El biopic de Michael es pura propaganda y su calidad técnica pasa desapercibida

El biopic Michael deslumbra técnicamente pero es pura hagiografía: evita toda controversia y convierte al Rey del Pop en un santo sin aristas.

✍🏻 Por Tomas Velarde

abril 22, 2026

• El biopic Michael cubre la vida del Rey del Pop desde su infancia en Gary, Indiana, hasta 1988, evitando deliberadamente las controversias y acusaciones que marcaron sus últimos años.

• A pesar de su impecable factura técnica y las recreaciones musicales brillantes, la película ofrece un retrato tan edulcorado y unidimensional de Jackson que resulta cinematográficamente irrelevante.

• Este ejercicio de blanqueamiento biográfico representa todo lo que está mal en el cine de biopics contemporáneo: espectáculo sin sustancia, hagiografía sin verdad.


Hay algo profundamente perturbador en la forma en que Hollywood ha convertido el biopic en un género de propaganda.

Donde antes teníamos obras como Raging Bull de Scorsese —que no temía mostrar a Jake LaMotta en toda su brutalidad y contradicción— o Amadeus de Miloš Forman —que entendía que la grandeza artística puede convivir con la mezquindad humana—, ahora nos conformamos con hagiografías sanitizadas diseñadas para vender entradas y merchandising.

Michael, el nuevo filme sobre Michael Jackson dirigido por Antoine Fuqua, es quizá el ejemplo más flagrante de esta tendencia.

Lo que resulta particularmente frustrante es que Fuqua ha demostrado en el pasado ser un realizador competente. Su trabajo en Training Day mostraba una comprensión de la ambigüedad moral, de cómo los héroes pueden ser villanos y viceversa.

Pero aquí, enfrentado a una de las figuras más complejas y controvertidas de la cultura popular moderna, opta por el camino más seguro: convertir a Jackson en un santo mártir cuyo único pecado fue nacer con un talento extraordinario y un padre abusivo.


Un ejercicio de omisión calculada

La decisión más reveladora de Michael no está en lo que muestra, sino en lo que deliberadamente oculta.

El filme traza la vida de Jackson desde sus humildes orígenes en Gary, Indiana, pasando por el fenómeno de los Jackson 5, hasta culminar en 1988 durante la gira del álbum Bad. Este punto final no es casual ni inocente: es una estrategia narrativa que permite a los realizadores evitar todo lo incómodo.

Es como si alguien decidiera hacer una película sobre Richard Wagner que terminara justo antes de que sus escritos antisemitas salieran a la luz. La vida de un artista no termina cuando deja de ser conveniente para su legado.

Según reveló The New Yorker, el montaje original incluía una recreación de la redada policial de 1993 en Neverland Ranch, relacionada con las acusaciones de abuso. Esta secuencia fue eliminada después de que los productores descubrieran que el acuerdo de Jackson con la familia Chandler incluía una cláusula que prohibía al patrimonio del artista representar esos eventos.

Legalmente comprensible, quizá. Artísticamente, una capitulación total.


Un protagonista sin sombras

Jaafar Jackson, sobrino real de Michael, interpreta al Rey del Pop con una dedicación evidente. Captura las inflexiones vocales, los movimientos de baile, la energía escénica que hizo de su tío un fenómeno global.

Pero el guion le da tan poco con qué trabajar que su actuación se convierte en mera imitación, en un ejercicio de mímica sofisticada.

El Michael Jackson de esta película es casi perfecto: un genio musical que sufre principalmente a manos de su padre tiránico, que es caritativo con sus fans, devoto de su madre, y cuyas decisiones más cuestionables se presentan como consecuencias de presiones externas en lugar de elecciones personales.

Es un personaje sin aristas, sin oscuridad real, sin la complejidad psicológica que haría de él un ser humano creíble.

Recuerdo las palabras de Billy Wilder cuando le preguntaron sobre cómo escribir personajes memorables: «Hazlos contradictorios. La gente real es contradictoria». El Michael de Fuqua no tiene contradicciones.

Si Michael es presentado como un santo, su padre Joe Jackson —interpretado por Colman Domingo— es el demonio necesario para que la narrativa funcione. Domingo, un actor de considerable talento, se ve reducido a interpretar a un monstruo unidimensional que golpea, humilla y manipula a su familia por dinero.

Es cierto que Joe Jackson fue, por todos los testimonios, un padre abusivo. Pero incluso los monstruos tienen matices.

Aquí, Joe Jackson es simplemente el antagonista que la película necesita para generar conflicto, porque sin él no habría drama alguno. Es un recurso narrativo, no un personaje.


