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Rob Reiner grabó su última actuación como George Washington en la serie de HBO de Larry David, apenas un mes antes de su muerte en diciembre.
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El sketch satiriza con mordacidad a un presidente narcisista que rechaza aceptar los resultados electorales y usa el cargo para beneficio propio, con referencias inequívocas a la actualidad política estadounidense.
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La fecha de emisión —el 3 de julio— fue elegida de forma deliberada para coincidir con el 250 aniversario de Estados Unidos y el fin de semana del Día de la Independencia.
• Opinión: Como en las mejores distopías, este sketch no habla de un tirano concreto, sino de la fragilidad de los pactos invisibles que nos sostienen. Y que sea el último gesto artístico de Reiner lo convierte en algo casi imposible de mirar sin un nudo en la garganta.
Siempre me ha fascinado cómo la ciencia ficción y la sátira comparten el mismo truco: hablan del presente disfrazándolo de otra cosa. Dune nos advierte sobre los mesías políticos usando gusanos gigantes. Blade Runner nos interroga sobre qué nos hace humanos con androides que lloran bajo la lluvia. El envoltorio cambia, pero la pregunta es siempre la misma: ¿qué dice esto sobre nosotros?
Por eso, cuando vi la última aparición televisiva de Rob Reiner, no pude evitar sentir que estaba ante una de esas piezas que funcionan en dos planos a la vez. Un traje del siglo XVIII, un chiste, y debajo, una idea que lleva incomodándonos siglos.
El último papel de un grande
La serie de HBO Life, Larry, and the Pursuit of Unhappiness, creada por Larry David, reservó su segundo episodio para algo especial. Reiner, uno de los directores más queridos de Hollywood, aparecía caracterizado como George Washington.
El sketch no es un simple número cómico. Tiene una idea muy concreta en su centro: qué significa que alguien en el poder decida, voluntariamente, renunciar a él.
Washington pronuncia un discurso sobre su decisión de no buscar un tercer mandato y propone una enmienda que limite los periodos presidenciales. Es historia real envuelta en comedia.
Pero entonces entra Larry David, con esa mezcla característica de torpeza y agudeza, y lanza la pregunta que de verdad importa: ¿y si llegara alguien que simplemente se negara a obedecer la Constitución? ¿Un narcisista que usara el cargo para enriquecerse, que volviera las tropas contra sus propios ciudadanos, que jamás admitiera una derrota?
La respuesta de Washington —es decir, de Reiner— cierra el sketch con dos palabras: «We’re fucked». Confieso que me quedé rumiando esa frase durante días, como quien pausa Arrival para apuntar algo antes de olvidarlo. Pocas veces tanto peso ha cabido en tan poco.
El tiempo y la ironía
El episodio se emitió el 3 de julio, víspera del día en que Estados Unidos celebra su independencia. Y no en un año cualquiera: el 250 aniversario del país.
El director Jeff Schaffer reconoce que la fecha fue deliberada. Querían que el sketch respirara durante ese fin de semana concreto, que la gente lo viera entre banderas y celebraciones y se preguntara qué está celebrando, exactamente.
Jimmy Kimmel aparece en un cameo como colono americano, añadiendo capas de sarcasmo con la calma de quien sabe lo que hace. La producción mantuvo el cameo de Reiner en secreto hasta la emisión. Ese secreto tiene ahora una dimensión completamente distinta.
La sombra detrás del sketch
El sketch se grabó el 13 de noviembre en los estudios Universal. Aproximadamente un mes después, Rob Reiner murió. Fue asesinado en su casa junto a su esposa Michele. Su hijo Nick fue detenido y acusado de los crímenes.
Schaffer y David estaban editando la pieza apenas dos días antes de la muerte de Reiner. Cuesta imaginar el peso emocional de terminar ese trabajo sabiendo lo ocurrido.
El episodio cierra con un «In Memoriam» que convierte lo que ya era un momento especial en algo irreversible.
Hay un detalle que dice mucho: Larry David insistió en que Reiner se afeitara su icónica barba para retratar fielmente a un Washington imberbe. Reiner aceptó. Era la primera vez que lo hacía.
Lo que queda cuando todo termina
Me quedo con la imagen de George Washington mirando hacia el futuro y diciendo que estamos perdidos. Hay algo ahí que trasciende la sátira política. Es casi una pregunta de guion distópico: ¿pueden las instituciones sobrevivir a quienes las ignoran? ¿Qué ocurre cuando el sistema depende únicamente de que la gente quiera respetarlo?
No es una duda nueva. Es la misma que recorre V for Vendetta: los sistemas no fallan por sus normas, sino por las personas que llegan a controlarlos. La buena ciencia ficción lleva décadas avisándonos, y la historia se empeña en confirmarlo.
Lo que convierte este sketch en algo más que entretenimiento no es su filo político, aunque también lo tenga. Es ver a un hombre, al final de su vida, usando el arte para decir algo que importa.
Y ahí está la ironía que no deja de rondarme: Reiner se despojó de la barba que lo definía para interpretar precisamente al hombre que decidió despojarse del poder. No sé si fue consciente del espejo. Pero me alegra profundamente que existiera.

