• El cine de catástrofes ha convertido las soluciones más descabelladas en uno de sus recursos más eficaces para conectar con el espectador, apelando al instinto más primitivo del espectáculo.
• Mientras algunos títulos, como Deep Impact, se atreven con la destrucción inevitable del planeta, la mayoría apuesta por héroes improbables que salvan el mundo de las maneras más absurdas imaginables.
• La clave de su éxito no está en la verosimilitud científica, sino en la capacidad de provocar ese clímax que desata una descarga emocional colectiva e irracional en la sala.
• Opinión: Siendo un género alejado de mis preferencias habituales, estos filmes poseen una honestidad que muchas producciones más pretenciosas deberían envidiar: saben exactamente lo que son y no fingen ser otra cosa.
Hay una pregunta que me hago con cierta frecuencia cuando me enfrento a una de estas grandes producciones de catástrofes: ¿desde cuándo el absurdo se convirtió en un género cinematográfico con identidad propia? No lo digo con desprecio. Lo digo con la curiosidad genuina de quien lleva décadas analizando el lenguaje del cine y observa, con fascinación y cierto desconcierto, cómo Hollywood ha perfeccionado el arte de plantear el fin del mundo para resolverlo luego con una lógica que desafía cualquier análisis racional.
Pienso en cómo Kubrick abordó el apocalipsis nuclear en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú —con esa ironía devastadora del comandante Ripper obsesionado con la pureza de sus fluidos corporales mientras el mundo se precipita al abismo— y me pregunto qué habría pensado al ver a un grupo de obreros del petróleo convertidos en astronautas para salvar la Tierra de un asteroide. Probablemente habría encontrado material suficiente para otra disertación sobre la absurdidad de la condición humana. Y quizás, en el fondo, no le habría faltado razón del todo.
El placer del fin del mundo
El cine de catástrofes siempre ha tenido algo de ritual colectivo. La amenaza, el pánico, el héroe y la redención. Una estructura tan antigua como el propio relato humano.
Lo que ha cambiado con el tiempo no es la esencia narrativa, sino la magnitud de la inverosimilitud. Vivimos en una época en que los guionistas parecen competir por ver quién imagina el escenario más devastador y, al mismo tiempo, la solución más disparatada.
Y el público, lejos de rechazarlo, lo celebra con un entusiasmo que no deja de ser revelador.
Lo improbable como atractivo
¿Por qué nos gustan tanto estas películas? La respuesta, creo, reside en uno de los impulsos narrativos más primitivos: la historia del perdedor que lo da todo y gana. El clásico underdog. Ese personaje que no debería estar ahí, que carece de formación y de recursos, y que sin embargo termina siendo el último bastión entre la humanidad y su extinción.
No es una fórmula nueva. Kurosawa ya la ennobleció en Los siete samuráis, donde un puñado de guerreros sin causa ni recompensa se erigía en la única esperanza de unos campesinos indefensos. La diferencia es de altura moral y de oficio: allí había una reflexión sobre el honor y el sacrificio; aquí, un cronómetro y un detonador.
Porque el cine de catástrofes moderno ha llevado esa figura a un extremo que roza lo paródico sin pretenderlo. Y ahí reside, precisamente, parte de su encanto involuntario.
Entre la tragedia y la euforia
Conviene señalar que no todos los filmes del género optan por el final triunfante. Deep Impact tiene el valor de mostrar que a veces la catástrofe no se puede evitar, que la humanidad simplemente pierde. Es una decisión narrativa poco frecuente en el Hollywood contemporáneo, y posee cierta honestidad dramática que merece respeto.
Pero la mayoría prefiere otro camino: el de la victoria improbable. Y para ello recurren a soluciones tan inverosímiles que resulta difícil no sonreír, aunque sea con complicidad.
Obreros del petróleo enviados al espacio para detonar una bomba en el núcleo de un asteroide, como en Armageddon. Robots colosales enfrentándose a criaturas alienígenas en Pacific Rim. Fuerzas tectónicas convertidas en el último recurso de la civilización en 2012. No, nada de esto tiene sentido desde un punto de vista científico.
Pero tampoco lo tenía el MacGuffin hitchcockiano en muchas de sus tramas —¿a quién le importaba en realidad qué contenían los microfilmes de Con la muerte en los talones?—, y eso no le impedía a Hitchcock construir el suspense más eficaz de toda la historia del cine.
La honestidad del espectáculo
Lo que distingue a las mejores películas de este subgénero —y digo «mejores» en términos de lo que se proponen, no de lo que yo valoraría como gran cine— es la honestidad con la que abrazan su propia ridiculez.
No fingen ser otra cosa. No aspiran a Bergman ni a Tarkovsky. Saben que su misión es llevar al espectador a ese punto en que el corazón se acelera y el cerebro, por un instante, deja de funcionar. Y cuando lo logran, cumplen su cometido con una eficacia que no se puede desdeñar sin más.
Hay una máxima implícita en estas películas que, curiosamente, no difiere tanto de la de las grandes obras clásicas: el desenlace debe estar a la altura del conflicto planteado. Si la amenaza es colosal y absurda, la solución también debe serlo. En eso, al menos, existe una coherencia interna que merece cierto reconocimiento.
Podría aprovechar estas líneas para lamentar que el cine comercial moderno prefiera las explosiones digitales a las ideas. Podría citar a Wilder o a Bergman y recordar que el séptimo arte puede ser mucho más que pirotecnia. Pero sería injusto y, sobre todo, deshonesto. Estas películas no compiten con El séptimo sello ni con Con faldas y a lo loco. Existen para otra cosa.
Y esa otra cosa, cuando se ejecuta con convicción, tiene su propia dignidad. El cine siempre ha sido —entre otras muchas cosas— el arte de hacernos creer lo increíble durante dos horas. Hitchcock lo conseguía con la escalera de caracol y la mirada enfermiza de James Stewart en Vértigo. Estos filmes lo intentan con robots y asteroides.
El mecanismo es distinto, la escala es distinta, pero el impulso es el mismo: que el espectador salga de la sala habiendo sentido algo. Y si ese algo consiste en levantarse del asiento y aplaudir ante lo más descabellado que ha visto en su vida, pues bienvenido sea. El cine, en todas sus formas y contradicciones, siempre encuentra la manera de cumplir su promesa.

