- Forrest Gump (1994), dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Tom Hanks, es un caso insólito en el cine comercial: funde con eficacia comedia, drama histórico, romance y aventura en torno a un protagonista irrepetible.
- Las diez películas reunidas en este artículo comparten con ella la capacidad de retratar vidas extraordinarias a través de personajes poco convencionales, en un arco que va de 1987 a 2019.
- Mi opinión es clara: encontrar un equivalente exacto a Forrest Gump es prácticamente imposible, pero estas obras capturan su espíritu desde ángulos distintos y, en algunos casos, igualmente legítimos.
Hay películas que uno ve por primera vez sin saber muy bien qué esperar y que, al terminar, le dejan sentado en el sofá con una sensación difícil de articular. Forrest Gump es una de ellas. La recuerdo bien: era ya cinéfilo de formación cuando la vi en el cine, acostumbrado a Bergman, a Wilder, a la precisión quirúrgica de Kubrick. Y sin embargo, aquella historia absurda, entrañable e improbable de un hombre de Alabama que atraviesa medio siglo de historia americana sin darse cuenta me desarmó por completo. No es una película perfecta en términos formales —Zemeckis nunca fue un esteta del encuadre—, pero posee algo que muy pocas obras consiguen: sinceridad absoluta.
Lo que hace única a Forrest Gump es precisamente lo que la vuelve imposible de imitar. Es, al mismo tiempo, una coming-of-age story, un romance épico, una crónica histórica y una fábula sobre la inocencia. Si buscas una película «igual», fracasarás. Pero si amplías la búsqueda a obras que compartan su alma —ese equilibrio entre lo cómico y lo devastador, entre lo ordinario y lo legendario— sí existe una lista que merece la pena explorar. Esta es la mía.
Big Fish (2003)

Tim Burton no es precisamente mi director favorito —su estética a menudo devora a sus personajes—, pero Big Fish es su obra más humana. Un hijo intenta comprender a su padre a través de relatos desmesurados poblados de brujas, gigantes y circos. Bajo toda esa fantasía late una pregunta genuinamente cinematográfica: ¿cómo se construye la memoria de una vida? Es la misma que se hace Forrest Gump, aunque aquí con más melancolía y menos épica. La escena final, con el río y la multitud de personajes reunidos en la orilla, resuelve esa pregunta con una elegancia que no esperaba de Burton: la verdad de un hombre no está en los hechos, sino en cómo decide contarlos.
La vida secreta de Walter Mitty (2013)

Ben Stiller dirigió aquí algo más interesante de lo que se le reconoció en su momento. La historia de un hombre gris que descubre que decir «sí» puede transformar una existencia entera tiene mucho en común con la de Forrest: ambos protagonistas son personas que el mundo tendería a ignorar y que, sin embargo, acaban viviendo más de lo que cualquier héroe convencional se atrevería. El plano en que Mitty salta desde el helicóptero al mar helado de Groenlandia condensa toda la película en un gesto, y la frontera entre lo real y lo imaginado funciona como mecanismo narrativo con cierta elegancia.
La terminal (2004)

Tom Hanks volvió a Spielberg para dar vida a Viktor Navorski, un hombre que queda atrapado en un aeropuerto de Nueva York por un conflicto político. El paralelismo con Forrest es casi estructural: ambos personajes transforman su entorno mediante una bondad que el mundo moderno ya no comprende del todo. Spielberg ha envejecido con desigualdad como cineasta, pero aquí maneja el tono con oficio, y hay un detalle que me gusta especialmente: la manera en que Navorski aprende inglés cotejando dos guías de viaje, un pequeño triunfo de la puesta en escena sobre el diálogo explicativo. No alcanza la ironía luminosa que Jacques Tati desplegó sobre la modernidad aeroportuaria en Playtime (1967), claro está, pero cumple con dignidad lo que promete.
El mayordomo (Lee Daniels’ The Butler, 2013)

Lee Daniels construye un relato de décadas a través de los ojos de Cecil Gaines, mayordomo de la Casa Blanca durante varias presidencias. La estructura es explícitamente la de Forrest Gump: un hombre aparentemente invisible que se convierte en testigo privilegiado de los grandes momentos de la historia americana. Donde Forrest participaba por azar, Cecil observa con la discreción que le impone su posición. El montaje paralelo entre la elegancia silenciosa del servicio de mesa y la violencia de las sentadas por los derechos civiles es lo mejor de la película: dos formas de estar en la Historia enfrentadas en un mismo corte. Es una obra más política y más grave, pero igualmente interesada en cómo la Historia —con mayúscula— se escribe desde sus márgenes.
Cuestión de tiempo (About Time, 2013)

