- El director James Watkins asegura que Clayface apostará por gore y body horror sin concesiones, pero al servicio de una carga emocional que trasciende el susto fácil.
- Durante la SDCC, Jim Lee convirtió en directo un boceto de Tom Rhys Harries en una ilustración del aspecto final del personaje, con evidentes guiños a Batman: The Animated Series.
- Personalmente, me entusiasma que DC se atreva con una tragedia gótica de clasificación R: es justo el tipo de riesgo que este universo necesitaba para dejar de sonar a fórmula.
Hay proyectos del nuevo universo DC que despiertan recelo desde el mismo instante en que se anuncian. Una película de Clayface, seamos sinceros, suena extraña sobre el papel. Es un personaje icónico en el cómic y en la animación, cierto, pero llevarlo al cine con credibilidad es harina de otro costal.
Y sin embargo, cada nueva pieza de información que sale a la luz lo vuelve más fascinante. A veces la rareza es precisamente lo que un universo necesita para tomar aire.
La San Diego Comic-Con de este año nos regaló una de esas presentaciones que no figuraban en el programa oficial y que terminan siendo las más comentadas. James Watkins, director de Clayface, y Tom Rhys Harries, su protagonista, se colaron en el panel de Jim Lee and Friends con una carta escondida. Y lo que ocurrió allí dice mucho sobre el rumbo de esta película.
Lo que pasó en la SDCC: Jim Lee y un boceto que se convirtió en historia
La mecánica fue tan simple como brillante. Harries garabateó un boceto rudimentario de Clayface —algo que, admitámoslo, cualquiera podría improvisar con un rotulador y algo de fe— y Jim Lee tomó ese punto de partida para elevarlo a una ilustración detallada de la forma monstruosa final del personaje.
El resultado impacta tanto en lo visual como en lo emocional. No se ha confirmado oficialmente que sea el diseño definitivo, pero todo apunta a que estará muy en sintonía con la versión que muchos llevamos grabada a fuego: la de Batman: The Animated Series.
Y ahí conviene recordar de dónde venimos. Aquel diseño nace del trabajo de Bruce Timm y Paul Dini, los arquitectos de una etapa animada que redefinió a media galería de villanos de Gotham. Que la película beba de esa fuente, y no de una reinvención caprichosa, es una declaración de intenciones preciosa para quienes crecimos con esa serie.
Gore con alma: lo que promete James Watkins
En una entrevista posterior con Deadline, Watkins no se anduvo con rodeos sobre el tono. Sus palabras: «Va a darle a la gente mucho asco y mucho gore». Confirma la clasificación R y subraya que el body horror será un pilar del relato, no un adorno.

Pero aquí está el matiz importante: Watkins insiste en que toda esa crudeza está al servicio de algo emocional. No es gore gratuito. Es gore porque Matt Hagen es un personaje trágico, y su desmoronamiento físico debe doler también por dentro.
La referencia que me viene a la cabeza no es tanto una película de superhéroes como el cine de David Cronenberg. En La mosca, la transformación del cuerpo era el vehículo perfecto para hablar de la pérdida, del deterioro y de la identidad que se escapa entre los dedos. Si Clayface apunta en esa dirección, el body horror deja de ser espectáculo para convertirse en lenguaje. Y cuando eso funciona, funciona de verdad.
Matt Hagen: ni héroe ni villano, sino algo más interesante
Watkins ha rastreado las distintas encarnaciones del personaje en el cómic —Basil Karlo, Matt Hagen y compañía— y se ha quedado con lo que más le seduce: la dimensión emocional. La soledad, el rechazo, la melancolía de alguien que, literalmente, no consigue sostener su propia forma.
Esa metáfora, en manos de quien la comprende, tiene un potencial enorme. Clayface no es un tipo que quiera arrasar el planeta. Es alguien quebrado que busca su lugar y que, en el intento, comete atrocidades. Eso resulta infinitamente más rico que cualquier MacGuffin de supervillano de manual.
El propio director lo sintetiza: «La dualidad de Clayface es muy interesante. Es un antihéroe, pero no un villano en su totalidad.» Para mí, esa frase es la mejor garantía que podía ofrecer el proyecto.
Las comparaciones con Joker y The Substance
Como era de esperar, ya hay quien compara Clayface con Joker y con The Substance. Watkins lo asume sin complejos y se apresura a matizarlo: la película quiere tener voz propia, atmósfera propia.
Es una postura inteligente. Reconocer las influencias sin quedar aplastado por ellas. Joker abrió una vía para el cine de superhéroes que muchos intentaron replicar con suerte dispar. The Substance empujó el body horror hasta territorios incómodos. Clayface parece dispuesta a beber de ambas sin quedarse atrapada en ninguna.
Y conviene recordar el contexto DC más amplio. Este es un universo que ha pasado por el gótico exuberante de Burton, el realismo solemne de Nolan, la épica operística de Snyder y hasta los tropiezos ruidosos de los 2000. Una tragedia gótica de terror encaja en ese linaje mucho mejor de lo que parece a primera vista; simplemente es una tecla que casi nunca se ha pulsado.
Que DC apueste por historias así —más íntimas, más de género, más arriesgadas— es de las mejores noticias que podíamos recibir ahora mismo. James Gunn ha dejado claro que este universo tiene hueco para proyectos que rompen el molde, y Clayface se perfila como uno de los ejemplos más valientes de esa hoja de ruta.
Si Watkins logra ese equilibrio entre el horror visceral y la hondura emocional que anuncia, podríamos estar ante algo genuinamente distinto. No la enésima película de superhéroes, sino una fábula trágica disfrazada de gran producción. Y, francamente, eso es justo lo que le faltaba a DC en este momento.

