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Brendan Fraser vuelve a encarnar a Rick O’Connell en The Mummy 4, con el rodaje ya en marcha en Suffolk, Inglaterra, más de 25 años después de la primera entrega.
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Rachel Weisz regresa como Evelyn Carnahan junto a Oded Fehr, John Hannah y Kevin J. O’Connor, reuniendo a casi todo el reparto original de 1999 y 2001.
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La película, dirigida por Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin, tiene previsto su estreno en octubre de 2027.
Hay algo profundamente cinematográfico en la idea de la resurrección. No hablo solo de las momias —aunque en esta franquicia tienen su cuota de protagonismo—, sino de esa capacidad del cine de devolver a la vida lo que dábamos por perdido, de cerrar un círculo narrativo que se quedó a medias. El tiempo avanza, los actores envejecen, los estudios cambian de estrategia, y aun así hay historias que se niegan a quedarse enterradas en el pasado.
The Mummy 4 es exactamente eso: una resurrección. Y las primeras imágenes del rodaje llegan para confirmarnos que no es un rumor, que está ocurriendo de verdad, que Brendan Fraser vuelve a calzarse las botas de Rick O’Connell dos décadas largas después. Para quienes crecimos con aquella película de 1999, esto trasciende la simple noticia de cine. Es algo bastante más íntimo.
El regreso de Rick O’Connell
Las fotografías del rodaje sitúan a Fraser en Suffolk, en una vieja base militar reconvertida en plató. El actor aparece con chaqueta de cuero negro y pantalones oscuros, muy lejos del uniforme de aventurero del desierto que lo definió en su día. Rick O’Connell ha envejecido con nosotros, y la película no parece tener el menor interés en ocultarlo.
Pero lo que de verdad captura la mirada no es él. Es el coche que lo acompaña: un bólido plateado y rojo, propulsado por cohetes, salido de una fantasía retrofuturista. A mí me remite a esos vehículos imposibles que pueblan el imaginario de Blade Runner o de Dune, máquinas que pertenecen a un futuro que nunca llegó del todo. Si las entregas originales cruzaban la arqueología de aventuras con el horror sobrenatural, esta parece querer inyectarle una dosis extra de velocidad.
Fraser tenía treinta años cuando rodó la primera The Mummy. Ahora ronda los sesenta. Y hay algo honesto, casi conmovedor, en no maquillar ese paso del tiempo.
La reunión que nadie esperaba
Si el regreso de Fraser ya bastaba para levantar expectación, la vuelta de Rachel Weisz como Evelyn Carnahan lo convierte en otra cosa. Weisz llevaba sin pisar la saga desde The Mummy Returns (2001), reemplazada en la olvidable tercera entrega de 2008. Su regreso repara una fractura que muchos fans no mencionaban, pero que tampoco habían olvidado.
Las imágenes la muestran rodando en Londres, cerca del British Museum —un guiño que dudo que sea casual—, con chaqueta marrón y falda midi de lunares mostaza. El personaje conserva intacta su energía de siempre.
Y aquí es donde me detengo a pensar. Recuperar a una actriz que fue sustituida no es un simple capricho nostálgico: es una forma de admitir que ciertas piezas eran insustituibles, que la química entre Fraser y Weisz era el verdadero corazón de aquellas películas. Reconstruir eso, en lugar de fabricar un elenco nuevo más rentable, dice mucho sobre lo que la franquicia entiende de sí misma.
A ellos se suman Oded Fehr, John Hannah y Kevin J. O’Connor, cerrando el círculo del reparto original. No es un reboot. No es una reimaginación. Es una continuación real. Y en un Hollywood que resetea todo para captar públicos nuevos, apostar por la continuidad tiene un valor que conviene no menospreciar.
Nuevos directores, misma esencia
La dirección recae en Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin, el dúo detrás de Ready or Not y del —vaya casualidad— resucitado universo Scream. Han demostrado que se puede trabajar dentro de una franquicia veterana sin traicionar aquello que la hizo funcionar.
De la trama apenas hay migajas. Pero las localizaciones en Suffolk y Londres, y los elementos visuales ya filtrados, apuntan a una aventura de gran escala. El estreno está previsto para octubre de 2027.
Y late aquí una pregunta que me interesa más que cualquier detalle argumental: ¿por qué nos aferramos tanto a resucitar lo que amábamos? La nostalgia se ha convertido en el motor económico de una industria —y de una audiencia— que quizás le tiene un poco de miedo al futuro. Preferimos volver a lo conocido antes que arriesgarnos con lo nuevo. The Mummy 4 es, en ese sentido, un espejo perfecto de nuestra época.
Lo que más me intriga, en el fondo, no es el coche con cohetes ni los platós ingleses. Es si la aventura clásica —con héroes de carne y hueso, humor genuino y peligro real— puede sobrevivir en un mercado saturado de píxeles y superhéroes. Yo, que suelo perderme entre galaxias digitales, echo de menos precisamente eso: el sudor, el gesto, la mirada de dos actores compartiendo plano. Fraser y Weisz, juntos de nuevo, quizá sean la respuesta más sincera que el cine de aventuras puede darnos ahora mismo.