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Kathleen Kennedy abandona Lucasfilm tras 14 años al frente, reconociendo abiertamente que su salida supuso «un cierto alivio» tras lidiar con una de las franquicias más exigentes de Hollywood.
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La era Kennedy es un auténtico estudio de contrastes: de los más de 2.000 millones de El despertar de la Fuerza al tropiezo de series como The Acolyte, que no convencieron ni a fans ni a la crítica.
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Con los datos delante: Kennedy deja un legado mucho más sólido de lo que dice el ruido de las redes; los números aclaman a Andor y a The Mandalorian, y eso pesa más que mil hilos de Twitter.
Hay pocas cosas en la industria del entretenimiento que generen tanto ruido —y tantos datos jugosos— como la gestión de una megafranquicia. Y Star Wars es, sin discusión, el caso de estudio definitivo: miles de millones en taquilla, décadas de mitología y una comunidad de fans que no perdona ni un solo paso en falso.
Cuando en 2012 Disney compró Lucasfilm por 4.050 millones de dólares, el mundo del cine contuvo la respiración. La pregunta no era solo cuánto iba a recaudar la próxima película, sino quién sería capaz de gestionar semejante herencia cultural sin salir escaldado.
La respuesta, durante catorce años, fue Kathleen Kennedy. Y ahora que ha dejado el cargo, por fin ha hablado con claridad. Sus declaraciones en el evento Screentime de Bloomberg son reveladoras, y merece la pena analizarlas con calma —con la calculadora cerca, como no podía ser de otra manera.
Empecemos por el contexto financiero, porque aquí los datos no mienten. Cuando Kennedy tomó las riendas, la franquicia llevaba casi una década sin estrenar nada en cines. La presión era enorme: Disney había pagado una cifra astronómica y necesitaba rentabilizarla.
El resultado fue El despertar de la Fuerza (2015), que recaudó 2.068 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en una de las mayores taquillas de la historia. No está nada mal para romper el hielo.
Pero, como cualquier analista sabe, un solo dato no cuenta la historia completa. La trilogía de secuelas tuvo un recorrido claramente descendente: Los últimos Jedi bajó a unos 1.334 millones, y El ascenso de Skywalker cerró el ciclo con 1.077 millones. Es decir, casi 1.000 millones menos entre la primera y la última entrega. Ese tobogán, para quienes amamos las gráficas, es un termómetro imposible de ignorar.
Y aquí conviene no caer en la trampa fácil. Ese desgaste no es solo «culpa» de Lucasfilm: coincide con la saturación global de secuelas y spin-offs, la guerra del streaming y una caída general de la asistencia a las salas que la pandemia terminó de acelerar. Gestionar Star Wars en plena transformación del mercado es como intentar aparcar un Destructor Estelar en un garaje de centro ciudad.
«Tenéis gente para quien esto significa mucho», dijo Kennedy. «Pero, al mismo tiempo, el reto es intentar crear algo nuevo, algo original. Encontrar ese equilibrio es, realmente, lo más difícil.»
Y tiene toda la razón. Porque Star Wars no es solo una IP: es identidad para millones de personas. Eso convierte cualquier decisión creativa en una mina antipersona con pajarita.
Aun así, Kennedy tiene en su haber éxitos innegables en streaming. The Mandalorian fue el fenómeno que ayudó a sostener el lanzamiento de Disney+ (que en apenas tres años superó los 100 millones de suscriptores), y Andor se convirtió —contra todo pronóstico comercial— en una de las series más aclamadas de los últimos años, con un 96% de la crítica en Rotten Tomatoes. En cualquier balance, esas dos cifras lucen espectaculares.
Por el otro lado, The Acolyte y Skeleton Crew no corrieron la misma suerte. Sin entrar en guerras culturales —que las hubo, y muchas—, los datos de retención y el interés en redes fueron claramente inferiores, hasta el punto de que The Acolyte no tuvo segunda temporada. Y en streaming, donde el engagement lo es casi todo, no renovar es la forma más elegante de decir «los números no salían».
Hay un detalle que me parece especialmente revelador. Cuando Kennedy preguntó a George Lucas cómo continuar la saga, él se señaló la cabeza: «Todo está aquí». Sin manual, sin hoja de ruta, sin documentación. Solo la mente de un genio que nunca tuvo del todo claro cómo traspasar su visión.
Aunque Lucas tenía ideas para una nueva trilogía, finalmente se optó por otro camino. Y para alguien que venía de producir Jurassic Park, Volver al futuro o Lincoln junto a Spielberg, aquello era terreno completamente desconocido. Confieso que, como obseso de los datos, me duele imaginar un proyecto de miles de millones sin ni siquiera una hoja de cálculo de referencia. A mí me daría un escalofrío.
Ahora el relevo lo toma Dave Filoni, colaborador histórico de Lucas y uno de los arquitectos del universo animado de Star Wars. Una apuesta interesante, porque conoce la mitología desde dentro y cuenta con el respaldo de los fans más puristas.
Kennedy, mientras tanto, seguirá vinculada como productora de Star Wars: Starfighter, la película de Shawn Levy prevista para el 28 de mayo de 2027. Esa fecha ya está marcada en mi calendario con rotulador fosforito.
Catorce años gestionando una de las franquicias más grandes —y más complicadas— del entretenimiento mundial no es poca cosa. Kennedy deja un legado lleno de matices: aciertos comerciales indudables, errores creativos que no pasaron desapercibidos y la enorme dificultad de suceder a un creador como George Lucas.
Que reconozca públicamente que su salida fue «un alivio» no es una confesión de derrota; es la honestidad de quien ha cargado más de una década con un peso descomunal.
Ahora el turno es de Filoni, y la industria —y los fans— observan con lupa. Las cifras de Starfighter en 2027 dirán mucho sobre si el cambio de rumbo ha valido la pena. Y yo, como siempre, estaré aquí para desgranároslo número a número.