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Sacha Baron Cohen ha confirmado una nueva película de Ali G titulada Ali G: Who Iz I?, con estreno en cines previsto para el 23 de octubre y distribución de Amazon.
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El film recupera el formato de falso documental que definió al personaje en televisión, alejándose de la comedia convencional de Ali G Indahouse (2002).
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Opinión: el regreso de Ali G no es un simple ejercicio de nostalgia, sino una pregunta incómoda sobre si seguimos siendo tan fáciles de engañar como hace treinta años.
Hay personajes que no envejecen porque el mundo que satirizaban tampoco ha cambiado demasiado. Ali G es uno de ellos.
Cuando Sacha Baron Cohen se ponía el chándal amarillo y fingía no entender nada mientras entrevistaba a políticos y figuras de poder, no estaba haciendo solo comedia. Estaba construyendo un espejo incómodo frente a todos nosotros.
Ahora, décadas después de aquel personaje, Ali G vuelve. Y la pregunta que me hago no es si la película será divertida — seguramente lo será —, sino qué tiene todavía para decirnos en el mundo en que vivimos hoy.
Ali G vuelve: lo que sabemos
Sacha Baron Cohen ha anunciado una nueva película de Ali G. Su título es Ali G: Who Iz I? y llegará a los cines el 23 de octubre, distribuida por Amazon, antes de dar el salto al streaming.
El anuncio lo hizo él mismo. O mejor dicho, en personaje: a través de un vídeo en Instagram interpretado directamente como Ali G, en el que describía el proyecto con su desparpajo habitual, comparándolo con un documental sobre pingüinos pero con «el doble de sexo animal».
La forma del anuncio ya dice algo sobre la película. Esto no va a ser una comedia al uso.
El origen de un personaje que siempre fue más que un chiste
Para entender por qué este regreso importa, hay que volver a los años noventa.
Ali G nació como una parodia de los DJs británicos que adoptaban el argot del hip-hop sin pertenecer culturalmente a ese mundo. Era un personaje que señalaba algo muy concreto: la apropiación superficial de una cultura, el deseo de parecer algo que no se es.
Pero lo que hizo grande al personaje no fue solo la parodia en sí. Fue el formato.
Baron Cohen utilizaba a Ali G para entrevistar a personas reales — políticos, académicos, figuras públicas — que no sabían que estaban siendo engañadas. Y en ese espacio de confusión, el personaje revelaba algo mucho más profundo que el chiste: cómo respondemos cuando no entendemos lo que está pasando frente a nosotros.
El personaje se consolidó en la televisión británica con Da Ali G Show a comienzos de los 2000. Poco después, cuando HBO llevó el formato a Estados Unidos, se convirtió en un fenómeno y catapultó la carrera de Baron Cohen, abriendo la puerta a Borat y a Bruno — dos personajes construidos sobre la misma mecánica: la cámara oculta como herramienta de disección social.
La diferencia entre Indahouse y lo que viene ahora
En 2002, Baron Cohen estrenó Ali G Indahouse, una película que se alejaba del falso documental para abrazar la comedia de situación más clásica. Funcionó bien en taquilla internacional, pero nunca llegó a los cines estadounidenses y acabó directamente en DVD.
Ali G: Who Iz I? toma un camino diferente.
Recupera el formato de falso documental — el mismo que definió la serie original y que impulsó las películas de Borat y Bruno — y apuesta por el estreno en cines antes del streaming. En el contexto actual, esa decisión no es menor: es una declaración de intenciones sobre el tipo de experiencia que Baron Cohen quiere construir.
¿Qué puede decirle Ali G al mundo de 2025?
Aquí es donde me detengo a pensar.
Hay algo fascinante en la premisa del falso documental cuando funciona bien: no solo hace reír, sino que expone los mecanismos sociales que normalmente dejamos pasar. Borat lo hizo con el racismo y el antisemitismo. Bruno, con la homofobia. Ali G siempre fue más difuso en su objetivo, pero no menos afilado.
Y aquí es donde no puedo evitar pensar en la ciencia ficción, ese territorio al que siempre acabo volviendo.
Vivimos en un momento en que la confusión entre lo real y lo performático es mayor que nunca. Cada perfil en redes es una versión editada de nosotros mismos, una máscara cuidadosamente construida. Es, en el fondo, el mismo gesto de Ali G: la performance de una identidad que no es la propia, solo que ahora la practicamos todos, a diario, sin cámara oculta que nos delate.
Hay algo de Black Mirror en todo esto. Y también algo de Blade Runner, esa vieja pregunta sobre qué separa lo auténtico de la copia, el ser real de su simulacro. Ali G nunca fue tan filosófico, pero apuntaba en esa dirección: ¿reconocemos lo genuino cuando lo tenemos delante, o simplemente reaccionamos a la superficie?
Recuerdo haberme quedado días dándole vueltas a esa idea después de ver Her. La sensación de que ya no distinguimos del todo entre lo que sentimos y lo que representamos. Si el falso documental funciona como herramienta crítica, este film llega en un momento en que el terreno no podría estar más fértil.
La sátira tiene fecha de caducidad cuando el mundo que retrata mejora. Cuando no mejora — o cuando directamente empeora —, la sátira se convierte en algo más oscuro y más necesario.
Baron Cohen lo sabe. Y Ali G, ese personaje que nació para señalar nuestra incapacidad de reconocer el engaño cuando lo tenemos delante, vuelve en un momento en que quizás lo necesitamos más que nunca.
El 23 de octubre no descubriremos solo si la película es buena. Descubriremos qué nos devuelve el espejo. Y me pregunto si, después de treinta años, seremos capaces de reconocer el reflejo.

