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Matthew Lillard regresa como Stu Macher en Scream 7, la entrega más taquillera de la franquicia con más de 214 millones de dólares recaudados en todo el mundo.
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Melissa Barrera fue despedida por Spyglass Media Group en 2023 tras criticar en redes las acciones de Israel en Gaza, algo que la productora calificó como discurso de odio.
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Opinión: La confesión de Lillard es más honesta que cualquier giro de guion, pero me pregunto si nombrar la culpa a toro pasado repara algo o simplemente nos deja la conciencia más tranquila.
Hay películas que te persiguen por lo que dicen. Y luego hay situaciones, fuera de la pantalla, que dicen más sobre nosotros que cualquier guion.
La saga Scream nació como una reflexión meta sobre el propio cine, sobre personajes que conocen las reglas del género en el que viven. Saben cuándo van a morir, saben qué no deben hacer. Y aun así lo hacen.
Me hizo gracia darme cuenta de que la historia que rodea a Scream 7 funciona exactamente igual. Todos conocíamos las reglas del juego. Todos sabíamos lo que estaba en juego. Y aun así, la maquinaria siguió girando.
El regreso que todos esperaban
Matthew Lillard interpretó a Stu Macher en el Scream original de Wes Craven en 1996. Su vuelta al personaje casi tres décadas después fue, para muchos, uno de los grandes reclamos de esta entrega.
El resultado en taquilla fue contundente: más de 214 millones de dólares recaudados mundialmente. La película más rentable de toda la franquicia. Un triunfo comercial sin discusión.
Pero el contexto en el que se produjo ese regreso es mucho más complejo. Y Lillard lo sabe mejor que nadie.
Lo que ocurrió con Melissa Barrera
Para entender el peso de sus palabras, hay que retroceder a 2023.
Melissa Barrera, que interpretaba a Sam Carpenter en las dos entregas anteriores, fue despedida por Spyglass Media Group ese año. La razón: unas publicaciones en redes en las que criticaba las acciones de Israel en Gaza.
Spyglass justificó la decisión invocando una política de «tolerancia cero con el antisemitismo», afirmando que las publicaciones contenían discurso de odio y referencias falsas al genocidio.
La noticia generó controversia de inmediato. Y cuando Scream 7 llegó a los cines en febrero, unos veinticinco manifestantes se concentraron a las puertas del estreno en Los Ángeles para pedir el boicot y expresar su apoyo a Palestina.
La confesión que nadie esperaba
Durante un coloquio celebrado por el 30 aniversario de Scream, Lillard fue preguntado sobre los riesgos profesionales que asumen los actores cuando hablan de política o de cuestiones sociales.
Y ahí llegó la respuesta que sorprendió a todos.
Lillard explicó que él mismo ha tomado posiciones públicas en el pasado, especialmente en defensa de los derechos LGBTQ+ y contra determinadas políticas migratorias. Tiene hijos queer, y eso, según sus propias palabras, le obliga a alzar la voz.
«¿Si no defiendo a los niños queer o a los de la comunidad trans, qué demonios estoy haciendo? ¿Si no me posiciono contra el ICE, qué demonios estoy haciendo?»
Pero luego giró hacia algo más personal. Y más duro.
Reconoció que, cuando le ofrecieron volver, su emoción por recuperar el personaje se impuso sobre cualquier otra consideración. No pensó en Melissa Barrera. No valoró rechazar el papel como gesto de solidaridad.
«Volví a hacer ‘Scream’ y me llamaron la atención. Y pensé: ‘Joder, eso duele’. Me siento mal. Me siento avergonzado. Porque en ese momento estaba tan emocionado con el regreso que no pensé realmente en Melissa ni en lo que había vivido. No dije que no. Estoy en el lado equivocado de la historia en eso. Es la verdad.»
Es el tipo de autocrítica que rara vez se escucha en una industria donde la imagen lo es casi todo.
Lo que dice esto sobre la industria
Lillard no solo se criticó a sí mismo. También apuntó directamente al sector.
Afirmó que Barrera «estaba del lado correcto de la historia» y que la industria del entretenimiento debería haberla respaldado colectivamente. Pero no lo hizo.
Y ahí está el nudo real del asunto.
Hay una idea que me obsesiona desde que pausé Arrival para apuntar frases en una libreta: la de que un sistema puede estar diseñado para tomar decisiones que ningún individuo dentro de él aprobaría del todo. Nadie aprieta el botón. Y sin embargo, el botón se aprieta.
Lo que le ocurrió a Barrera tiene ese aroma. La distopía no siempre llega con robots ni con pantallas gigantes. A veces es solo un correo de recursos humanos, una cláusula de contrato y un cálculo de riesgo económico. La misma lógica fría que retrata Black Mirror, solo que sin ciencia ficción de por medio.
No se trata únicamente de si la decisión de Spyglass fue legítima. Se trata de qué ocurre cuando el peso de una franquicia entra en conflicto con la dignidad de una actriz que expresó una opinión política. ¿Qué hacemos cuando seguir amando un proyecto significa, de alguna manera, validar algo que nos parece injusto?
Lillard no tiene una respuesta limpia. Y creo que precisamente eso es lo que hace que su declaración importe.
Hay algo casi trágico en su situación. Un actor que regresa triunfal a uno de sus papeles más icónicos, que contribuye al mayor éxito comercial de la saga, y que sale de esa experiencia en deuda con su propia conciencia. La victoria y el arrepentimiento en la misma historia.
Pero no busco decidir si su gesto es bueno o malo, sino entender qué intenta decir y si lo consigue. Y aquí está mi duda honesta: ¿es esta confesión una catarsis genuina o una coartada elegante? ¿Repara nombrar la culpa cuando ya te has cobrado el cheque?
Me quedo sin respuesta, y creo que esa es la parte incómoda. Porque nombrar algo, aunque llegue tarde, quizá no arregle nada. Pero es lo único que nos separa de esos personajes de Scream que conocen las reglas, las repiten en voz alta, y aun así caminan directos hacia el cuchillo.