Lillard: “No le gusto a nadie, solo echan de menos los 2000”

Matthew Lillard vuelve a Hollywood no por talento renovado, sino por nostalgia. Su honesta confesión revela una industria que recicla recuerdos sin crear nada nuevo.

✍🏻 Por Tomas Velarde

abril 27, 2026

• Matthew Lillard atribuye su regreso a Hollywood al poder de la nostalgia por sus papeles icónicos de principios de los 2000, especialmente en «Scooby-Doo».

• El actor reflexiona sobre cómo el fracaso comercial de «Scooby-Doo 2» paralizó su carrera durante años, obligándole a replantearse su relación con la fama.

• Desde 2023, Lillard ha protagonizado una notable resurrección profesional con proyectos como «Five Nights at Freddy’s», «Scream 7» y la serie «Daredevil: Born Again».


Hay algo profundamente revelador en la sinceridad de un actor que reconoce que Hollywood no le ha redescubierto por su talento renovado, sino por la melancolía colectiva de una generación. Matthew Lillard, ese intérprete de mirada inquieta que encarnó a Shaggy con una energía casi maníaca y que nos regaló interpretaciones memorables en films como «SLC Punk!» o la primera «Scream», ha vuelto a estar en boca de todos.

Pero no por haber reinventado su oficio, sino porque el público ha decidido, veinte años después, que aquellas películas que en su momento fueron despachadas con desdén crítico merecen ahora un altar nostálgico.

Esta paradoja del cine contemporáneo —donde el valor de una obra no reside en su calidad intrínseca sino en su capacidad de evocar tiempos pasados— merece una reflexión pausada. Porque lo que le está ocurriendo a Lillard no es un caso aislado, sino el síntoma de una industria que ha renunciado a mirar hacia adelante para revolcarse, una y otra vez, en el confort de lo ya conocido.

Durante una reciente aparición en el podcast «Phase Hero», Lillard expuso con una franqueza casi brutal la razón de su regreso a la primera línea: «Creo que por eso estoy trabajando. No creo que realmente le guste a nadie. Simplemente echan de menos los viejos tiempos».

Es una declaración que podría sonar a falsa modestia, pero que en realidad encierra una verdad incómoda sobre el estado actual de Hollywood. El actor señaló que las películas de «Scooby-Doo» —aquellas adaptaciones de acción real que estrenó a principios de los 2000— son ahora más populares que cuando se estrenaron originalmente.

Y tiene razón. Lo que en su momento fue recibido como un producto comercial sin alma, ha adquirido con los años una pátina de autenticidad que resulta, cuanto menos, curiosa.

La trayectoria de Lillard es, en muchos sentidos, un estudio de caso sobre las crueldades del sistema de estudios. Tras el fracaso comercial de «Scooby-Doo 2: Monstruos sueltos», su carrera se detuvo en seco.

Él mismo esperaba convertirse en una gran estrella después de aquella película, pero el resultado fue exactamente el opuesto. El film no funcionó en taquilla y las puertas de Hollywood se cerraron con la misma rapidez con la que se habían abierto.

Aquel periodo oscuro, sin embargo, le obligó a replantearse su relación con el oficio. «Estaba atrapado en el éxito de lo que estaba haciendo, estaba atrapado en los papeles que conseguía, estaba atrapado en este impulso de ser, entre comillas, famoso», confesó.

Es el tipo de reflexión que uno esperaría de un actor maduro, alguien que ha comprendido que la fama es un espejismo y que el verdadero valor reside en el trabajo bien hecho, no en los flashes de las alfombras rojas.

El renacimiento de Lillard comenzó en 2023 con su papel como William Afton en «Five Nights at Freddy’s». Desde entonces, su agenda se ha llenado de proyectos de alto perfil: «Scream 7», «Daredevil: Born Again», una serie basada en «Carrie» dirigida por Mike Flanagan y «Behemoth!», donde compartirá cartel con Pedro Pascal.

Es una lista impresionante, sin duda. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿cuántos de estos proyectos son apuestas creativas genuinas y cuántos son simplemente ejercicios de nostalgia calculada?

«Scream 7» es la séptima entrega de una franquicia que ya debería haber descansado en paz hace tiempo. «Five Nights at Freddy’s 2» es la secuela de una adaptación de videojuego. Incluso «Carrie» es, una vez más, la revisitación de un clásico.

Me viene a la memoria cómo actores de carácter de la época dorada —pienso en Peter Lorre o en Elisha Cook Jr.— navegaban los altibajos de sus carreras sin necesidad de que la industria reciclara constantemente sus éxitos pasados. Trabajaban, sí, pero en material nuevo, en historias que no habían sido contadas mil veces.

Hitchcock no necesitaba secuelas para demostrar su genio. Kubrick no hacía «2001: Una odisea del espacio 2» porque el público echara de menos a HAL 9000.

No pretendo restar mérito al trabajo de Lillard, que siempre ha sido un actor comprometido y capaz de aportar matices incluso en material menor. Pero su regreso ilustra perfectamente la encrucijada en la que se encuentra el cine actual: una industria que prefiere reciclar antes que crear, que apuesta por lo seguro antes que por lo arriesgado, que confunde la nostalgia con la emoción genuina.

El caso de Matthew Lillard es, en definitiva, un espejo en el que Hollywood debería mirarse con atención. Su honestidad al reconocer que su regreso se debe más a la melancolía del público que a una renovación artística es admirable, pero también profundamente triste.

Porque confirma lo que muchos sospechábamos: que la industria ha renunciado a la ambición creativa en favor de la explotación sistemática de nuestros recuerdos.

Aun así, me alegro por Lillard. Se lo merece, no por haber sido Shaggy, sino por haber sobrevivido a las vicisitudes de una industria despiadada y haber encontrado, finalmente, un lugar donde seguir ejerciendo su oficio. Ojalá que entre tanto proyecto nostálgico encuentre alguno que le permita demostrar que es algo más que un recordatorio de tiempos pasados. Porque el verdadero arte no mira atrás; construye futuro.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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