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Street Fighter (2026) es una película frenética, llena de color y ruido, que recuerda al ambiente de las recreativas de los noventa.
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Su mayor virtud es el cariño por el material original, con un reparto fiel a los personajes y a sus icónicos peinados y vestuarios.
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Sin embargo, su ritmo constante y su exceso de estímulos terminan agotando al espectador mucho antes de que acabe la proyección.
Mi opinión: Hay algo admirable en una adaptación que no se avergüenza de su origen. Pero entre tanta energía se pierde la capacidad de emocionar, y el resultado se parece más a un examen de opción múltiple respondido a toda prisa que a una historia con peso.
Un homenaje sin complejos
Esta versión no desprecia el juego. Al contrario, parece hecha por y para los fans, y eso se nota en cada personaje reconocible, incluso en aquellos que resultan más extravagantes en imagen real.
Cody Rhodes da vida a Guile con una seguridad y un sentido del humor notables, lucIendo uno de los cortes de pelo más llamativos que se han visto en una pantalla de cine.
Demasiados personajes, poco tiempo
La historia arranca con Ryu y Ken, antiguos compañeros de entrenamiento que llevan años sin hablarse tras una tragedia en el torneo. A partir de ahí, M. Bison relanza el certamen con fines muy poco nobles.
El problema es que la película pasa casi todo su metraje presentando personajes y reuniéndolos. Cuando por fin empieza el torneo, los combates se saltan rondas enteras, y muchos de los luchadores quedan relegados al fondo.
Humor, caos y un ritmo que no da tregua
La película abraza lo absurdo sin pudor. Hay chistes de olores corporales, canciones pegadizas y momentos de locura pura. Algunos funcionan, pero la mayoría se suceden tan rápido que no dejan espacio para respirar.
Lo mejor de todo el filme, en mi opinión, es un enfrentamiento entre Ken y Ryu en el que este último intenta todo menos pelear, y acaba esquivando golpes y quitándole los calcetines a su amigo. Es un momento brillante que resume bien el espíritu de la cinta.
La banda sonora tampoco se queda atrás. Los créditos finales, con la música electrónica de Leo Birenberg y Zach Robinson, son probablemente lo más disfrutable de la película, y es lógico, ya que ambos trabajaron antes en Cobra Kai.
Un eco de Mortal Kombat
Como chico de los noventa, no puedo evitar comparar esta película con Mortal Kombat, que también tuvo su estreno en 2026. Ambas comparten un protagonista que ha caído en desgracia, que acepta trabajos humillantes por dinero y que debe recuperar su confianza para salir victorioso.
Me pregunto si no existe otra historia capaz de sostener este tipo de adaptaciones de videojuegos. Y lo digo ya: si algún día anuncian una película de Primal Rage sobre un dios dinosaurio inseguro que necesita redescubrir su fe en sí mismo, me retiro.




