- The Maze Runner (2014) ha vuelto a la conversación global al convertirse en uno de los títulos más vistos de HBO Max, alcanzando el puesto #6 mundial y el #1 en nueve países más de una década después de su estreno.
- Dirigida por Wes Ball y basada en la novela de James Dashner, la película recaudó 348 millones de dólares con un presupuesto de solo 34 millones e impulsó las carreras de Dylan O’Brien y Will Poulter.
- A pesar de formar parte de la oleada de distopías juveniles de los años 2010, siempre quedó a la sombra de franquicias como The Hunger Games, algo que el streaming parece estar corrigiendo ahora.
- Opinión: Hay algo en su premisa —despertar sin memoria, atrapado en un sistema diseñado por otros— que no ha envejecido mal. Al contrario. En 2026, esa metáfora suena más contemporánea que nunca.
Hay películas que llegan, recaudan su dinero y desaparecen del radar cultural sin dejar demasiada huella. Luego, años después, algo ocurre: aparecen en una plataforma de streaming y, de repente, el mundo vuelve a hablar de ellas.
Es un ciclo de redescubrimiento que el cine de salas nunca pudo permitirse. Aquí no compites contra el hype del momento, sino contra el tiempo libre de alguien que solo quiere una buena historia.
The Maze Runner es, precisamente, uno de esos casos. Estrenada en 2014, en pleno apogeo de las distopías para jóvenes adultos, quedó eclipsada por franquicias con más presupuesto de marketing y más ruido mediático.
Doce años después, sin embargo, está siendo vista por millones de personas en todo el mundo. Y eso, lejos de ser trivial, dice algo interesante sobre qué tipo de historias seguimos necesitando.
El laberinto que no envejece
Wes Ball rodó The Maze Runner con 34 millones de dólares de presupuesto. El resultado fue una película que recaudó 348 millones en taquilla.
Los números indican que algo ahí conectaba, aunque la recepción crítica fuese discreta: un 66% en Rotten Tomatoes y un 68% de audiencia no son las cifras de una obra maestra, pero sí las de una película que cumple con honestidad lo que promete.
Lo que no prometía, y quizás debería haber prometido más alto, es la densidad de su premisa.
Thomas despierta sin memoria en un lugar llamado el Claro. A su alrededor, otros chicos que tampoco recuerdan su pasado. Y rodeándolos, un laberinto colosal habitado por criaturas letales que cambia cada noche.
No saber quién eres. Estar atrapado en un sistema diseñado por alguien que conoce las reglas mejor que tú. Buscar la salida sin entender por qué existe la jaula.

Eso no es solo aventura juvenil. Es una metáfora que resuena con una claridad incómoda en cualquier época. Me recuerda a algo que Le Guin repetía: la buena ciencia ficción no huye de la realidad, la amplifica hasta hacerla visible.
Una distopía entre gigantes
The Maze Runner llegó al cine en un momento muy específico: el de las grandes adaptaciones distópicas YA. The Hunger Games dominaba la conversación. Divergent intentaba replicar su éxito. Y esta película, con menos fanfarria, ocupó un espacio propio.
El reparto ayudó. Dylan O’Brien construyó con Thomas una base de fans que sigue activa hoy. Will Poulter aportó matices a un personaje que en manos menos capaces habría sido plano.
Y Kaya Scodelario, como Teresa Agnes, encarnó el único personaje femenino de peso en la primera entrega, lo cual, visto desde hoy, invita a reflexionar sobre cómo se construían los universos distópicos de aquella época.
Una franquicia con caminos divergentes
La película generó dos secuelas: The Scorch Trials en 2015 y The Death Cure en 2018. Ninguna alcanzó el nivel de la primera, aunque ambas fueron rentables. James Dashner amplió el universo con novelas y relatos que, hasta la fecha, no han sido adaptados.
Es curioso cómo las grandes franquicias distópicas de los 2010 tomaron rumbos tan distintos. The Hunger Games se convirtió en un referente cultural. Divergent se disolvió a mitad de saga. Y The Maze Runner encontró su propio camino: modesta, constante, y ahora sorprendentemente vigente.
Por qué el streaming le da otra oportunidad
El puesto #6 global en HBO Max y el #1 en Albania, Bosnia Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte, Serbia, Eslovaquia y Eslovenia no son datos menores.
El streaming iguala. Permite que una película sea juzgada por lo que es, no por el ruido que generó al estrenarse. Y The Maze Runner, juzgada así, resiste.
Sospecho que su vigencia no es casual. Vivimos rodeados de laberintos que no elegimos: algoritmos que deciden qué vemos, sistemas de vigilancia que nos observan sin que sepamos las reglas, estructuras que alguien diseñó para nosotros pero no con nosotros.
Recuerdo que pausé Arrival para apuntar frases, y que estuve días pensando en Her. No siempre necesitas una obra perfecta para que una idea se te quede clavada. A veces basta una premisa honesta contada en el momento adecuado.
La pregunta que deja abierta The Maze Runner —quién construye el laberinto y por qué— no es tan distinta de las que nos hacemos hoy sobre los sistemas que nos rodean. Quizás por eso sigue resonando.
Las buenas historias no caducan. Solo esperan el momento en que alguien esté listo para escucharlas.

