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Avengers: Endgame ha vuelto a los cines con el reestreno «Encore» y ha reabierto el debate sobre qué hace que esta película funcione de verdad.
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Según el análisis que circula estos días, todo el peso emocional del film descansa sobre una única escena: el sacrificio final de Tony Stark, culmen de un arco construido durante más de una década.
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Robert Downey Jr. regresa al MCU, pero no como Iron Man: será Doctor Doom (Victor Von Doom), el némesis clásico de los Cuatro Fantásticos, en Avengers: Doomsday (18 de diciembre) y Avengers: Secret Wars (diciembre de 2027).
Hay películas que te dejan sin palabras. Y luego está Avengers: Endgame, que directamente te deja sin respiración. Recuerdo perfectamente ver el Iron Man original en el cine en 2008 y pensar que aquello era el inicio de algo enorme. Nadie podía imaginar que once años y más de veinte películas después, ese mismo personaje iba a protagonizar uno de los momentos más cargados emocionalmente que ha dado el cine de superhéroes. Pero aquí estamos.
Con motivo de su reestreno bajo el nombre Avengers: Endgame: Encore, muchos hemos vuelto a las salas a revivir el final de la Saga del Infinito. Y eso ha despertado una pregunta que, cuanto más la pienso, más interesante me parece: ¿qué es exactamente lo que hace que esta película funcione? ¿El viaje en el tiempo? ¿Las batallas épicas? ¿Los cameos y las conexiones con el resto del MCU? La respuesta, según un análisis que lleva circulando por internet, es mucho más concreta y más sencilla de lo que parece.
Todo depende de una sola escena
La premisa es casi provocadora: Avengers: Endgame tiene éxito o fracasa en base a una única escena. Solo una. Sin ella, la película no funciona.
Y cuando lo piensas con calma, tiene todo el sentido del mundo.
Esa escena es, claro, el sacrificio de Tony Stark. El momento en el que Anthony Edward Stark, el hombre que no podía dormir sin su armadura, que construyó una fortaleza tecnológica alrededor de su ego, decide dar su vida para salvar al universo.
Pero para entender por qué ese momento golpea tan fuerte, hay que mirar hacia atrás. Hacia el principio.
El arco más largo del MCU
Tony Stark empieza siendo un tipo brillante, carismático y profundamente egoísta. El primer Iron Man es básicamente la historia de un hombre al que le cuesta un disgusto monumental empezar a pensar en los demás. Su motivación inicial es, seamos honestos, la culpa y la supervivencia. No el altruismo.
Pero durante más de una década de películas, algo cambia en él. Poco a poco, sin que lo veamos venir del todo, Tony va dejando de ser el centro de su propio universo. Se convierte en padre. En alguien que tiene algo que perder de verdad.
Y eso es lo que hace que Endgame funcione: no es una película sobre superhéroes salvando el mundo. Es una película sobre un hombre que aprende, tarde y con mucho dolor, que hay cosas más importantes que él mismo.
Cuando Tony chasquea los dedos y dice «yo soy Iron Man», no es bravuconería. Es un eco perfecto de aquel «y yo soy Iron Man» con el que, en 2008, destrozó el manual de los superhéroes con identidad secreta. El mismo hombre, la misma frase, pero con un significado opuesto: entonces era puro ego; ahora es despedida. Es el personaje más egocéntrico del MCU eligiendo desaparecer para que los demás puedan existir.
Sin ese arco construido durante tanto tiempo, la escena es solo un efecto especial. Con él, es literatura.
¿Y ahora qué?
Claro que todo este análisis viene acompañado de una sombra enorme: Robert Downey Jr. vuelve al MCU. Pero no como Tony Stark. Vuelve como Doctor Doom, el villano por excelencia de los cómics de Marvel, para Avengers: Doomsday (con estreno el 18 de diciembre) y Avengers: Secret Wars (prevista para diciembre de 2027).
Y aquí conviene parar un segundo, porque a Victor Von Doom lo conocí en viñeta mucho antes de que se hablase de él en pantalla. Doom no es un villano cualquiera: es monarca de Latveria, genio a la altura de Reed Richards (al que odia con una intensidad casi romántica) y un personaje que mezcla ciencia, magia y un ego del tamaño de un continente. En Secret Wars, de hecho, llegó a jugar a ser dios. Si hay un papel capaz de igualar la huella que RDJ dejó con Stark, es precisamente este.
Tengo sentimientos encontrados, lo reconozco. Por un lado, la idea de ver a Downey ponerse la máscara de Doom me parece un golpe de genialidad: pocos actores pueden sostener a un villano tan teatral sin caer en la caricatura. Por otro, me da un miedo real que ese regreso termine abaratando el sacrificio de Endgame. Porque si algo aprendimos con Tony es que la muerte, en Marvel, puede significar algo. Y sería una pena convertirla otra vez en una puerta giratoria.
Marvel tiene delante una oportunidad enorme. Y también la posibilidad de estropearlo todo si no trata con el cuidado que merece el legado de Tony Stark.
Endgame no es perfecta. Tiene agujeros de guion, alguna decisión narrativa que todavía me hace fruncir el ceño y una segunda mitad que corre más de lo que debería. Pero esa escena, esa, la tiene. Y con ella tiene suficiente para justificar todo lo demás.
Porque al final, lo que diferencia una buena película de superhéroes de una película memorable es exactamente esto: que haya un momento en el que te olvides de los efectos visuales, de los easter eggs y de las conexiones del universo expandido, y simplemente sientas algo de verdad. Endgame lo consigue. Y eso, en el cine de hoy, no es poca cosa.