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La nueva película de Resident Evil (2026), dirigida por Zach Cregger, recurre a efectos prácticos reales para dar vida a sus monstruos en lugar de descansar sobre el CGI.
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El «monstruo fusionado» se logró atando a varios especialistas con arneses para que se movieran como un solo organismo, sin prótesis ni retoques digitales.
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💬 Opinión del autor: En plena era de la IA generativa y los deepfakes, esta apuesta por la carne no es solo técnica, es una declaración sobre dónde sigue viviendo lo real.
Hay algo que siempre me ha fascinado del terror bien hecho: la forma en que nos obliga a confrontar aquello que no podemos racionalizar del todo. La ciencia ficción te invita a pensar en el futuro; el horror te arrastra al presente, al cuerpo, a la carne. Y cuando ambos géneros se rozan —como ocurre en el universo de Resident Evil— la pregunta que emerge no es tanto «¿qué tan aterrador es esto?» sino «¿por qué nos asusta de esta manera concreta?».
La respuesta, en el caso del nuevo reboot, tiene mucho que ver con una elección artística que nada a contracorriente del cine de género contemporáneo. Zach Cregger, el mismo que revitalizó el terror de autor con Barbarian —una película construida sobre la idea de que el verdadero pavor está en lo que creemos conocer—, ha apostado por algo que muchos directores llevan décadas abandonando: los efectos prácticos.
Y el resultado, según todo lo que está trascendiendo, es profundamente perturbador. Por las razones correctas.
Una historia conocida, un enfoque diferente
La película sigue a un mensajero médico —interpretado por Austin Abrams, en un papel que rompe con la lógica habitual del héroe de acción sin superpoderes— que debe entregar un misterioso paquete en un hospital de Raccoon City justo cuando la ciudad empieza a sucumbir a un brote viral. Una premisa que cualquier fan de la franquicia reconocerá en su estructura, aunque el propio director ha reconocido que esta nueva entrega rompe la cronología establecida por los videojuegos, usando la premisa como punto de partida para algo con más capas.
El horror escala de forma gradual. Primero, el terror contenido, casi cotidiano. Luego, la pesadilla se desborda.
Y es en ese desbordamiento donde aparece la criatura más inquietante del filme: el «monstruo fusionado».
El monstruo que nadie esperaba y cómo lo hicieron
La lógica interna del monstruo es tan retorcida como ingeniosa: los zombis desmembrados liberan tentáculos capaces de aferrarse a otros cadáveres y fusionarlos en nuevas formas mutantes. Cuando suficientes cuerpos se combinan, el resultado es algo parecido a una esfera gigante de extremidades.
Para quien haya crecido con los videojuegos o con las entregas anteriores, la imagen resulta familiar. Pero la manera en que Cregger la trajo a la pantalla es lo que lo cambia todo.
El coordinador de movimiento Jakub Hudlický publicó vídeos de ensayo que muestran el proceso: varios especialistas atados entre sí con arneses, desplazándose como una sola unidad. Sin prótesis. Sin efectos digitales. Solo cuerpos humanos reconfigurados para moverse de formas que el cerebro no sabe cómo procesar.
Y fue precisamente Hudlický quien apuntó lo que más me impactó al leer sobre esto: que incluso sin ningún efecto visual que los convierta en muertos vivientes, el movimiento por sí solo ya resulta genuinamente espeluznante e inhumano.
Ahí está la clave. El miedo no vive en los píxeles. Vive en la disonancia.
Me pasó algo parecido viendo el body horror de Cronenberg, o incluso con la extrañeza serena de Arrival: hay imágenes ante las que el cuerpo reacciona antes que la razón. Pausas, apuntas la sensación, y sigues pensando en ella días después.
El peso de una tradición
El diseño de las criaturas corrió a cargo de Legacy Effects y Shane Mahan, un nombre que debería resonar en cualquiera que haya estudiado la historia del cine fantástico con un mínimo de atención. Mahan ha trabajado en Terminator, Aliens, Predator y Jurassic Park. Es decir, ha dado forma física a algunas de las criaturas más icónicas de las últimas cuatro décadas.
Hay algo casi poético en que ese mismo legado —el de los efectos creados con manos, materiales y cuerpos reales— resucite en una franquicia que durante años eligió el camino contrario.
No es nostalgia por lo analógico. Es entender que ciertas verdades solo pueden comunicarse a través de la materia.
Lo que dice sobre el cine de hoy
Vivimos en una era en la que los efectos por ordenador han alcanzado una capacidad casi ilimitada. Podemos crear cualquier cosa en pantalla. Y quizá por eso, paradójicamente, cada vez nos impresiona menos.
Es la misma paradoja que atraviesa nuestra vida fuera del cine. En un mundo de imágenes generadas por IA y deepfakes que ya no sabemos distinguir de la realidad, hemos empezado a desconfiar de lo que vemos. Todo puede ser falso, así que nada nos sacude del todo.
Por eso, cuando algo está hecho de carne —aunque sea carne reconfigurada, aunque sean especialistas con arneses— algo en nuestro sistema nervioso lo reconoce como verdadero. El cerebro no puede ignorarlo de la misma forma.
Cregger parece haberlo entendido. Y esa comprensión, en el fondo, dice algo sobre nosotros: que seguimos siendo criaturas corporales, que el terror más profundo continúa siendo el de perder el control sobre nuestro propio cuerpo.
Resident Evil (2026) apunta a convertirse en uno de los grandes fenómenos del año —de hecho, ya ha logrado un histórico 96% en Rotten Tomatoes—, y apostaría a que parte de ese éxito tiene que ver con exactamente esto: con haber devuelto el miedo a un lugar tangible, físico, inevitable.
En un momento en que el cine de efectos visuales parece empeñado en convencernos de que todo es posible, Cregger nos recuerda que lo verdaderamente inquietante no necesita ser imposible. Solo necesita moverse de una forma que no deberíamos poder olvidar.
Y ese «monstruo fusionado» —esa masa de cuerpos humanos actuando como uno solo— lleva semanas viviendo en la cabeza de quien lo ha visto. Que es, al final, el mejor indicador de que algo en el cine ha funcionado de verdad.