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Quentin Tarantino firmará el guion y la novelización de The Adventures of Cliff Booth, secuela de Érase una vez en Hollywood, pero cederá la dirección de la película a David Fincher.
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Que un cineasta tan celoso de su autoría renuncie a la silla de director para refugiarse en el papel me parece el gesto más elocuente —y valiente— de toda su etapa reciente.
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La cinta llegará a los cines el 25 de noviembre y a Netflix el 23 de diciembre; la novela, publicada por Harper, aterrizará en las librerías el 8 de diciembre.
Hay cineastas que, al reducir su ritmo de filmación, simplemente guardan silencio. Y hay otros que cambian de medio. Bergman escribió sus memorias, Truffaut dejó una correspondencia que hoy es documento histórico del cine moderno, y Billy Wilder recordaba en sus últimas entrevistas que las mejores historias, a menudo, sobreviven mejor en el papel que en la pantalla. Quentin Tarantino, el último gran mitómano del cine contemporáneo, parece haber encontrado en la literatura un segundo hogar natural. Y la noticia de que escribirá la novelización de su próximo proyecto protagonizado por Cliff Booth no debería sorprendernos demasiado.
Lo que sí merece una reflexión pausada es la manera en que Tarantino está redefiniendo su papel dentro de la industria. Ya no es únicamente el director que irrumpió en los noventa con Reservoir Dogs y transformó para siempre el lenguaje del cine independiente norteamericano. Es también novelista, ensayista y, sobre todo, cronista obsesivo de un Hollywood que él mismo ha convertido en mito. Su transición hacia la escritura no parece una retirada; parece, más bien, una evolución.
En 2021, Tarantino publicó la adaptación novelada de Érase una vez en Hollywood, su película de 2019. No era una simple transcripción del guion. Era un libro que expandía el universo de sus personajes, añadía capas narrativas y recuperaba detalles que la cámara nunca había llegado a registrar. Fue, en muchos sentidos, más revelador que el propio filme.
Después llegó Cinema Speculation, una colección de ensayos cinematográficos que confirmó lo que muchos intuíamos: que Tarantino piensa el cine con la misma intensidad con que lo filma. Sus análisis de las películas de los años setenta —su época favorita, y una de las más ricas de la historia del cine norteamericano— son los de alguien que ha visionado cada fotograma con una devoción casi religiosa. Confieso que comparto esa querencia: la del Hollywood posterior a Bonnie and Clyde, sucio y febril, que se atrevía a mirar de frente sus propias heridas.
Ahora, siguiendo esa misma lógica creativa, Tarantino se embarca en la novelización de The Further Mis-Adventures of Cliff Booth, la secuela de Érase una vez en Hollywood. La novela llevará el título ligeramente modificado de The Adventures of Cliff Booth y será publicada por la editorial Harper.
La historia transcurre en el Hollywood de 1977. Clifford Booth —héroe de guerra, doble de acción, camarero, proyeccionista de cine y, según la sinopsis oficial, prestador ocasional de *»servicios clandestinos para sus amigos»*— regresa a un mundo que ya ha despedido los dorados sesenta pero que aún guarda sus propias sombras.
El detalle más llamativo es que Tarantino escribió el guion pero no dirige la película. Fue Brad Pitt —el mismo actor que encarnó a Cliff Booth en la primera entrega— quien llevó el proyecto hasta David Fincher.
Fincher es un realizador de talento técnico indiscutible. Basta recordar aquel plano cenital de Zodiac en el que la construcción del edificio Transamerica se acelera en cuestión de segundos para condensar años de investigación estéril: una frialdad quirúrgica, obsesiva, admirable. O el arranque de The Social Network, esa conversación en el bar rodada en plano-contraplano milimétrico donde cada corte muerde como una réplica de diálogo. Pero el universo de Tarantino respira de otra manera. Pienso en aquel largo travelling por el Cielo Drive de Érase una vez en Hollywood, con la radio escupiendo canciones de la época, o en la sobremesa perezosa que precede a la explosión de violencia final: allí no hay cálculo, hay pulso, calor, referencia hasta rozar la obsesión. La pregunta legítima es si ambas sensibilidades podrán convivir en la misma pantalla sin que una devore a la otra.
Por eso, quizás, la novela cobra una relevancia especial en este proyecto concreto. Si hay un espacio donde el Tarantino más auténtico puede expresarse sin intermediarios, ese espacio es el papel en blanco. Como ocurrió con Érase una vez en Hollywood, el libro promete ser un complemento esencial al filme, no un mero apéndice comercial. Wilder tenía razón: hay historias que encuentran su verdadera casa en la escritura.
Tarantino siempre ha entendido que el cine no existe en el vacío, sino en conversación permanente con la historia, la literatura y la memoria colectiva. Su giro hacia la escritura no es una rendición ante la industria; es la extensión natural de su manera de entender el arte narrativo. Los grandes creadores, los que de verdad tienen algo que decir, rara vez se conforman con un solo lenguaje.
Lo que viene —la película de Fincher, la novela de Tarantino, la inevitable comparación entre ambas— promete ser, como mínimo, fascinante de seguir. Cliff Booth, ese personaje extraño y magnético que Brad Pitt convirtió en icono, merece un universo más amplio. Y si hay alguien capaz de construirlo entre líneas, con la fecha del 8 de diciembre ya marcada en el calendario, ese es Quentin Tarantino.