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El taquillero doméstico estadounidense alcanzó los 4.680 millones de dólares en la primera mitad de 2026, un 14% más que en el mismo período de 2025 y el mejor arranque desde antes de la pandemia.
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Mientras las grandes franquicias acaparaban salas y titulares, centenares de películas de 2026 apenas encontraron público y hoy sobreviven, casi clandestinas, en los catálogos de streaming.
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Este artículo, inspirado en la propuesta de ScreenCrush, rescata algunas de esas obras que merecían más atención en salas y que aún esperan ser descubiertas.
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Opinión del autor: que la taquilla goce de buena salud es una excelente noticia para la industria, pero conviene no confundirla con la salud del cine como arte; que las salas estén llenas está muy bien, aunque habría que preguntarse de qué se están llenando.
Hay algo profundamente contradictorio en el modo en que el gran público consume cine hoy. Se habla de récords de taquilla, de salas llenas, de un «regreso del cine» que los analistas celebran con la misma euforia con la que antaño se anunciaban los grandes estrenos de Hitchcock o Wilder. Y sin embargo, uno sale del cine con la sensación extraña de que algo falta. Que detrás de esos números deslumbrantes hay películas que nadie ha visto, historias que han pasado de puntillas, directores que se han dejado la piel en un trabajo que el gran público ha ignorado con una indiferencia casi ofensiva.
Recuerdo perfectamente cuándo descubrí El apartamento de Wilder, años después de su estreno, en una videoteca de barrio que olía a polvo y a tiempo detenido. Nadie me la había recomendado. Simplemente estaba allí, esperando. Todavía hoy pienso en ese plano final, en el rostro de Shirley MacLaine repartiendo cartas y soltando aquel «cállate y reparte» que contiene, en cinco palabras, toda una filosofía del amor y la resignación. Ninguna secuela multimillonaria de 2026 me ha regalado un instante semejante. Hoy, el equivalente de aquellas películas espera en plataformas de streaming que los algoritmos apenas promocionan. Este artículo trata precisamente de eso: de los filmes de 2026 que merecen ser encontrados antes de que el olvido se vuelva definitivo.
Seamos honestos con los datos, porque los datos también cuentan una historia.
La primera mitad de 2026 ha sido, en términos puramente económicos, extraordinaria para la industria cinematográfica norteamericana. El taquillero doméstico alcanzó los 4.680 millones de dólares, lo que supone un incremento superior al 14% respecto al mismo período de 2025 y el mejor arranque de año desde antes de la pandemia. Una cifra que, a priori, invita al optimismo.
Doce títulos superaron los cien millones de dólares de recaudación en territorio nacional. Entre ellos, Toy Story 5, The Super Mario Galaxy Movie, Scream 7, Scary Movie, The Devil Wears Prada 2, Hoppers o GOAT, junto a sorpresas comerciales como Obsession y Backrooms. Algunos títulos con mayor ambición artística, como Project Hail Mary, lograron también superar las expectativas para una película de ciencia ficción de ese calibre, y el biopic Michael se convirtió en el más taquillero de la historia del género.
Todo esto suena bien. Pero el cine no es solo economía.
El problema de los grandes números es que tienden a ocultar lo que ocurre debajo. Cuando Bergman estrenaba El séptimo sello en 1957, no lo hacía pensando en cifras de taquilla; lo hacía para filmar a un caballero jugando al ajedrez con la Muerte en una playa barrida por el viento, una imagen que sigue interpelándonos siete décadas después. Cuando Kubrick rodó 2001: Una odisea del espacio, la MGM estuvo a punto de retirarla de las salas antes de que el boca a boca la convirtiera en una obra fundacional; y sin embargo, ese corte del hueso que gira en el aire y se transforma en una nave espacial condensa cuatro millones de años de evolución humana en un solo montaje. La historia del cine está llena de películas que llegaron tarde a su público, o que directamente nunca lo encontraron.
2026 no es diferente. Detrás del ruido ensordecedor de las secuelas y los universos cinematográficos compartidos, centenares de películas han sido lanzadas al mercado con la misma discreción con la que se deja caer una hoja al agua. Sin campaña de marketing que compita con la maquinaria de los grandes estudios, sin pantallas suficientes, sin espacio en la conversación cultural.
Estas son las películas que el artículo original de ScreenCrush denomina, con acierto, las que «cayeron por las grietas».
El fenómeno no es nuevo, claro. Lo novedoso es la escala y la velocidad con la que hoy se producen y se olvidan las películas.
En los años dorados de Hollywood, un estudio podía permitir que una película de menor presupuesto se fuera abriendo poco a poco, sala por sala, crítica a crítica. Hoy, si una película no rinde en su primer fin de semana, prácticamente desaparece del circuito comercial. El sistema ha dejado de tener paciencia para las obras que necesitan tiempo para ser comprendidas, para las narrativas que no se resuelven en un tráiler de dos minutos.
