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Los reshoots de The Social Reckoning fueron una decisión creativa para mejorar la película, no una reacción al tibio recibimiento del tráiler.
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Trump no aparece nombrado ni una sola vez en un film que retrata el papel de Facebook en el asalto al Capitolio del 6 de enero.
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La cinta es secuela de The Social Network (2010) y se apoya en los archivos que la denunciante Frances Haugen filtró al Wall Street Journal.
Hay películas que llegan en el momento exacto. Y luego hay películas que llegan con la distancia justa para entender lo que ocurrió. The Social Reckoning parece querer ser las dos cosas a la vez.
Aaron Sorkin ya nos demostró con The Social Network que una conversación sobre dinero y ambición podía convertirse en el retrato definitivo del alma de Silicon Valley. Ahora vuelve, esta vez como guionista y director, con una historia que ya no habla del nacimiento de Facebook, sino de su madurez como herramienta de fractura social. Y en medio de todo eso aparece la pregunta inevitable: ¿puede el cine entender lo que la política todavía no ha sabido resolver?
Los reshoots que no eran un rescate
Cuando se filtró que The Social Reckoning había pasado por una ronda de reshoots, la reacción online fue inmediata y previsible: la película estaba en problemas. El tráiler había dividido opiniones, y en internet dos más dos siempre suman catástrofe.
Sorkin lo deja claro en una entrevista con Vanity Fair: no había nada que corregir.
«Hay dos tipos de reshoots», explica. «Uno es el ‘estamos en problemas, necesitamos rodar de nuevo’. Eso suele pasar en películas de superhéroes de 150 millones de dólares. El otro tipo es: ‘nos gusta mucho esta película, es buena, vamos a hacerla mejor’.»
Tom Rothman, presidente de Sony Pictures, le ofreció la posibilidad de volver al set. Sorkin identificó dos escenas que quería trabajar y rodó tres días adicionales.
Tres días. No es una producción en crisis. Es un director que sabe lo que tiene y quiere sacarle más partido.
Facebook como sistema, no como villano
Lo que más me interesa de The Social Reckoning es precisamente lo que decide no hacer.
La película gira en torno a Frances Haugen, la denunciante que filtró los llamados Facebook Files al Wall Street Journal en 2021, y al periodista Jeff Horwitz, que publicó la investigación. Un material que revelaba cómo Facebook conocía el daño que causaba y elegía ignorarlo.
Y aun así, con ese material en las manos y con el 6 de enero de telón de fondo, Sorkin elige no mencionar a Trump ni una sola vez.
No es una omisión accidental. Es una postura.
«La película trata sobre el papel de Facebook en el auge de la divisividad, el extremismo y el hiperpartidismo», explica el guionista. «No es una cuestión de rojos contra azules, aunque evidentemente se percibirá así.»
Y aquí es donde, para mí, el proyecto se vuelve fascinante. Porque el verdadero villano de esta historia no es una persona: es un algoritmo. Un sistema diseñado para maximizar la atención que, casi como efecto secundario, aprendió que la rabia retiene mejor que la calma. Nadie lo programó para romper una democracia. Simplemente optimizó una métrica, y la fractura fue el resultado.
Hay algo que me recuerda, en esa decisión, a lo que hacen las mejores distopías. 1984 no nombra a ningún líder concreto. Un mundo feliz no apunta a ningún partido. La abstracción no es evasión: es la única forma de que el mensaje llegue a quienes más necesitan escucharlo.
Recuerdo haber terminado ciertos episodios de Black Mirror y quedarme mirando el móvil apagado durante un buen rato, incómodo, sabiendo que la distopía ya no estaba en la pantalla, sino en mi mano. Esa sensación —la de reconocerte dentro del mecanismo— es exactamente la que Sorkin parece perseguir. Si nombras a Trump, la mitad del público desconecta antes de que empiece el debate. Si no lo nombras, la conversación permanece abierta, y el espejo sigue apuntando hacia todos.
Lo que se cambió y por qué importa
Hay un detalle revelador sobre el proceso de escritura. Una escena del guion incluía un término despectivo dirigido a una ejecutiva de Facebook. El departamento legal de Sony determinó que no existía evidencia documentada de que ningún alto cargo de la compañía hubiera utilizado ese lenguaje concreto.
La escena fue reescrita.
No es un dato menor. En una película que trabaja con hechos reales y personas identificables, cada decisión de este tipo tiene un peso enorme. Sorkin se mueve en ese terreno complicado donde el cine de no ficción siempre camina al borde: ¿cuánto puedes dramatizar sin traicionar la verdad?
En cuanto a los pases de prueba, reconoce que Sony limitó los visionados a setenta empleados de la propia compañía, en el propio estudio. Una muestra que, por definición, no es representativa de casi nada.
«No era una muestra representativa», admite. Y uno agradece esa honestidad.
Sorkin tiene un don especial para hacer que los diálogos suenen a pensamiento en tiempo real, para que las palabras pesen. Ya lo demostró en Moneyball y en The Social Network. La pregunta es si ese don basta para una historia que la mayoría ya conoce, y que todavía duele.
Hay algo que diferencia al gran cine político del simple cine de tesis: el primero te hace preguntas incómodas, el segundo te entrega respuestas cómodas. Sorkin, en su mejor versión, siempre ha pertenecido al primero.
Y quizá esa sea la clave. Porque The Social Reckoning no habla realmente de Facebook, ni siquiera de Haugen. Habla de nosotros: de por qué hicimos clic, de por qué compartimos lo que nos indignaba, de cuánto de aquel 6 de enero empezó en pantallas como la que ahora mismo estás mirando. La verdadera pregunta no es si la película entiende a Facebook. Es si nosotros estamos dispuestos a entendernos a través de ella. Lo sabremos el 9 de octubre.