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2026 se perfila como uno de los años más fértiles para la serie de acción en las plataformas, con propuestas que van del thriller militar realista al superhéroe y al K-drama de combate.
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En mi opinión, la autenticidad coreográfica —el trabajo físico frente al abuso de los efectos digitales— sigue siendo la línea que separa lo memorable de lo prescindible, y conviene no olvidarlo.
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Bloodhounds, en su segunda temporada, supera en rigor y energía a buena parte de las superproducciones de Hollywood, prueba de que el gran cine de acción puede brotar de cualquier industria y con cualquier presupuesto.
Hay quienes sostienen que el espectáculo puro y la exigencia artística son incompatibles; que una serie de acción no puede aspirar, al mismo tiempo, a la tensión de un relato bien construido y al impacto físico de un combate creíble. Me permito disentir. Cuando la coreografía obedece a una lógica dramática, cuando el movimiento de cámara sirve a la narración y no al lucimiento vacío, el género puede alcanzar cotas que merecen una mirada seria.
En lo que llevamos de 2026, varias series han demostrado que eso es posible. Algunas lo logran con plena convicción; otras, con más altibajos. Pero todas invitan a un análisis que va más allá del ruido mediático habitual. La diferencia entre una secuencia brillante y una mediocre reside exactamente en los mismos principios que separan el gran cine del olvidable, y eso, me parece, siempre vale la pena recordarlo.
The Terminal List: Dark Wolf es la primera propuesta que merece atención. Esta serie derivada de Prime Video centra su relato en Ben Edwards, a cargo de Taylor Kitsch, y fue cocreada por Jack Carr, ex-miembro de los Navy SEALs. Su acción es contenida y realista: manejo preciso de armas, combate en espacios reducidos, sin artificios superfluos.
Es el tipo de violencia que pesa, que deja consecuencias visibles. Recuerdo, allá por los foros de cinéfilos de finales de los noventa, discusiones interminables sobre esa cualidad que el cine clásico entendía a la perfección —el disparo que importa, la herida que no se olvida— y que tantas producciones actuales han sacrificado en el altar de la pirotecnia digital.
The Boys cierra con su quinta temporada, y el resultado genera opiniones encontradas. Quienes esperaban una escalada proporcional a años de construcción dramática saldrán con cierta sensación de deuda narrativa. Con todo, la serie ofrece momentos genuinamente notables: el enfrentamiento entre Homelander y A-Train tiene verdadera energía visual, y el combate final del personaje emplea los efectos digitales con más criterio que la mayoría de sus contemporáneas.
El problema, como tantas veces ocurre, es que el desenlace no está a la altura del planteamiento. Wilder lo sabía: los finales son lo más difícil de un relato.
Daredevil: Born Again entrega en su segunda temporada lo que la primera prometía sin terminar de cumplir. La brutalidad coreográfica que hacía memorable la serie original de Netflix ha regresado con fuerza, y con ella el trabajo práctico de los dobles en espacios cerrados, sin el disfraz digital que tanto abunda. Hay un plano-secuencia por un pasillo, con el héroe emergiendo de la penumbra, que dialoga sin pudor con el claroscuro del cine negro clásico: la luz que oculta tanto como revela. La incorporación de Jessica Jones y Bullseye añade densidad a una temporada que, en términos de puesta en escena, es de lo más riguroso que ha producido Marvel en televisión. Escasa competencia, pero mérito real.
The Night Agent llega a su tercera entrega confirmando que Netflix sabe construir thrillers con ritmo sostenido. Los exteriores de Estambul —persecuciones sobre azoteas, emboscadas en callejones— le otorgan una dimensión casi cinematográfica. Lo más interesante, en lo narrativo, es que el protagonista recibe daño real: no es invulnerable, y esa fragilidad convierte cada enfrentamiento en algo con peso dramático genuino.
Se espera una cuarta y última temporada en 2027, lo que confiere cierta urgencia al consumo de esta entrega.
Teach You A Lesson, producción surcoreana, mezcla vigilantismo, comedia de situación y crítica institucional en un entorno escolar. Kim Mu-yeol interpreta a Hwa-jin con una sobriedad estoica que evoca a los héroes silenciosos del mejor cine de acción japonés —esa contención que Kurosawa sabía explotar hasta el límite, la mirada que dice más que cualquier golpe. Algunas secuencias rozan lo inverosímil, pero la serie tiene el buen juicio de no tomarse demasiado en serio, lo cual la hace más honesta que muchas producciones que sí lo hacen.
Dice algo sobre el fracaso institucional ante el acoso escolar. No es poco para una serie catalogada simplemente como «de acción».

Bloodhounds, en su segunda temporada, es la más notable del conjunto. Recupera la energía que la primera entrega había ido perdiendo, y entrega peleas en jaulas y combates callejeros coreografiados con una precisión que avergüenza a producciones de Hollywood con presupuestos muy superiores. El K-drama de acción ha encontrado aquí una voz propia, técnicamente sólida y emocionalmente directa.
Lo que este repaso revela es que el género de acción en televisión atraviesa un momento de notable madurez técnica. La mejor acción ya no depende del presupuesto: depende del criterio de quien la diseña, de si existe una intención dramática detrás de cada golpe, de si la cámara sabe dónde situarse. Principios elementales que cualquier estudiante de cinematografía debería conocer desde el primer día, y que demasiadas producciones siguen ignorando con pasmosa impunidad.
2026 tiene aún mucho por ofrecer —Reacher regresa en agosto con su cuarta temporada en Prime Video— y el nivel de lo visto hasta ahora invita a un optimismo mesurado. No el entusiasmo irreflexivo del periodismo de entretenimiento, sino la satisfacción de quien lleva décadas esperando que el oficio prevalezca sobre el espectáculo vacío. Por momentos, en estas seis series, lo hace. Y en el panorama actual, eso ya es una victoria que merece ser reconocida.

