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Tomi Adeyemi asegura que jamás volverá a adaptar una novela suya al cine tras vivir «lo peor» de su vida.
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Children of Blood and Bone, dirigida por Gina Prince-Bythewood, llega el 15 de enero rodeada de polémica sobre colorismo.
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La autora ha decidido no ver la película y habla solo ahora para poder pasar página.
Hay una imagen que se me repite cuando pienso en las adaptaciones: el autor de un libro sentado en un plató, viendo cómo su mundo —ese universo levantado palabra a palabra, decisión a decisión— se convierte en algo que ya no reconoce del todo.
A veces esa distancia es fértil, incluso liberadora. Otras veces es, sencillamente, dolorosa.
Lo que Tomi Adeyemi ha contado sobre Children of Blood and Bone pertenece, sin duda, a la segunda categoría. No es el clásico caso de una escritora descontenta con el resultado artístico. Es algo más visceral: una persona que salió del proceso rota.
Una experiencia que «lo tomó todo»
En una entrevista con The Guardian, Adeyemi describió la adaptación con una franqueza rarísima dentro de la industria: «lo peor que he tenido que vivir jamás». No suena a hipérbole de titular.
La autora relató crisis de llanto en el rodaje, tensiones entre bambalinas y, después, un periodo marcado por dolores físicos severos y ataques de pánico. Ya había compartido en TikTok imágenes de sí misma hiperventilando durante el proceso.
Cuando le preguntaron por qué hablaba ahora, su respuesta fue reveladora: «Entendí que si no lo decía, no podía seguir adelante. No puedo preocuparme por cómo reacciona la gente, porque no tengo que vivir con sus reacciones — tengo que vivir conmigo misma, cada día.»
Hay algo en esa frase que trasciende el caso concreto. Es una defensa de la integridad personal frente a la imagen pública. En una industria construida sobre percepciones, eso resulta casi subversivo.
El precio de ceder el control
Una de las tensiones más interesantes de esta historia es la que existe entre escribir y adaptar. Adeyemi lo formuló con nitidez: en sus libros, el control es total; en el cine, ese control pasa al director.
Es una verdad que conocen todos los escritores que han visto sus obras trasladadas a la pantalla. Philip K. Dick no llegó a ver Blade Runner terminada —murió meses antes del estreno—, pero lo poco que vio le arrancó un asombro genuino. Ceder el control no siempre acaba en traición.
La ciencia ficción está llena de historias sobre criaturas que escapan del control de su creador. Y hay algo de eso aquí: una obra que, al cobrar cuerpo, se vuelve ajena a quien la imaginó.
En el caso de Adeyemi, esa pérdida parece haber sido demasiado brusca. Lo que describe suena menos a una diferencia creativa y más a quedarse sin suelo bajo los pies.
La polémica del casting y el colorismo
La adaptación arrastró controversia desde el anuncio del reparto. La elección de Amandla Stenberg —actriz de raza mixta— para dar vida a un personaje descrito en el libro con «piel de cobre oscuro» encendió un debate sobre colorismo.
Y ese debate importa, porque toca la fibra de lo que el cine dice de nosotros. Cuando una historia nace precisamente para reivindicar tonos de piel que la pantalla ha marginado durante décadas, el casting deja de ser un detalle técnico y se convierte en un mensaje.
La situación se enredó cuando Adeyemi publicó —y luego borró— un TikTok que mostraba una conversación aparentemente privada con Stenberg, pidiéndole que no usara su nombre en entrevistas ni en vídeos.
La autora fue clara: las decisiones de casting no fueron suyas, sino de la directora Gina Prince-Bythewood. Pero el debate quedó abierto, y confirma que la representación sigue siendo un terreno de tensiones irresueltas en Hollywood.
Una película que su propia autora no verá
Quizás el dato más desconcertante sea este: Adeyemi ha confirmado que no piensa ver la película. La obra salida de su imaginación, con un reparto que incluye a Idris Elba, Viola Davis, Chiwetel Ejiofor, Cynthia Erivo, Regina King y Lashana Lynch, llegará a los cines el 15 de enero. Y ella no estará en ninguna sala.
Hay algo profundamente humano en ese gesto. Como construir una casa entera y no querer ver quién acaba viviendo en ella.
La historia de Adeyemi plantea preguntas que la industria lleva demasiado tiempo eludiendo: ¿cuánto le debe una adaptación al texto original? ¿Y a su autor? ¿A quién pertenece realmente una historia cuando salta de las páginas a la pantalla?
No hay respuestas simples. Pero su experiencia deja claro que el proceso, tal como existe hoy, puede ser demoledor para quien puso el alma en el material de partida.
Lo innegable es que hablar —priorizar su bienestar sobre la narrativa oficial— es un acto de honestidad poco común. La película llegará, el mundo la verá, el debate seguirá. Pero Tomi Adeyemi ya dio su veredicto. No sobre la película, sino sobre la experiencia.