Críticas

Brad Pitt y David Ayer se pierden en Alaska con Heart of the Beast

Brad Pitt es un exmilitar atrapado con su perro de combate a más de 80 kilómetros de cualquier ayuda tras un accidente de avión. David Ayer firma un survival sin concesiones ni redención fácil.

  • Heart of the Beast, dirigida por David Ayer y protagonizada por Brad Pitt, es una película de supervivencia ambientada en la Alaska más salvaje, donde un exmilitar y su perro de combate quedan atrapados a más de ochenta kilómetros de cualquier auxilio tras un accidente de avión.

  • una obra valiente que rechaza el final edulcorado y comprende que sobrevivir no es redimirse, aunque tropieza de vez en cuando en un sentimentalismo que la contención habría vuelto innecesario.

  • Su mayor hallazgo es el trauma compartido entre el hombre y Odin —el perro, veterano mutilado y con estrés postraumático, interpretado por cuatro animales reales sin recurrir al CGI—, rodado con una fotografía de Mauro Fiore sobre guion de Cameron Alexander.


Hay géneros que, con el paso de las décadas, parecen haber agotado su capacidad de asombro. El cine de supervivencia es uno de ellos. Desde la tradición literaria de Jack London hasta Deliverance de John Boorman o la más reciente The Revenant de Alejandro González Iñárritu, el arquetipo del hombre solo frente a una naturaleza indiferente se ha explorado tantas veces que resulta arduo hallar en él algo genuinamente nuevo.

Por eso, cuando una película de este linaje consigue proponer algo distinto —aunque sea en el tono, aunque sea en la mirada—, uno se siente en la obligación de prestarle atención honesta. Lo aprendí hace ya muchos años, escribiendo mis primeras reseñas en aquellos foros de cinéfilos de finales de los noventa: conviene desconfiar de las premisas gastadas, pero jamás despreciarlas de antemano.

Heart of the Beast llega con un planteamiento que sobre el papel parece convencional: un exsoldado y su perro, solos en Alaska, luchando por no morir. Pero David Ayer, cineasta obsesionado con los personajes que arrastran el peso de la violencia, imprime al material una densidad emocional que trasciende el mero espectáculo. Y eso, en el panorama actual del cine comercial, ya es motivo suficiente para acudir a la sala.

Brad Pitt encarna a James Belmont, un oficial retirado de las Fuerzas Especiales que viaja con Odin, su perro de combate, cuando la avioneta que los transporta se precipita en el corazón del territorio helado. A partir de ahí, la supervivencia se convierte en la única gramática posible.

Pitt firma una interpretación físicamente exigente y emocionalmente desnuda. Lo notable no es el heroísmo, sino su ausencia. El personaje aparece quebrado casi desde el primer plano, y el actor lo asume sin coartada: las heridas se acumulan, el frío erosiona, el miedo no se disuelve nunca. No hay aquí la compostura impoluta del protagonista clásico de Hollywood, y se agradece.

Pero quien se lleva la película, sin discusión posible, es Odin.

El perro —cuatro animales distintos, en realidad— es un personaje construido con pleno derecho, no un accesorio dramático. Es un veterano que perdió una pata en combate y camina con prótesis. Padece algo muy parecido al estrés postraumático: pesadillas, sobresaltos ante los sonidos abruptos, una fragilidad que convive con su coraje. La renuncia al CGI resulta encomiable y se percibe en cada encuadre: hay un peso físico, una verdad de la carne, que ninguna manipulación digital habría alcanzado.

Brad Pitt en la alfombra roja, protagonista de Heart of the Beast junto a David Ayer

Pienso, inevitablemente, en cómo Kurosawa entendía la naturaleza como un personaje más, en el viento y la lluvia de sus samuráis. Ayer no posee esa maestría, pero comparte la intuición: aquí el paisaje no decora, actúa.

El verdadero eje del film no es la supervivencia en sí, sino el trauma compartido. James y Odin no son un hombre y su mascota, sino dos veteranos rotos que aprenden a sostenerse mutuamente porque no les queda otra salida. Esa perspectiva eleva el relato por encima del estándar del género y le confiere una sustancia que uno agradece de veras.

Hay un plano que resume la película entera: Belmont, tendido en la nieve, apoya la frente contra el hocico del animal, y ninguno de los dos se mueve durante un tiempo que parece eterno. Ni una palabra, ni un subrayado musical. Ese silencio dice más que cualquier diálogo, y me recordó al pudor con que Bergman filmaba a sus criaturas heridas: dejando que el rostro —o en este caso, la mirada del perro— cargara con todo el peso del sentimiento.

Ayer maneja con oficio el ritmo de las secuencias de acción: el encuentro con el oso, la travesía bajo la corriente helada, los terrenos imposibles, las heridas que se infectan. El montaje no concede tregua, y su cámara sabe cuándo pegarse al cuerpo y cuándo abrirse al horizonte. La fotografía de Mauro Fiore construye una Alaska a la vez hermosa e implacable, con una luz natural que evoca, en sus mejores instantes, al mejor cine europeo de los setenta.

J.K. Simmons comparece brevemente como un desconocido curtido por la intemperie. Su sola presencia añade gravedad a cada escena en que interviene. Pertenece a esa estirpe de actores que llenan un encuadre sin necesidad de palabras.

El guion de Cameron Alexander tiene la virtud de no perseguir la redención fácil. Lo que más se agradece es su desenlace: sin desvelar nada, la película reconoce que regresar a casa no equivale a sanar, que el daño perdura más allá del rescate. Es una resolución incómoda y, precisamente por ello, memorable. Hay momentos en que la emoción se fuerza más de la cuenta —bastaba el plano, sobraba la insistencia—, pero son tropiezos menores en un conjunto sólido.

Heart of the Beast no es una obra maestra. No reescribe el género ni alcanza la hondura de las grandes fábulas sobre el hombre ante la adversidad. Pero es una película seria, bien ejecutada, que respeta al espectador y no se avergüenza de sus emociones. En tiempos en que el cine comercial parece haber renunciado a la honestidad narrativa, eso ya es mucho decir.

Si el cine es, entre otras cosas, el arte de habitar la piel de otro —aun cuando ese otro no sea humano—, entonces esta película cumple su cometido con dignidad. Y nosotros merecemos, de cuando en cuando, obras que nos recuerden que sobrevivir no es un triunfo, sino apenas el punto de partida para seguir cargando con todo lo vivido.

Puedes consultar la ficha de Heart of the Beast en Wikipedia para más detalles sobre el reparto y la producción, y descubrir otro proyecto reciente de Brad Pitt en nuestra cobertura reciente.

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