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Obsession (2026), rodada con apenas 750.000 dólares, ha recaudado más de 375 millones en todo el mundo, superando en taquilla a las superproducciones veraniegas de los grandes estudios.
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El actor Michael Johnston respalda la teoría de que Nikki, tras el deseo de Bear ante el objeto mágico One Wish Willow, está poseída por el espíritu de Sandy, el gato muerto de su compañero.
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La directora Curry Barker prepara Anything But Ghosts, ambientada en el mismo universo, que explorará qué le ocurre a Nikki tras los traumáticos sucesos del filme.
• Opinión: La cultura de las teorías virales rara vez me convence, pero esta posee una coherencia interna que, con las debidas cautelas, recuerda al tipo de lectura que merecen los buenos filmes de género.
Hay películas que, una vez terminadas, no terminan. No porque sean perfectas —muy pocas lo son— sino porque dejan espacios deliberados que el espectador habita mucho después de que se enciendan las luces de la sala. Obsession, la ópera prima de Curry Barker, parece una de esas rarezas que el cine contemporáneo produce con cuentagotas: un filme de terror rodado con medios mínimos que ha logrado lo que no consiguen producciones de cientos de millones. Hacer que la gente piense. Que hable. Que analice.
Y cuando digo que la gente habla de ella, no me refiero a los comentarios superficiales que inundan las redes a las 48 horas del estreno. Recuerdo bien las tardes de finales de los noventa, cuando salía del cine y me sentaba a discutir plano a plano con otros aficionados en aquellos foros primitivos donde uno defendía una lectura como quien defiende una tesis. Esa necesidad no ha muerto. Simplemente ha cambiado de domicilio: hoy vive en TikTok, en Instagram, en X. Los soportes cambian; el impulso humano de buscar sentido en las imágenes permanece intacto.
Obsession se estrenó el 15 de mayo de 2026 con un presupuesto de 750.000 dólares. Dicho así, parece una cifra ridícula en un mercado donde una producción mediocre de superhéroes consume esa cantidad en catering. Y, sin embargo, el filme ha recaudado más de 375 millones en todo el mundo, superando a estrenos como Star Wars: The Mandalorian and Grogu, Masters of the Universe o Supergirl.
Una lección que Hollywood debería grabarse a fuego.
La trama, escrita y dirigida por Barker, sitúa al espectador ante Bear —interpretado por Michael Johnston—, un joven que recurre a un objeto mágico llamado One Wish Willow para pedir que Nikki, encarnada por Inde Navarette, le ame más que a nadie en el mundo. Lo que sigue es una espiral de horror cuya naturaleza el filme mantiene deliberadamente ambigua. Y ahí reside, precisamente, su fuerza.
Con motivo del estreno en plataformas digitales, Johnston concedió una entrevista en la que fue preguntado por la teoría que más ha circulado entre los seguidores de la película: que Nikki no está controlada por una entidad sobrenatural cualquiera, sino específicamente por el espíritu de Sandy, el gato muerto de Bear. La lógica es tan sencilla como ingeniosa: si Bear desea que alguien le ame más que nadie en el mundo, ¿quién mejor que su mascota?
El propio Johnston lo explicó con entusiasmo evidente:
«¿Has oído lo de la teoría del gato? La idea es que Nikki, cuando Bear hace el deseo, queda poseída por el espíritu de su gato, Sandy. Si piensas en todo lo que ella hace —observarle desde los rincones, fotografiarle desde el techo, esperarle fuera del baño, construir un memorial— todo encaja con el comportamiento de un felino. Me encanta esa teoría. No creo que fuera algo planificado, pero es magnífica.»
Y no es una lectura desdeñable. Hay un plano que la sostiene mejor que cualquier explicación: Nikki encaramada en lo alto, fotografiando a Bear desde un ángulo cenital imposible, con la quietud paciente y depredadora de un animal que acecha desde una repisa. La cámara adopta un punto de vista que no es humano, y esa incomodidad geométrica dice más que cualquier diálogo. La puesta en escena como lenguaje. Los gestos como texto.
Conviene, no obstante, ser prudente. Se ha invocado a Polanski y su Repulsion, donde los síntomas del personaje revelan su naturaleza mucho antes de que el guion lo verbalice. La comparación es tentadora, pero seamos justos: una cosa es que un filme deje espacios inteligentes para la interpretación y otra muy distinta equipararlo sin más con las cumbres del género. Obsession comparte el mecanismo, no necesariamente la altura. Y esa distinción importa.
Porque la teoría, además, tropieza con un escollo que sus defensores no han resuelto. En un punto del relato, Nikki prepara para Bear una comida elaborada con la carne de su propio gato muerto. Si Sandy controlase el cuerpo de Nikki, ¿por qué iba a alimentar a Bear con sus propios restos? Es una contradicción que, de momento, queda sin respuesta.
Lo que el filme sí deja claro es que Nikki vive una dualidad perturbadora: algo la controla mientras la verdadera Nikki permanece atrapada en su interior, incapaz de actuar salvo en breves instantes en los que logra suplicarle a Bear que la mate. Una imagen de horror íntimo y radical. Una pérdida de agencia que incomoda por su cotidianidad.
Nikki es la única superviviente de Obsession. Y Barker ya prepara el terreno para continuar su historia: Anything But Ghosts, su próximo proyecto, se sitúa en el mismo universo y explorará qué le ocurre una vez que, según se ha anunciado, «vuelve a fundirse con su propio cuerpo». Una promesa inquietante para quien haya visto la película.
Lo que me interesa de todo esto no es tanto la validez de la teoría —que el propio Johnston admite que probablemente no fue planificada— sino lo que su existencia revela sobre el filme. Que una película rodada con tres cuartos de millón de dólares genere este nivel de análisis fotograma a fotograma dice más sobre su eficacia narrativa que cualquier cifra de taquilla.
El mejor cine de terror siempre ha funcionado así. Desde los encuadres de Hitchcock que el espectador descompone para entender qué está viendo realmente, hasta las ambigüedades calculadas de Kubrick en El resplandor, los grandes filmes del género dejan espacios deliberados para que el espectador los habite. Obsession parece haber encontrado, quizá sin proponérselo del todo, ese mismo mecanismo. No la coloco todavía en esa compañía ilustre, pero en el panorama actual merece, al menos, el beneficio de la duda.

