He-Man mata a su padre y Masters of the Universe finge que no ha pasado nada

He-Man mata accidentalmente a su padre y el guión mira hacia otro lado. Un error narrativo imperdonable que arruina la única película que podría haber cambiado el cine de superhéroes.

✍🏻 Por Tomas Velarde

junio 8, 2026
  • Lo esencial: Masters of the Universe (2026), dirigida por Travis Knight, protagonizada por Nicholas Galitzine y escrita por nada menos que seis guionistas, parte de una premisa sólida y la dilapida por completo.
  • Mi veredicto: la película comete una de las decisiones narrativas más irresponsables que he visto en el cine de superhéroes reciente —He-Man mata accidentalmente a su padre y no asume consecuencia moral alguna— y traiciona su propio tema, la empatía, con un héroe que lo resuelve todo a golpes.
  • Para situarla: allí donde el cine supo construir culpa y madurez con la muerte del Tío Ben en Spider-Man, aquí solo hay silencio, olvido conveniente y un guión que prefiere mirar hacia otro lado.

Hay un principio que aprendí leyendo a los grandes teóricos del cine, y que luego confirmé viendo una y otra vez las obras de Wilder, Bergman o Kurosawa: una película no falla por sus efectos especiales ni por su presupuesto. Falla cuando traiciona su propia lógica interna. Cuando el guión dice una cosa y la historia hace otra. Cuando el protagonista actúa de una manera que resulta incompatible con quien se supone que es.

Eso, exactamente eso, es lo que ocurre en Masters of the Universe (2026), dirigida por Travis Knight y escrita, significativamente, por seis guionistas. Seis. Cuando uno ve ese dato en los créditos, sabe que algo no va a funcionar. Y vaya si no funciona.

Lo lamento especialmente por Knight, un cineasta que en Kubo y las dos cuerdas mágicas demostró un sentido del encuadre y del ritmo poco comunes. Allí, cada plano de animación parecía pensado al milímetro. Aquí, en cambio, da la impresión de dirigir contra el guión, no con él.


La película arranca con una premisa razonable: el joven Príncipe Adam es enviado a la Tierra para protegerlo de Skeletor, y regresa quince años después —ya adulto, interpretado por Nicholas Galitzine— para reclamar su reino. Su padre, el Rey Randor (James Purefoy), lleva todo ese tiempo cautivo de Skeletor.

Hasta aquí, nada que no hayamos visto antes en otros formatos. El problema llega en Snake Mountain, durante una confrontación con Skeletor —encarnado por un Jared Leto que uno imagina con cara de estar en otro film completamente distinto—. Adam pierde el control, desata el poder de la Espada de Grayskull con tal violencia que el techo se derrumba. Y bajo los escombros queda aplastado su padre. El hombre que llevaba tres lustros esperando ser rescatado.

El plano del derrumbe, por cierto, es lo mejor de la secuencia: la cámara se queda un instante sobre la mano del Rey Randor entre las rocas, un encuadre que promete duelo, peso, tragedia. Es un momento de una potencia dramática innegable. Podría serlo, al menos.

Pero entonces ocurre algo que me dejó verdaderamente perplejo. Adam regresa junto a su madre, la Reina Marlena (Charlotte Riley), y ante la pregunta inevitable, le dice únicamente: «Se ha ido.» Sin más. Sin explicación. Sin confesión. Sin el más mínimo atisbo de culpa.

Y la película sigue. Como si nada hubiera pasado.


He pensado mucho en Alfred Hitchcock al reflexionar sobre esta escena. Hitchcock entendía mejor que nadie el peso del secreto, la manera en que una verdad no confesada puede corroer a un personaje desde dentro. Piensen en Vértigo, en Rebeca, en Crimen perfecto. El silencio de los personajes hitchcockianos tiene consecuencias. Tiene textura. Tiene precio.

Aquí, el silencio de Adam no tiene absolutamente nada. Es un vacío narrativo disfrazado de misterio. Fíjense en el rostro de la Reina Marlena al escuchar esas dos palabras: la cámara la abandona enseguida, como si la propia película tuviera prisa por olvidar lo que acaba de mostrar.

La comparación más obvia, y la más justa, es con Peter Parker y la muerte del Tío Ben. Llevo décadas defendiendo que ese momento fundacional de Spider-Man —la inacción de un adolescente que podría haber evitado una tragedia y no lo hizo— es uno de los mejores arcos de culpa que el cine de superhéroes ha producido. No porque sea espectacular. Sino porque es verdadero. Porque construye un personaje a partir de una herida que jamás cierra del todo.

Adam no siente culpa. Adam actúa. Y en la batalla final, cuando Skeletor intenta rendirse, He-Man le espeta: «El tiempo de hablar se ha terminado.» Y lo mata.


Aquí está la contradicción que arruina el film en su conjunto.

La Hechicera —interpretada por una Morena Baccarin a la que el guión apenas concede dos escenas de auténtica entidad— eligió a Adam para empuñar la Espada del Poder precisamente por su capacidad de empatía. No por su fuerza. No por su valentía en el combate. Sino por su comprensión de los demás. El film, con toda la solemnidad del mundo, nos dice que el verdadero poder masculino reside en la empatía.

Y luego, sistemáticamente, nos muestra a He-Man resolviendo cada situación a golpes, encubriendo un accidente que habría matado moralmente a cualquier personaje bien construido, y rematando al villano cuando este ya se había rendido.

Esto no es una cuestión de gustos cinéfilos. Es una falla estructural básica. Si el tema de tu película es la empatía, tu protagonista debe aprender empatía. Debe fallar, reconocerlo, y crecer. Lo que no puede hacer es proclamar la empatía como virtud y comportarse como el opuesto de ella en cada escena relevante.

Billy Wilder solía decir que si hay problemas en el tercer acto, el problema real está en el primero. En este caso, el problema está en todos los actos a la vez.

Pienso en Kubrick, ese maniático del control absoluto que repetía un plano cuarenta veces hasta que el sentido encajaba con la forma. Imaginen lo contrario: seis manos distintas tirando del relato en seis direcciones, sin nadie que imponga una visión única. El resultado es esta dispersión, esta sensación de que nadie a bordo se preguntó qué historia estaban contando en realidad.


El resultado final es una película que se contradice a sí misma con una desenvoltura que, en otras circunstancias, podría resultar admirable. Masters of the Universe (2026) tiene la ambición temática de una obra seria y la coherencia narrativa de un borrador sin revisar. Es exactamente el tipo de producción sobreescrita y subpensada que uno espera cuando seis guionistas se reparten el trabajo de contar una sola historia.

Lo más triste es que el material estaba ahí. Un hijo que mata accidentalmente a su padre. Una verdad enterrada bajo los escombros. Una madre que nunca sabrá la verdad. Ese es el material del que están hechas las grandes tragedias, desde Hamlet hasta El séptimo sello. En manos de un guionista con criterio y un director con visión, esa escena podría haber dado a Masters of the Universe una profundidad que pocas películas del género han alcanzado. En cambio, se convirtió en un detalle incómodo que el guión prefirió ignorar. Y eso, precisamente, es lo que separa al cine que perdura del cine que se olvida en el aparcamiento de camino a casa.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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