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Tom Cruise admite que la inteligencia artificial acabará entrando en el cine, pero sostiene que el público seguirá buscando experiencias humanas genuinas por encima de lo generado por algoritmos.
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El verano de 2025 marcó un récord de recaudación en las salas de Estados Unidos, con 4.760 millones de dólares, una prueba de que el cine en pantalla grande conserva su fuerza cultural.
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Su próxima película, Digger, dirigida por Alejandro G. Iñárritu, le ha exigido una transformación física real con prótesis que requerían hasta seis horas de aplicación diaria.
Hay algo que me cuesta ignorar cuando Tom Cruise habla sobre inteligencia artificial y cine. No es solo la paradoja de que su última película, Mission: Impossible – The Final Reckoning, enfrente a Ethan Hunt contra una IA descontrolada mientras él mismo debate el futuro tecnológico de la industria —aunque esa ironía ya merecería su propio ensayo—. Es algo más sutil: la sensación de que Cruise no está hablando solo de efectos especiales ni de si los actores serán reemplazados por modelos generativos. Está hablando de algo más antiguo. De por qué seguimos necesitando mirar a otros seres humanos hacer cosas reales.
Esa pregunta lleva tiempo rondando el cine que más me apasiona. En Her, Samantha era emocionalmente más real que muchas personas de carne y hueso. En Blade Runner, la línea entre lo humano y lo replicado se volvía borrosa hasta rozar la angustia existencial. Y ahora, en la realidad, uno de los actores más comprometidos con la autenticidad física del cine nos dice que no hay nada como lo humano. Quizás el mensaje más importante no esté en la pantalla, sino en lo que esa afirmación revela sobre nosotros.
Lo que Cruise dijo, y lo que realmente implica
Durante una conversación en el marco de los BAFTA en Londres —dentro del ciclo Life in Pictures, donde figuras clave de la industria repasan sus trayectorias—, Tom Cruise recorrió cuatro décadas de trabajo y, por el camino, abordó el que quizás sea el debate más urgente del cine contemporáneo: qué papel va a jugar la inteligencia artificial.
Su postura no fue la de alguien que niega lo inevitable. Fue pragmática, casi estoica.
«Va a llegar, y va a suceder», dijo. Pero añadió algo en lo que merece la pena detenerse: «La gente quiere ver cosas reales.»
No lo soltó como un eslogan. Lo dijo como quien ha construido toda una filosofía de trabajo sobre ese principio. Cruise lleva décadas arriesgando su integridad física para que lo que el espectador ve en pantalla no sea una simulación. Ha saltado de aviones. Ha colgado de rascacielos. Ha conducido motos hacia el vacío. Todo con una convicción que, en el contexto del debate actual sobre IA, adquiere un significado completamente nuevo.
El récord que nadie esperaba
Hay un número en todo esto que no debería pasar desapercibido: el verano de 2025 dejó una recaudación récord de 4.760 millones de dólares en las salas de Estados Unidos, entre el 1 de mayo y el Labor Day estadounidense, esa festividad de principios de septiembre que allí marca el final simbólico de la temporada alta.
En un momento en que llevamos años escuchando que el streaming mataría al cine en sala, esa cifra es toda una declaración de intenciones.
Cruise lo entiende así. Para él, la experiencia cinematográfica colectiva es una forma de arte propia e irreemplazable. No compite con el streaming del mismo modo en que un concierto en directo no compite con una lista de reproducción de Spotify. Son experiencias distintas que satisfacen necesidades distintas.
Y ahí puede estar la clave: no es que la IA no pueda generar imágenes asombrosas. Es que generar imágenes no es lo mismo que crear experiencias compartidas. Los replicantes de Blade Runner también parecían reales; el conflicto nunca fue la apariencia, sino la presencia, esa cualidad que no se fabrica.
Digger: cuando la transformación es el mensaje
La próxima película de Cruise, Digger, dirigida por Alejandro G. Iñárritu —el mismo cineasta que puso a Leonardo DiCaprio a sobrevivir entre las entrañas del invierno en El renacido—, es un ejemplo perfecto de esta filosofía llevada al extremo.
En ella, Cruise interpreta a un magnate petrolero. Para lograrlo no recurrió a efectos digitales en posproducción. Se sometió a una transformación física real: un traje de grasa y prótesis que, al principio del rodaje, requerían hasta seis horas de aplicación diaria.
Seis horas. Cada día. Para que lo que veamos sea real.
Cruise describió el proyecto con un entusiasmo poco habitual en él: «la película más original y una de las más emotivas que he visto en mi vida». Digger llegará a los cines el 2 de octubre a través de Warner Bros.
Quizás la pregunta más importante no sea si la IA va a transformar el cine. Lo hará. Ya lo está haciendo. La pregunta es qué dice de nosotros que sigamos queriendo ver a un ser humano de carne y hueso arriesgarse, transformarse, exponerse. Me recuerda a algo que pensé durante días después de ver Arrival, esa película que pausé una y otra vez para apuntar frases: que la forma en que contamos historias revela lo que más valoramos. Y si todavía queremos que alguien pase seis horas bajo capas de prótesis para dar vida a un personaje, es porque creemos —aún— que el esfuerzo humano importa. Que el origen importa.
Cruise no está en contra de la IA. Está a favor de algo más antiguo y más difícil de articular: la presencia. Y ahí reside, creo, toda la conversación que nos queda por tener. Porque el debate no es tecnológico. Es filosófico. ¿Qué significa que algo sea real? ¿Y por qué seguimos necesitando que lo sea? En un mundo donde los algoritmos pueden componer música, escribir guiones y generar actores virtuales, la respuesta de Cruise es sencilla pero desafiante: saltar del avión de verdad. No porque no haya otra manera. Sino porque esa es la única que todavía nos estremece.