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Anna Kendrick dirigirá para Netflix la adaptación de Los siete maridos de Evelyn Hugo, con guion de Liz Tigelaar revisado por Francesca Sloane y la propia Taylor Jenkins Reid como productora ejecutiva.
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Lo más revelador de la entrevista no es lo que Kendrick ha conseguido, sino lo que la industria aún no le ha dejado intentar; que la rabia tenga talla dice mucho sobre los límites invisibles que Hollywood dibuja alrededor de sus estrellas.
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Kendrick reaparece junto a Seth Rogen en Babies, quince años después de 50/50, y aparece también en Misty Green, el nuevo proyecto de Chris Rock, con Daniel Kaluuya y Rich Sommer.
Hay actores cuya imagen se asienta tan hondo en el imaginario colectivo que asumimos conocerlos por completo. Anna Kendrick pertenece a ese grupo. Una voz, una cara, una presencia que el cine lleva más de una década encuadrando siempre dentro de los mismos contornos.
Pero en una reciente conversación con Variety, la actriz suelta algo que merece más atención de la que probablemente reciba: nadie la llama para interpretar personajes furiosos. La ira, como emoción cinematográfica, es para ella un territorio casi virgen.
Es el tipo de declaración que, si la dejas reposar, dice más sobre Hollywood que sobre la propia Kendrick. Y aunque su agenda está llena de proyectos, esa frase es lo que se me quedó dando vueltas.
Detrás de la cámara con Los siete maridos de Evelyn Hugo
Lo más inmediato en su horizonte es cruzar al otro lado de la cámara: dirigir la adaptación en Netflix de Los siete maridos de Evelyn Hugo, la novela de Taylor Jenkins Reid que lleva años siendo un fenómeno editorial que trasciende lo romántico.
El guion es de Liz Tigelaar, con revisiones de Francesca Sloane, y la propia Reid participa como productora ejecutiva. No es un encargo cualquiera. Las expectativas son enormes, la base de lectores es apasionada y la presión por hacer justicia a una historia que muchos sienten como propia es muy real.
Kendrick reconoce que los nervios estaban presentes antes de su debut como directora. Fue Brittany Snow, su compañera de Pitch Perfect, quien la calmó con una frase sin adornos: «Vas a llegar al set y vas a saber qué hacer. Para.»
A veces el mejor consejo no es el más elaborado.
El fenómeno que nadie predijo
Hablar con Kendrick sin pasar por Pitch Perfect es casi imposible. Y ella no lo esquiva. Al contrario, ofrece una revisión honesta y algo irónica de lo que ocurrió de verdad.
La película de 2012 no fue un éxito en su estreno. En taquilla pasó sin demasiado ruido. Fue en HBO, durante esa época extraña justo antes de que el streaming lo cambiara todo, donde encontró su segunda vida. El boca a boca hizo el resto.
Y luego llegó la «Cup Song». El estudio le pidió a Kendrick que grabara una versión completa del tema que sonaba en la película. Nadie esperaba que aquello se convirtiera en un fenómeno: más de 2,5 millones de descargas, más de 600 millones de visitas en YouTube y un pico en el número 6 del Billboard Hot 100.
Pitch Perfect no fue solo una película. Fue una palanca. Gracias a ese éxito tardío e imprevisto, Kendrick pudo sacar adelante proyectos más personales como Alice, Darling. Así funciona esto: un golpe de suerte inesperado te da el crédito para apostar por algo menos obvio.
De aquellos rodajes también nacieron amistades que ella compara con los Vengadores. «Ahora estaremos en los obituarios de los demás», bromea. Y ha vuelto a coincidir con Seth Rogen en Babies, dirigida por Lauren Miller Rogen, quince años después de 50/50, observando la dinámica real de la pareja como material directo para su interpretación.
La ira que nadie le ha pedido
Y aquí llegamos a lo que más me interesa de toda la conversación.
Hablando de Misty Green, la película de Chris Rock en la que aparece junto a Rich Sommer y Daniel Kaluuya, Kendrick admite algo que lleva tiempo rondándole: casi nunca la llaman para personajes furiosos, explosivos, llenos de rabia.
Su explicación es directa: mide 1,57 metros «en un buen día», y el mundo —incluidos los directores de casting— tiende a no asociar ese cuerpo con esa emoción.
«Creo que sería muy desafiante y emocionante», dice.
No se lamenta. No acusa. Señala un espacio vacío en su carrera y lo convierte en curiosidad. Eso habla de una actriz que sigue haciendo preguntas en lugar de acomodarse en las respuestas.
Y aquí es donde no puedo evitar pensar en la ciencia ficción que tanto me fascina. En Arrival o en Her, lo verdaderamente inquietante nunca es lo que aparece en pantalla, sino lo que queda fuera de plano: los límites que alguien ha decidido por nosotros sin que lo notemos. Hollywood hace lo mismo con sus estrellas. Les asigna un tipo de presencia, una emoción permitida, y repite esa asignación durante años como un algoritmo que nadie se molesta en cuestionar.
Que sea la propia Kendrick quien lo señale, con calma y sin dramatismo, es quizá lo más valioso que hace en toda la entrevista.
Ojalá alguien le dé pronto la oportunidad de habitar ese territorio. Porque las interpretaciones más memorables suelen surgir justo del lugar donde menos las esperamos. Y la rabia sin explorar de una actriz que lleva una década demostrando que sabe exactamente lo que hace es, como mínimo, una promesa muy interesante.