El triunfo de la forma sobre el fondo

Donde Michael sí brilla es en su factura técnica.

Las recreaciones de las actuaciones icónicas —el moonwalk, la coreografía de Thriller— están ejecutadas con precisión y energía. El diseño de producción de Barbara Ling y el vestuario de Marci Rodgers capturan la estética de cada época con detalle meticuloso.

El sonido es impecable, y el desfile constante de éxitos de los Jackson 5 y de la carrera solista de Michael funciona como debería: es imposible no dejarse llevar por esa música.

Pero aquí está el problema fundamental: una película no es un concierto.

El cine no es solo espectáculo visual y auditivo; es narrativa, es exploración de la condición humana, es la capacidad de iluminar verdades incómodas sobre nosotros mismos y nuestro mundo.

Kubrick podía crear imágenes deslumbrantes en Barry Lyndon, pero esas imágenes servían a una exploración devastadora sobre la ambición y el destino.

En Michael, la belleza técnica es un fin en sí mismo, una distracción de la vacuidad narrativa. Es como admirar el marco dorado de un cuadro mientras ignoramos que el lienzo está en blanco.


La oportunidad perdida

Lo más frustrante de Michael no es lo que es, sino lo que podría haber sido.

Incluso sin abordar directamente las acusaciones específicas —algo que, como hemos visto, estaba legalmente comprometido—, la película podría haber ofrecido una reflexión profunda sobre el precio de la fama infantil, sobre cómo la industria del entretenimiento consume a sus estrellas más jóvenes.

Hay precedentes de cómo hacerlo bien. The Elephant Man de David Lynch nunca mostró explícitamente el abuso que sufrió John Merrick, pero transmitió con devastadora claridad el coste emocional de ser tratado como un objeto.

Mishima: A Life in Four Chapters de Paul Schrader exploró las contradicciones de su protagonista sin juzgarlo ni absolverlo, permitiendo que el público sacara sus propias conclusiones.

Fuqua tenía todos los recursos a su disposición: un presupuesto generoso, acceso al archivo musical completo, un reparto comprometido. Lo que le faltó fue coraje artístico.

O quizá nunca fue su intención hacer una película honesta; quizá desde el principio esto estaba concebido como un producto comercial disfrazado de arte.


El cine como propaganda

Hay una escena en la película donde Berry Gordy, fundador de Motown, le dice al joven Michael: «En este negocio, mientes sobre todo».

Es un momento de ironía involuntaria tan perfecta que casi resulta cómica. Porque eso es exactamente lo que Michael hace: mentir por omisión, construir una narrativa que sirve a los intereses del patrimonio del artista en lugar de servir a la verdad o al arte cinematográfico.

Este fenómeno se ha convertido en una plaga del cine contemporáneo. Vemos versiones sanitizadas de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, de Elton John en Rocketman, de figuras históricas transformadas en productos de consumo fácil, despojados de todo lo que los hacía humanos, complejos, interesantes.

El cine clásico no temía la complejidad. Citizen Kane de Welles presentaba a Charles Foster Kane como un titán y un fracaso, un visionario y un tirano.

Esas películas confiaban en la inteligencia del público para lidiar con la ambigüedad.

Miles Teller aparece brevemente como John Branca, el abogado de Jackson y actual co-ejecutor de su patrimonio. Su presencia es casi testimonial, un recordatorio de que esta película existe con la bendición y supervisión de quienes controlan el legado comercial de Jackson.

No es arte independiente; es contenido autorizado.

Y ahí radica el problema fundamental. El arte verdadero requiere distancia crítica, requiere la libertad de cuestionar, de explorar, de incomodar.

Cuando una película sobre un artista está controlada por quienes tienen intereses financieros en mantener una imagen específica de ese artista, deja de ser cine para convertirse en publicidad extendida.


Antoine Fuqua ha creado una película técnicamente competente que funcionará perfectamente para quienes buscan un homenaje nostálgico al Rey del Pop, una celebración sin complicaciones de su música y su impacto cultural.

Para el resto de nosotros, para quienes creemos que el cine tiene una responsabilidad mayor que el mero entretenimiento, Michael representa una oportunidad desperdiciada de proporciones épicas.

El verdadero Michael Jackson —con todas sus contradicciones, su genialidad, sus traumas, sus decisiones cuestionables— sigue esperando una película que lo trate como un ser humano completo en lugar de como un producto a vender.

Hasta entonces, nos quedamos con este simulacro pulido, esta versión autorizada que dice más sobre nuestra incapacidad cultural para enfrentarnos a verdades incómodas que sobre el hombre que cambió la música popular para siempre.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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