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El nuevo Resident Evil, dirigido por Zach Cregger, ha alcanzado un 96% en Rotten Tomatoes, la mejor nota de toda la franquicia.
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Las siete entregas previas de Paul W.S. Anderson fueron calificadas como «podridas», con un tope histórico del 39%.
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Esta versión apuesta por la fidelidad al videojuego original de Capcom, dejando atrás la acción desbocada de la etapa anterior.
Hay franquicias que existen para sobrevivirse a sí mismas. No importa cuántas veces caigan, siempre encuentran la manera de volver. Y cuando lo hacen, arrastran consigo la misma pregunta de fondo: ¿puede algo renacer de verdad, o solo repetimos el mismo error con distinta envoltura?
Resident Evil lleva más de dos décadas siendo la respuesta más honesta a esa pregunta. Una saga que, contra todo pronóstico crítico, se mantuvo viva durante siete películas. Siete. Todas con el sello de «podrida» en Rotten Tomatoes. Y, aun así, aquí estamos, hablando de ella otra vez. Porque esta vez algo ha cambiado.
Una saga que vivió al margen de la crítica
Desde 2002, Paul W.S. Anderson construyó su propio universo alrededor del universo de Capcom. Un universo que tenía poco que ver con los juegos y mucho con la visión personal del director: acción sin freno, un personaje original llamado Alice —interpretado por Milla Jovovich— y una estética que perseguía el espectáculo por encima de la coherencia.
El resultado fue predecible en términos críticos. Ninguna de las siete películas superó el 50%. La mejor puntuada, Resident Evil: The Final Chapter, apenas rozó el 39%.
Pero hubo algo fascinante en esa resistencia. Las películas encontraron a su público igualmente. Funcionaron en taquilla. Generaron una base de fans fieles. Y eso, en cierto modo, plantea una pregunta que va más allá del cine de terror: ¿qué le debemos al material original cuando lo adaptamos?
El regreso al origen
Zach Cregger —conocido por Barbarian, una de las sorpresas recientes del terror— ha tomado una decisión aparentemente sencilla, pero radicalmente distinta: acercarse a lo que los juegos de Capcom realmente proponían.
La nueva película sigue a un mensajero médico atrapado en Raccoon City en plena expansión del virus-T. Sin Alice. Sin el arco de acción expandido que Anderson levantó durante años. Solo la esencia del videojuego original, trasladada a la pantalla con voluntad de fidelidad.
Austin Abrams protagoniza esta versión. Un punto de partida más humano, más vulnerable. Más cercano a esa sensación que cualquiera que jugara al original recuerda: la de ser alguien completamente corriente en una situación completamente extraordinaria.
Lo confieso: yo pasé más noches de las que debería recorriendo aquellos pasillos con la munición contada, aprendiendo que el verdadero terror no estaba en el zombi, sino en el silencio antes de doblar la esquina. Que alguien haya entendido eso ya me parece una victoria.
Un 96% que dice mucho más que un número
El resultado ha dejado boquiabierta a la industria.
Con un 96% en Rotten Tomatoes, el nuevo Resident Evil no solo se convierte en la película mejor valorada de la saga. Se coloca entre los títulos más aclamados de 2026, por delante de lanzamientos de altísimo perfil como The Odyssey de Christopher Nolan (94%), Toy Story 5 (93%) o Project Hail Mary (95%).
Para dimensionarlo: ese 96% equivale casi a la suma de las notas de las tres últimas películas de Anderson juntas.
Y no puedo evitar pensar en lo que ese dato revela. No hablamos solo de calidad cinematográfica. Hablamos de lo que ocurre cuando alguien decide respetar la inteligencia del material de partida y, por extensión, la del espectador.
Lo he visto antes en mi terreno favorito. Pienso en la Dune de Villeneuve frente a la de Lynch: la misma historia, pero una nace de escuchar a Herbert y otra de domesticarlo. Pienso en Blade Runner, donde lo que importaba no era la fidelidad literal a Philip K. Dick, sino la fidelidad a su pregunta: qué nos hace humanos. Cuando una adaptación respeta la idea que la originó, algo se alinea.
Y ahí hay una lección que trasciende a Resident Evil. Vivimos en una industria adicta a la nostalgia, que recicla marcas confiando en que el recuerdo haga el trabajo emocional por nosotros. Este 96% sugiere lo contrario: que el público no quiere que le devuelvan el logotipo, sino el sentido. Que la reinvención más valiente, a veces, consiste en preguntarse por qué existía algo antes de reinventarlo.
La verdadera prueba
Los críticos han hablado. Y con una contundencia inusual para una saga que, hasta hace unas semanas, era sinónimo de mediocridad asumida.
Pero en el fondo de toda adaptación late una tensión no resuelta: la distancia entre lo que valoran los críticos y lo que esperaban los fans. Y esa tensión, en Resident Evil, es especialmente delicada.
Hay gente que creció con Alice. Que vio siete películas y encontró en ellas algo que les pertenece. ¿Cómo recibirán una versión que, en esencia, descarta ese legado?
La respuesta llegará cuando el film abra taquillas. Y será tan interesante como el propio estreno.
Hay algo casi poético en que una franquicia tenida por fracaso crítico absoluto encuentre su redención justo cuando decide mirarse al espejo y preguntarse de dónde vino.
No sé si Resident Evil es una gran película. No la he visto. Pero, fiel a mi manía de no medir el cine solo por si es «bueno» o «malo», lo que me interesa no es el número: es la intención. La de demostrar que volver al origen puede ser la forma más radical de avanzar. Y eso, en una industria que casi siempre elige la continuidad antes que la reinvención, merece celebrarse. Aunque sea con cautela, y con el mando temblando en la mano.