: pocas cosas me fascinan más que una filmografía entendida como un sistema, y The Odyssey parece el punto donde todas las piezas de Nolan por fin encajan.
Hay cineastas que hacen películas. Y hay cineastas que construyen universos.
Christopher Nolan pertenece claramente al segundo grupo, aunque su universo no se expande hacia afuera —como el de Marvel— sino hacia dentro. Cada película suya añade una capa más a la misma pregunta que lleva formulándose desde Following en 1998: ¿qué significa ser humano cuando el tiempo, la memoria y la identidad son tan maleables?
The Odyssey llega como su decimotercera película y, a primera vista, parece lo más alejado de lo que conocemos como «cine de Nolan». Dioses, monstruos, el Mediterráneo hace tres mil años.
Pero hay una frase de Jean Renoir que resuena con fuerza aquí: «Un director solo hace una película en su vida. Luego la divide en pedazos y la rehace.» Si eso es cierto para alguien, es para Nolan. Y The Odyssey podría ser el capítulo donde todos esos pedazos por fin encajan.
Una odisea que empieza mucho antes de Grecia
The Odyssey narra el regreso de Odiseo, un veterano de la guerra de Troya que lleva años intentando volver a casa.
Matt Damon interpreta a Odiseo. Anne Hathaway es Penélope. Tom Holland da vida a Telémaco. Y Robert Pattinson encarna a Antínoo, el más ambicioso de los pretendientes que asedian el hogar de Penélope en ausencia de su marido.
La historia tiene tres mil años y viene cargada de sirenas, cíclopes y dioses que mueven los hilos del destino. Y aun así, a quien haya visto toda la filmografía de Nolan, algo le resultará profundamente familiar.
El director que siempre hace la misma pregunta
La tesis es sencilla pero poderosa: The Odyssey no es una excepción en la carrera de Nolan. Es su continuación natural.
Porque Nolan lleva años haciendo la misma película disfrazada de formas distintas. En Memento, un hombre sin memoria intenta reconstruir su identidad. En Inception, un padre atraviesa capas de sueños para volver a casa. En Interstellar, un astronauta cruza el universo para reencontrarse con su hija. En Dunkirk, unos soldados solo quieren regresar desde una playa imposible.
¿Les suena? Odiseo también intenta volver a casa. Lleva diez años intentándolo.
El regreso como metáfora de la identidad, del sacrificio, del tiempo que se escapa entre los dedos. Ese es el tema de Nolan. Siempre lo ha sido.
«¿Estás mirando con atención?»
En El Truco Final, Christian Bale le dice al público al inicio de cada actuación: «¿Estás mirando con atención?»
Es quizá la frase que mejor define su cine.
Porque en sus películas nada ocurre por accidente. Cada detalle tiene un peso. Cada elección narrativa está pensada dos, tres, las veces que hagan falta. Y cuando uno empieza a buscar conexiones entre The Odyssey y el resto de su filmografía, las encuentra. No como casualidades, sino como consecuencias de una mente que funciona como un sistema cerrado y elegante.
Como un ingeniero que también es poeta. O al revés.
Lo que dice sobre nosotros
Hay algo especialmente revelador en la elección de La Odisea como siguiente proyecto de Nolan.
No es solo un ejercicio de estilo ni una apuesta por el espectáculo. Es una declaración de intenciones.
Elegir el texto fundacional de la narrativa occidental —el primer gran relato de un hombre intentando volver a donde pertenece— dice mucho sobre lo que Nolan cree que es el cine. No entretenimiento, aunque lo sea. Sino una conversación entre el presente y el pasado sobre lo que significa ser humano.
Y aquí es donde a mí, que vivo entre galaxias, se me encienden todas las alarmas. Porque la pregunta de Odiseo es la misma que llevo persiguiendo en la ciencia ficción durante años. Recuerdo haber pausado Arrival para apuntar frases, obsesionado con cómo el lenguaje y el tiempo nos moldean. Recuerdo Blade Runner preguntándose qué queda de nosotros cuando la memoria puede ser falsa. La casa a la que Odiseo quiere volver quizá ya no exista, igual que el hombre que la dejó tampoco existe ya.
En ese sentido, Nolan se parece más a Villeneuve adaptando Dune que a cualquier director de épica histórica clásica. Usa el género como vehículo para preguntas sin respuesta fácil: ¿Quién eres cuando llevas años lejos de casa? ¿Qué queda de ti cuando el tiempo te ha cambiado? ¿Puedes volver a ser quien eras, o el regreso es siempre a un lugar distinto?
The Odyssey es, en cierto modo, la película de ciencia ficción más antigua de la historia. Solo que escrita sin naves espaciales.
Una filmografía como sistema
Lo más fascinante de Nolan no es ninguna película concreta. Es la filmografía entera vista como objeto.
Trece películas que, juntas, funcionan como un único argumento filosófico. Un ensayo en movimiento sobre la identidad, el tiempo, la memoria y el regreso.
Renoir tenía razón. Nolan lleva desde 1998 haciendo la misma película con trajes distintos. Una película sobre hombres que intentan volver a un lugar que ya no existe como lo recordaban. Que reconstruyen su identidad pieza a pieza, como Leonard en Memento, como Cobb en Inception, como Cooper en Interstellar. Como Odiseo.
Lo que más me interesa de The Odyssey no es solo lo que va a contar, sino lo que va a revelar sobre todo lo que Nolan ha construido antes.
Porque los grandes cineastas no hacen películas sueltas: mantienen conversaciones consigo mismos que duran toda una vida. Y Nolan, como Odiseo, parece saber exactamente a dónde quiere llegar.