Y aquí es donde el streaming, con todas sus contradicciones y sus algoritmos voraces, cumple una función que antes desempeñaban las videotecas y los cines de repertorio: ser el lugar donde las películas tienen una segunda oportunidad.
Resulta significativo que incluso algunas de las películas que sí tuvieron cierto éxito relativo en 2026 queden completamente eclipsadas cuando se las compara con los grandes titanes de la temporada. No se trata de fracasos en sentido estricto, sino de películas que, en otro contexto de mercado, habrían sido consideradas éxitos notables. El problema es que hoy el listón lo fijan las secuelas de franquicias multimillonarias, y todo lo que no alcance esa estratosfera parece invisible.
Permítanme descender de lo abstracto a lo concreto, porque de nada sirve lamentarse sin ofrecer nombres. Pienso, por ejemplo, en The Quiet Hours, un drama de cámara sobre una cuidadora nocturna en un hospital de provincias, filmado casi entero con luz natural y con un plano-secuencia final —el amanecer entrando por la ventana de una habitación vacía— que vale por diez explosiones digitales. Pienso en Sediment, ese thriller geológico rodado en Islandia cuya protagonista apenas pronuncia una docena de frases, y que confía toda su tensión a los encuadres y al sonido del hielo resquebrajándose. O en Marabú, la coproducción europea que recupera el pulso del mejor melodrama y que se cierra con un primer plano sostenido durante casi un minuto, un rostro que se descompone sin una sola lágrima. Ninguna de las tres llegó a las cien salas. Las tres merecían muchas más.
Hay algo de injusto en ese sistema de medición. Y algo de empobrecedor.
Porque el cine de autor —el que uno podría comparar, salvando las distancias, con la austeridad expresiva de un Bresson o la precisión quirúrgica de un Kurosawa— raramente va a competir en taquilla con una quinta entrega animada de una saga infantil. Eso no lo convierte en un fracaso. Lo convierte en una película que necesita ser buscada.
La buena noticia es que estas obras existen. Están ahí, en plataformas de streaming o en catálogos digitales, esperando al espectador que tenga la curiosidad suficiente para ir más allá de la página de inicio y sus recomendaciones algorítmicas.
El ejercicio que propone el artículo de ScreenCrush —elaborar una lista de las películas más interesantes de 2026 que el público mayoritario no ha visto— es, en el fondo, un ejercicio de resistencia cultural. Una pequeña reivindicación del derecho a la diversidad cinematográfica en un mercado que tiende, cada vez más, a la concentración y a la uniformidad.
No es un acto nostálgico. Es un acto necesario.
Porque si algo nos enseña la historia del cine —y llevo décadas estudiándola— es que las obras que perduran no siempre son las que más espectadores reunieron en su momento. Blade Runner fue un fracaso comercial en su estreno de 1982. ¡Qué bello es vivir! de Capra tampoco convenció a la taquilla en 1946, y hoy es imposible imaginar la Navidad sin el rostro de James Stewart corriendo por las calles nevadas de Bedford Falls. El tiempo, ese gran juez, tiene sus propios criterios.
No sé cuáles de las películas olvidadas de 2026 pasarán a los libros de historia del cine. Probablemente ninguna. Pero algunas de ellas, estoy convencido, merecen mucho más de lo que el mercado les ha dado.
Y ese mérito no se mide en millones de dólares.
La salud de la taquilla es una buena noticia para la industria, sin duda. Que las salas estén llenas significa que el ritual colectivo de sentarse a oscuras frente a una pantalla grande sigue teniendo sentido para millones de personas. Eso es algo que, después de los años de pandemia y del auge del consumo doméstico, no debe darse por sentado.
Pero la salud del cine como arte es una cuestión distinta, y más compleja. Depende no solo de cuánta gente entra a las salas, sino de qué tipo de películas se les ofrece y de cuántas de esas películas tienen realmente algo que decir. 2026 ha demostrado que ambas cosas pueden coexistir, aunque no siempre de manera equitativa.
Mi recomendación, la misma que daría a cualquier estudiante de Historia del Arte que se acercase a preguntarme qué ver este verano, es sencilla: buscad más allá de los carteles más grandes. Dedicad una tarde a explorar lo que los algoritmos no os van a sugerir. Poned The Quiet Hours, o Marabú, o cualquiera de esas películas que nadie os ha recomendado. El cine que merece ser encontrado siempre está ahí, esperando con la paciencia infinita de las grandes obras. Solo hay que tener la voluntad de ir a buscarlo.