Richard Curtis tiene la habilidad —que algunos confunden con simpleza— de crear emociones genuinas sin artificios. About Time utiliza un elemento fantástico menor —un hombre capaz de viajar en el tiempo— para hablar de algo mucho más sencillo y más poderoso: el valor de los momentos ordinarios. Hay una idea que me parece hermosa y que sostiene toda la película: el protagonista aprende que puede revivir un mismo día no para cambiarlo, sino para atenderlo mejor, para reparar en los pequeños gestos que la prisa nos hurta. Es exactamente el tipo de cine que conecta con quienes lloran al final de Forrest Gump sin saber muy bien por qué. No es cine de autor europeo, evidentemente, pero sabe lo que quiere decir y lo dice con honestidad, que no es poco.
The Peanut Butter Falcon (2019)

Esta pequeña joya independiente ha pasado demasiado desapercibida. Protagonizada por Zack Gottsagen, un actor con síndrome de Down que sueña con convertirse en luchador profesional, comparte con Forrest Gump algo esencial: la convicción de que un protagonista al que el mundo subestima puede ser el centro moral de una historia. Hay una escena en la que Zak camina por las marismas de Carolina del Norte que me recordó inevitablemente a Forrest corriendo por las carreteras de América. Ambas imágenes dicen lo mismo: el movimiento como acto de libertad.
El curioso caso de Benjamin Button (2008)

Eric Roth, guionista de Forrest Gump, firmó también esta película. No se trata de una coincidencia temática: ambas siguen a un protagonista marcado por la excepcionalidad física a lo largo de décadas de vida, amor y pérdida. Fincher le imprime una frialdad visual que Zemeckis nunca tuvo —los encuadres son más deliberados, más controlados, casi hitchcockianos en su cálculo—, y esa precisión hace que la emoción llegue de otro modo, más contenida. Me parece una obra más refinada formalmente, aunque quizás menos capaz de romper las defensas del espectador.
Rain Man (1988)

Barry Levinson dirigió uno de los mejores ejercicios de cine sobre la alteridad que ha dado Hollywood. Dustin Hoffman compone a Raymond Babbitt con una precisión que sigue impresionando décadas después. Como Forrest, Raymond ve el mundo desde un sistema propio y hermético, y esa diferencia acaba iluminando a quienes le rodean. El viaje en coche a través de los Estados Unidos posee además ese sabor a road movie americana que comparte con la gesta involuntaria de Gump. Una película rigurosa, bien construida, merecedora de sus Oscars.
Tomates verdes fritos (Fried Green Tomatoes, 1991)

Jon Avnet filmó una película que no ha recibido el reconocimiento que merece. Contada a través de la memoria y el recuerdo, transcurre en el sur de los Estados Unidos y mezcla amistad, drama histórico y heroísmo silencioso con una naturalidad que evoca el tono de Forrest Gump. La estructura de relato dentro del relato —una anciana que narra el pasado a una mujer aturdida por el presente— está construida con una paciencia que Kurosawa, maestro en dejar que un mismo suceso adquiera sentido según quién lo cuente, habría apreciado. El sur no es aquí un decorado: es un personaje. Las películas que entienden eso —que el lugar forma parte del alma de la historia— tienen siempre algo especial.
Good Morning, Vietnam (1987)

Robin Williams en su estado más genuino. La película de Barry Levinson —de nuevo él— utiliza la comedia para sobrevivir al horror de la guerra de Vietnam, exactamente como hace Forrest Gump. La secuencia en la que Forrest llega a Vietnam es uno de los contrastes tonales mejor ejecutados del cine americano de los noventa; Good Morning, Vietnam sostiene ese contrapeso durante dos horas enteras, sobre todo en el montaje que enfrenta la voz eufórica del locutor con las imágenes reales del conflicto. No es una película sobre héroes: habla de seres humanos que intentan mantener la dignidad en un contexto que se la niega.
Hay algo que todas estas películas comparten, más allá de géneros o épocas: la convicción de que una vida ordinaria puede contener dentro de sí toda la épica del mundo. Es, si me permiten la comparación, lo que Vittorio De Sica entendió con Ladrón de bicicletas mucho antes que nadie en Hollywood: que el drama más hondo no necesita dioses ni guerras, sino seres humanos que intentan seguir adelante.
Forrest Gump no es una obra maestra en el sentido estricto del término. Kubrick nunca la habría firmado, y Bergman la habría encontrado demasiado complaciente. Pero eso no le resta valor. El cine también necesita películas que no teman conmovernos de forma directa, que se atrevan a afirmar que la bondad importa sin ironía ni distancia. Y las diez películas de esta lista, cada una a su manera, comprenden esa lección. Algunas mejor que otras, sin duda. Pero ninguna de ellas es indigna de su linaje.

