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David Fincher no renovará su acuerdo exclusivo con Netflix cuando expire el año que viene, lo que abre la puerta a que sus próximas películas regresen a la gran pantalla tras más de una década (su último estreno amplio fue Gone Girl, en 2014).
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El cine de Fincher pertenece a la sala oscura; su arquitectura visual y sonora merece mucho más que una pantalla doméstica.
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No es un caso aislado: otros nombres como los hermanos Duffer, Noah Baumbach o Shawn Levy también han abandonado Netflix, en lo que parece el síntoma de un modelo que empieza a mostrar su techo.
Pausé Arrival para apuntar una frase. Me quedé días dándole vueltas a Her. Hay películas que no terminan cuando se encienden las luces, que siguen trabajando dentro de ti mucho después. Y hay directores que fabrican precisamente eso: no escenas, sino experiencias que se instalan y no se van.
David Fincher es, sin ninguna duda, uno de ellos. Con su cine mi cuaderno siempre acaba lleno.
Por eso, cuando llega la noticia de que no renovará su acuerdo exclusivo con Netflix, lo primero que siento no es sorpresa. Es algo más parecido a la expectación. Una pregunta que llevaba tiempo flotando en el aire empieza quizás a tener respuesta: ¿y si Fincher vuelve por fin al lugar donde su cine realmente vive?
Una relación larga, y fructífera
Fincher y Netflix llevan más de una década construyendo algo juntos.
Fue uno de los primeros grandes nombres del cine que apostó en serio por el streaming como espacio creativo. Su trabajo como productor ejecutivo y director en House of Cards ayudó a demostrar que la plataforma podía acoger cine de verdad, y no solo entretenimiento de consumo rápido.
En 2020, tras la producción de Mank, firmó un acuerdo exclusivo. De ahí salieron The Killer, con Michael Fassbender, y Mindhunter, la serie sobre perfiles criminales del FBI que durante dos temporadas fue uno de los trabajos más absorbentes de su trayectoria.
Son proyectos que merecen reconocimiento. Pero hay una diferencia enorme entre lo que Fincher hace bien y lo que Fincher consigue cuando tiene delante una sala de cine de verdad.
Lo que se pierde cuando el cine se queda en casa
Hay algo en el cine de Fincher que cuesta articular hasta que lo experimentas donde corresponde.
No es solo la imagen. No es solo el sonido, aunque ese diseño sonoro que atraviesa cada uno de sus trabajos bastaría para buscar la mejor sala disponible. Es la atmósfera. Esa sensación casi física de que la tensión existe en el aire, de que algo va a ocurrir y no hay escapatoria posible.
Zodiac. Fight Club. The Social Network. Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres. Gone Girl.
Películas que preguntan cosas incómodas sobre el poder, la identidad, la obsesión y el control. Y aquí es donde para mí Fincher conecta con el cine que más me obsesiona: esa fijación suya por el control, por el sistema que vigila y clasifica, es la misma inquietud que late en Blade Runner cuando nos preguntamos qué nos hace humanos, o en Her cuando sospechamos que hemos delegado demasiado de nosotros mismos en una máquina. Fincher no necesita replicantes ni inteligencias artificiales para hablar de lo mismo: le basta una habitación, un ordenador y una mirada que no parpadea.
Y para que todo eso funcione del todo necesita espacio: una pantalla grande y el silencio compartido de una sala.
Su última película con estreno amplio en cines fue Gone Girl, en 2014. Conviene matizar el dato, porque Mank sí llegó a las salas en 2020, pero lo hizo en un estreno limitado, casi testimonial, pensado más para la temporada de premios que para el público. Hablamos, por tanto, de más de una década sin una verdadera presencia en cartelera.
Una tendencia que merece atención
La salida de Fincher no es un caso aislado.
En los últimos tiempos, varios de los creadores más importantes vinculados a Netflix han decidido marcharse. Los hermanos Duffer, que convirtieron Stranger Things en un fenómeno cultural, se han ido a Paramount. Noah Baumbach ha firmado con Warner Bros. Shawn Levy y su productora 21 Laps, tras nueve años, han apostado por Disney.
Podría leerse como una simple reorganización del mercado. O podría ser algo más significativo: la señal de que el modelo del acuerdo exclusivo tiene un techo. De que los grandes nombres, tarde o temprano, necesitan la libertad de elegir cómo llegan sus obras al público.
Lo que viene ahora
El fin del acuerdo exclusivo no cierra la puerta entre Fincher y Netflix. Puede seguir colaborando con la plataforma en proyectos concretos. Pero recupera algo que vale más de lo que parece: la capacidad de elegir.
Y ya hay señales de que esa libertad está tomando forma. The Further Mis-Adventures of Cliff Booth, la secuela de Érase una vez en… Hollywood escrita por Tarantino, tiene previsto un pase en IMAX de dos semanas el 25 de noviembre. No es un estreno masivo, pero es un gesto. Un primer paso.
Pienso en Denis Villeneuve, que ha hecho de la defensa de la sala oscura casi una postura filosófica. O en Christopher Nolan, que nunca cedió del todo a la lógica del streaming. Ambos comparten con Fincher una misma convicción: que el cine es un rito. Que el dónde importa tanto como el qué.
El streaming ha permitido que muchos directores hicieran proyectos que los estudios tradicionales jamás habrían financiado. Mank no existiría sin Netflix. Mindhunter tampoco. Y eso tiene un valor real que sería injusto ignorar.
Pero el cine de Fincher —ese cine que interroga, que incomoda, que no ofrece salidas sencillas— merece algo más que una tarde de sofá. Merece la oscuridad compartida de una sala, el volumen correcto, la pantalla adecuada.
David Fincher tiene libertad de movimiento por primera vez en años. Y si eso significa que su próxima película la veremos donde siempre debió verse, bienvenido sea ese regreso.