Críticas

Tom Cruise se convierte en villano climático para Iñárritu

Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate del petróleo cuya indiferencia desata una catástrofe capaz de hundir la economía de media Europa. Iñárritu subraya demasiado cada metáfora, pero Cruise arriesga como hacía tiempo que no hacía.

  • Tom Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero cuya indiferencia ante los riesgos desata una catástrofe medioambiental capaz de arrasar la economía de media Europa.

  • Alejandro González Iñárritu dirige en su registro maximalista habitual, pero su costumbre de subrayar cada metáfora termina restándole fuerza a lo que pudo ser una sátira genuinamente incómoda.

  • El reparto —Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller y Jesse Plemons— se mueve en el mismo exceso teatral que la película reclama, con resultados desiguales.


Hay un arquetipo que el cine lleva décadas explorando sin agotarlo del todo: el hombre poderoso que niega lo evidente. No es un villano de manual, sino algo más perturbador. Es alguien que cree, con absoluta convicción, que tiene razón.

Esa figura recorre desde los directivos de Weyland-Yutani en Alien hasta los señores del universo en Dune, precisamente porque encarna una verdad que incomoda: las catástrofes no suelen nacer de la maldad pura, sino de una mezcla de ego, conveniencia y miopía deliberada.

Con Digger, Alejandro González Iñárritu lleva esa figura al centro de una sátira sobre el capitalismo extractivo y el cambio climático. La premisa tiene un potencial enorme. El resultado, sin embargo, es más complicado de lo que debería.

Un magnate, un gato y un glaciar

La película arranca con Digger Rockwell —un Tom Cruise casi irreconocible, con acento sureño espeso y el pelo completamente cano— cuidando a su gata anciana mientras ignora las advertencias sobre fallos graves en su plataforma de perforación ártica.

Es una elección narrativa cargada de intención: el hombre que ha dedicado su vida a extraer lo que la Tierra guarda se preocupa más por su mascota que por millones de personas. No es que sea un monstruo. Es que su escala de prioridades nunca ha tenido que ajustarse a nadie.

Las consecuencias no tardan. Un glaciar se desprende. Europa entra en pánico. Las pérdidas se cuentan en billones. Y Digger, cómo no, lo gestiona todo desde la óptica de quien solo piensa en la reputación de su empresa.

Cruise en modo caricatura

Cruise lleva décadas demostrando que es capaz de mucho más de lo que el cine de acción le permite enseñar. Aquí, con ropa extravagante y toda la energía que el personaje exige, entrega algo que recuerda a su cameo en Tropic Thunder: comprometido, entregado, deliberadamente grotesco.

El problema no es la actuación. Es la construcción del personaje.

Digger está tan caricaturizado desde el primer fotograma que cuesta encontrar en él algo que ilumine de verdad cómo funciona el poder real. La sátira que funciona —pienso inevitablemente en Dr. Strangelove— necesita que sus figuras conserven algo de verdad para que el ridículo duela. Cuando todo es artificio desde el minuto uno, el golpe pierde fuerza.

Los momentos más interesantes son, paradójicamente, los más silenciosos: instantes en los que Cruise baja la guardia y deja asomar algo vulnerable. Ahí aparece el actor que debería haber protagonizado toda la película.

Iñárritu sin freno

González Iñárritu no cree en la contención. Sus películas siempre han operado en modo maximalista: cámara expresiva, monólogos cargados de significado, metáforas que no confían en que el espectador las descifre solo.

Tom Cruise como Digger Rockwell en Digger, de Alejandro G. Iñárritu

En Digger eso se convierte en un problema estructural.

El diseño de producción es deliberadamente excesivo —pinturas de torres petrolíferas, trofeos de caza, rifles automáticos decorando las paredes— y las metáforas llegan con tanta insistencia que uno acaba sintiéndose interpelado antes que invitado. Hay un momento en que Jesse Plemons, en pleno monólogo climático, básicamente le dice al espectador que si no le encuentra la gracia a todo esto, el problema es suyo.

Es la clase de recurso que delata inseguridad. Yo, que pausé Arrival para apuntar frases y me quedé días dándole vueltas a Her, sé cuándo una película confía en mí. Digger no lo hace nunca.

El reparto alrededor del caos

Riz Ahmed aparece como el científico medioambiental de la empresa, el eterno portavoz de la razón en un mundo irracional. John Goodman encarna a un presidente de los Estados Unidos tan exagerado como el propio Digger. Sandra Hüller compone a la hermanastra del protagonista con una indignación que crece hasta rozar lo cómico.

Todos encajan en el tono que la película propone. El problema es que ese tono no siempre sirve a la historia.

Y ahí se abre la pregunta que de verdad me interesa: ¿por qué necesitamos que el villano climático sea un excéntrico con acento y gata anciana? Quizá porque nos resulta más cómodo. Si la negación tiene rostro, cara y manías, deja de ser cosa nuestra. La película tenía material para señalarnos a todos —consumidores, votantes, espectadores que apartan la mirada— y prefiere concentrar toda la culpa en un solo hombre grotesco. Es una coartada tranquilizadora.

La pala que nunca llegó

Hay un detalle que no puede ignorarse: Warner Bros. construyó una pala de quince metros para la campaña de marketing. Apareció en tráilers, en fotos promocionales, en toda la conversación previa. En la película, apenas se ve.

No está claro si las escenas se eliminaron en postproducción o si la pala se levantó solo para el marketing. Pero la imagen dice algo del proyecto entero: una brecha entre promesa y resultado difícil de pasar por alto.


Digger es, a fin de cuentas, una película que tiene algo que decir. Que el poder corporativo no se detiene ante las consecuencias de sus actos. Que la negación siempre resulta más cómoda que la responsabilidad.

Son ideas que merecen contarse, y hacen falta voces en el cine que se atrevan a articularlas con esta valentía. El problema es que Iñárritu las dice tan alto y con tanta insistencia que el mensaje termina perdiéndose en el ruido. Una película sobre la incapacidad de escuchar que, irónicamente, no sabe cuándo callar.

Y ahí está lo que más me inquieta al salir de la sala: la negación no es un defecto de carácter de un magnate, sino un mecanismo colectivo. Todos hemos aprendido a mirar el desastre con la misma serenidad con que Digger acaricia a su gata. La película lo intuye, pero no se atreve a apuntarnos directamente.

Tom Cruise, con sesenta años y todavía buscando riesgos —físicos y narrativos—, merece reconocimiento por elegir este camino. Que la película no esté a la altura de su ambición no equivale a decir que no valía la pena intentarlo. A veces, los proyectos fallidos son los que más revelan. Y en ese sentido, Digger ofrece más de lo que su resultado final sugiere.

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