Cine

Las películas de terror más sobrevaloradas de la historia

Ningún género acumula tantas películas sobrevaloradas como el terror. Muchas que un día fueron escándalo han envejecido mal, y su fama se sostiene más en el recuerdo del estreno que en lo que ofrecen hoy.

  • El cine de terror acumula, más que ningún otro género, un número desproporcionado de películas sobrevaloradas cuya fama responde más al impacto de su estreno que a sus méritos cinematográficos reales.

  • Muchas obras consideradas imprescindibles han envejecido de forma ingrata: lo que un día fue escándalo o sacudida visceral deja al descubierto, con el tiempo, una pobreza narrativa difícil de ignorar.

  • desinflar una reputación inmerecida no es un gesto de cinismo, sino un acto de amor al cine: solo siendo honestos con lo que no funciona podemos defender de verdad lo que sí lo hace.


Hay géneros que perdonan la mediocridad con más facilidad que otros. La comedia puede sobrevivir gracias a un gag brillante aunque todo lo demás se desmorone. El thriller aguanta con una buena vuelta de tuerca en el tramo final. Pero el terror —el terror de verdad, el construido con inteligencia y oficio— debería ser el más exigente de todos.

Porque cuando funciona de verdad, cuando está ejecutado con precisión y rigor, es capaz de llegar a lugares que ningún otro género alcanza. Psicosis de Hitchcock no es simplemente una película de miedo: es un estudio magistral de la tensión psicológica, de la puesta en escena como instrumento de angustia, de la narración como trampa tendida al espectador con calculada frialdad.

Pensemos en la escena de la ducha. No es su violencia lo que perdura, sino el montaje: casi cincuenta planos en apenas unos segundos, ninguno de los cuales muestra realmente el cuchillo penetrando la carne. Hitchcock nos hace creer que hemos visto algo que jamás se nos enseña. Eso es terror genuino.

El problema es que el género también es terriblemente permisivo con lo mediocre. Un susto bien colocado, un efecto especial que en su estreno resultaba impactante, o una premisa que prometía más de lo que luego entregaba: todo eso ha bastado, demasiadas veces, para construir reputaciones que el tiempo no ha sabido sostener.

Hay películas de terror consideradas canónicas, referentes absolutos del género, que con la distancia necesaria revelan ser bastante menos de lo que su leyenda proclama. Y ese es precisamente el debate que me interesa tener.


Seré el primero en reconocer que el canon del terror alberga obras que merecen plenamente su lugar en la historia del cine.

La cosa de John Carpenter es una lección de cómo construir tensión sostenida sin sacrificar la coherencia narrativa. El exorcista de William Friedkin sigue siendo un ejemplo de dirección rigurosa al servicio de un relato que trasciende el susto superficial. La semilla del diablo de Polanski —director que sabía perfectamente cómo sembrar el horror en lo más cotidiano, como demostró también en El quimérico inquilino— es un ejercicio de precisión psicológica de primer orden.

El Drácula de Tod Browning tiene, a pesar de sus limitaciones técnicas, una atmósfera y una presencia que pocas películas de terror de cualquier época han logrado igualar. Y Hereditario de Ari Aster demostró que el cine de terror contemporáneo puede aspirar a algo más que el entretenimiento de parque de atracciones.

Pero junto a estas obras genuinas, el género arrastra consigo un elenco considerable de películas que viven de su reputación más que de sus méritos reales.

¿Por qué ocurre esto en el terror con tanta mayor frecuencia que en otros géneros?

La primera razón es casi evidente: el impacto del momento. Una película que en su estreno provocó desmayos en la sala, que generó polémica, que hizo que el público abandonara el cine antes de que terminara, no sobrevive necesariamente a su propio escándalo.

El escándalo envejece. Lo que permanece es la calidad cinematográfica. Y cuando esa calidad no existe o es insuficiente, queda expuesta con una claridad implacable.

La segunda razón tiene que ver con los efectos visuales. El terror es un género particularmente dependiente de sus recursos técnicos. Una criatura que en su momento resultaba aterradora puede parecer hoy completamente risible si la película no tiene nada más que ofrecer.

Los grandes directores siempre lo supieron. Hitchcock prácticamente nunca mostraba nada de forma explícita: la amenaza sugerida es siempre más poderosa que la amenaza expuesta. Y no hace falta irse al terror para comprenderlo. Kurosawa, en Rashomon, logra que un crimen nos resulte más perturbador precisamente porque nos niega una única verdad sobre lo que ocurrió: el horror vive en la incertidumbre, no en la sangre.

