Spider-Man pirata sumó 6 millones de vistas en X — y la taquilla batió récords igual

Una copia pirata de Brand New Day acumuló 5,9 millones de visualizaciones en X durante más de nueve horas. Mientras tanto, la película batió el récord histórico de pases previos con 72 millones. La piratería no mató a Spider-Man.

✍🏻 Por Tomas Velarde

agosto 1, 2026
  • Una copia pirata de altísima calidad de Spider-Man: Brand New Day acumuló 5,9 millones de visualizaciones en X durante más de nueve horas antes de ser retirada, sin que ello impidiera que la película batiera el récord histórico de pases previos con 72 millones de dólares, superando los 60 de Avengers: Endgame.

  • Opinión: Que millones vean una copia pirata y la taquilla igualmente pulverice récords revela que el blockbuster contemporáneo funciona antes como acontecimiento social que como experiencia cinematográfica en sentido estricto.

  • La filtración no es un caso aislado —The Odyssey, de Christopher Nolan, sufrió una idéntica la semana previa en la misma plataforma—, lo que evidencia una vulnerabilidad estructural que la industria ya no puede seguir ignorando.


El cine y la piratería llevan décadas bailando un tango incómodo. Recuerdo perfectamente los años noventa, cuando en los mercadillos circulaban copias en VHS de películas que ni siquiera habían llegado a los cines españoles. La calidad era infame —imagen granulada, sonido apagado, la silueta de alguien levantándose al baño en el momento más dramático—, pero había algo en aquel ritual clandestino que, paradójicamente, también alimentaba el amor por el cine. Hoy, sin embargo, estamos ante un fenómeno de naturaleza completamente distinta.

Porque lo ocurrido esta semana con Spider-Man: Brand New Day no es una anécdota de mercadillo. Es una filtración técnicamente impecable que en cuestión de horas llegó a casi seis millones de personas. Y lo verdaderamente inquietante no es el acto en sí: es que la taquilla, pese a todo, batió récords históricos. Eso merece un análisis pausado.


El pasado jueves, a las seis de la mañana en California, un usuario de X llamado Fredrick Bryan publicó una copia de alta calidad del film. No una grabación borrosa desde el patio de butacas, sino algo limpio y perfectamente visionable.

El resultado fue inmediato: 5,9 millones de visualizaciones, 143.000 «me gusta» y más de 10.000 comparticiones. El vídeo no fue retirado hasta casi las tres y media de la tarde, lo que significa más de nueve horas de disponibilidad. Tiempo más que suficiente para que la cadena de difusión alcanzara otros perfiles que, a su vez, publicaron sus propias copias.

Sony, productora responsable, optó por el silencio. Sin declaraciones, sin comunicados. Una postura comprensible desde la estrategia de comunicación, pero que deja muchas preguntas en el aire.

Lo especialmente llamativo es que no se trata de un episodio único. La semana anterior, The Odyssey, de Christopher Nolan, había corrido idéntica suerte en la misma plataforma: 2,1 millones de visualizaciones en menos de dos horas y media. Universal, al contrario que Sony, sí tomó la palabra:

«Tomamos muy en serio la infracción de derechos de autor y perseguiremos todos los remedios legales oportunos para proteger nuestro contenido y nuestros derechos de propiedad intelectual.»

La cuenta fue suspendida. Pero el daño ya estaba hecho.

Escena de Spider-Man: Brand New Day con Tom Holland

Me permito detenerme en el caso de Nolan, porque tiene una dimensión simbólica que no pasa inadvertida. Hablamos de un director que ha defendido la sala como un santuario, que rueda en película fotoquímica cuando casi nadie lo hace, que entiende la oscuridad compartida como parte inseparable del lenguaje cinematográfico. Y también su película acabó circulando en una red social, como si la distinción entre arte y producto de consumo hubiera perdido toda vigencia en el ecosistema digital.

En cuanto a Brand New Day, protagonizada por Tom Holland junto a Zendaya, Sadie Sink, Jon Bernthal y Jacob Batalon, los números son sencillamente extraordinarios: 72 millones de dólares solo en pases previos, superando los 60 que ostentaba Avengers: Endgame.

Es una cifra que obliga a reflexionar. Cuando una franquicia ha construido durante años una comunidad que vive el estreno como acontecimiento casi ritual, la piratería pierde buena parte de su poder disuasorio. El público quiere ver la película, sí, pero también quiere verla en sala, rodeado de otros, con el sonido envolvente y la pantalla grande.

Y aquí conviene hablar de oficio. Lo que se pierde en una copia comprimida no es un capricho de esteta. Se pierde la escala del encuadre —la que Kubrick calibraba al milímetro en cada plano de 2001—, se pierde el trabajo de montaje que dicta el ritmo interno de una escena, se pierde la arquitectura sonora concebida para envolver, no para salir por el altavoz de un teléfono. Bergman construía silencios que necesitan una sala en penumbra para respirar; Wilder cincelaba diálogos cuyo tempo depende de la reacción colectiva del patio de butacas. Nada de eso sobrevive a un vídeo pixelado.


La pregunta que queda flotando no es tanto si la piratería daña estos estrenos —en este caso, evidentemente no—, sino qué implica que una plataforma pueda convertirse durante nueve horas en un cine pirata de millones de espectadores sin que nadie pueda, o quiera, detenerlo con mayor celeridad. Eso es lo que debería inquietar a la industria, muy por encima de cualquier debate sobre récords.

El cine fue concebido como experiencia colectiva. Los Lumière lo intuyeron, Hitchcock componía sus encuadres pensando en la respiración contenida de cientos de personas a oscuras. Mientras la industria debate cómo frenar la piratería digital, quizá debería preguntarse también por qué millones prefieren ese sacrificio antes que esperar unas horas para ver una película como fue concebida.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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