Cuando una película basa toda su eficacia exclusivamente en lo que muestra, en lugar de en cómo lo muestra, está firmando su propia sentencia de obsolescencia.

La tercera razón es quizás la más incómoda: la violencia como único argumento. Hay películas de terror que gozan de gran reputación cuyo único mérito real es la cantidad o la crudeza de la violencia que exhiben. Eso no es cine. Es espectáculo de feria.

Y con el tiempo, incluso ese espectáculo pierde su capacidad de impacto. Lo que queda, cuando se retira el velo del escándalo y la provocación, es a menudo un relato vacío, sin estructura, sin personajes, sin ninguna idea que defender.

La cuarta razón es la más cinematográficamente honesta: la premisa que no cumple lo que promete. Hay películas con ideas de partida extraordinarias que en algún punto de su desarrollo traicionan al espectador. La historia se enreda, la lógica narrativa se abandona, o el tercer acto dilapida todo lo que se había construido con paciencia.

Aquí conviene recordar lo que un maestro de la escritura cinematográfica como Billy Wilder entendía mejor que nadie: una historia es una promesa, y el final debe pagar la deuda contraída con el espectador en el primer acto. El terror olvida esta lección con una frecuencia alarmante. La reputación, sin embargo, permanece, alimentada por esa primera impresión poderosa que el conjunto, visto con frialdad, no fue capaz de sostener.

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi Scream de Wes Craven. Por entonces yo andaba escribiendo mis primeras críticas en aquellos foros de cinéfilos de finales de los noventa, donde discutíamos durante semanas si una película era o no lo que su fama prometía.

Scream era un ejercicio metacinematográfico genuinamente inteligente para su época. Basta recordar la secuencia inicial con Drew Barrymore: Craven la coloca frente al teléfono, sola en casa, y convierte las propias reglas del slasher en el arma del asesino. Él entendía los códigos del terror y los utilizaba con autoconciencia y cierta ironía. Eso tiene mérito real.

Pero hay otras películas que gozan de una reputación similar sin ese mérito estructural, sin esa inteligencia en la arquitectura narrativa. Y es ahí donde mi formación en Historia del Arte me traiciona: no puedo evitar mirar un plano como quien mira un lienzo, preguntándome qué justifica cada elección, qué sostiene la composición más allá del efecto inmediato.

Es importante aclarar algo fundamental: que una película sea sobrevalorada no significa necesariamente que sea mala. Significa que la distancia entre su reputación y su realidad es demasiado amplia para ser ignorada.

Algunas de las películas más sobrevaloradas del terror son perfectamente entretenidas. El problema surge cuando se les otorga un estatus canónico que eclipsa a obras más rigurosas, más valientes o más inteligentes que no tuvieron la suerte del escándalo o del momento preciso.

El cine, cualquier cine, merece ser juzgado con los mismos criterios: puesta en escena, coherencia narrativa, construcción de personajes, uso del espacio y del tiempo. Cuando aplicamos esa vara de medir al canon del terror, el resultado es, a menudo, bastante más poroso de lo que sus defensores más acérrimos estarían dispuestos a admitir.

Y eso, en realidad, no debería verse como un ataque al género. Sino como una invitación a tomárselo en serio.


El terror es el único género donde el público parece dispuesto a perdonarlo casi todo con tal de experimentar esa descarga de adrenalina que solo una buena escena de miedo puede proporcionar. Lo entiendo. Incluso lo respeto.

Pero precisamente por eso creo que es necesario ejercer una mirada más exigente y más honesta. Porque cuando el terror es realmente bueno —cuando Kubrick construye el Overlook Hotel de modo que cada travelling por aquellos pasillos infinitos respira amenaza, cuando Polanski convierte el apartamento más inocente en la trampa más sofisticada, cuando Bergman transforma el miedo en una pregunta existencial sin respuesta— es capaz de alcanzar cotas artísticas que muy pocos géneros pueden igualar.

Desinflar una reputación inmerecida no es un acto de cinismo ni de pedantería intelectual. Es, en el fondo, un acto de amor al cine. Porque solo cuando somos honestos con lo que no funciona podemos valorar genuinamente lo que sí funciona.

Y el verdadero terror —ese que se te queda dentro mucho después de que se hayan encendido las luces de la sala— merece exactamente eso: honestidad, rigor, y el respeto que se le debe a cualquier forma seria de arte cinematográfico.

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