• Disney anunció Hocus Pocus 3 en junio de 2023, pero el reparto original de 1993 no ha recibido contacto alguno del estudio, mientras Bette Midler sí ha leído un guion que califica de «brillante».
• Los cambios ejecutivos en Disney han dejado el proyecto en un limbo que ejemplifica cómo el cine de franquicia moderno subordina la visión creativa a los organigramas corporativos.
• La primera Hocus Pocus funcionaba porque Kenny Ortega entendía que el espectáculo necesita corazón, algo que la secuela de 2022 olvidó en su carrera por el éxito de streaming.
Hay algo profundamente revelador en la forma en que Hollywood trata sus propias resurrecciones. Cuando una franquicia dormida durante décadas despierta para convertirse en un éxito rotundo, la maquinaria corporativa se pone en marcha con anuncios grandilocuentes. Pero entre el comunicado de prensa y la realidad del rodaje existe un abismo donde los proyectos languidecer indefinidamente.
Recuerdo haber visto Hocus Pocus en su estreno de 1993, cuando Kenny Ortega todavía creía que una película infantil podía tener alma además de efectos especiales. Era cine honesto, con personajes que importaban. Hoy, ese mismo título se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo los estudios modernos gestionan —o más bien, maltratan— sus propiedades intelectuales.
En junio de 2023, Disney confirmó oficialmente el desarrollo de Hocus Pocus 3. Anne Fletcher regresaría como directora y Jen D’Angelo volvería al guion. La secuela de 2022 había batido récords en Disney+, convirtiéndose en la película original más vista de la plataforma. El éxito comercial estaba ahí, innegable.
Sin embargo, casi dos años después, la situación se ha vuelto turbia. Durante la MegaCon Orlando, los actores del filme original —Omri Katz, Vinessa Shaw, Thora Birch y Jason Marsden— revelaron algo inquietante: ninguno ha recibido contacto alguno por parte de Disney.
Marsden fue particularmente franco. Los recientes cambios corporativos en el estudio, incluyendo la llegada de un nuevo director ejecutivo, han dejado el proyecto en un limbo. Es una situación que habría sido impensable en los estudios clásicos. Cuando Billy Wilder desarrollaba un proyecto en la Paramount, no dependía de que un ejecutivo nuevo decidiera si su visión merecía existir o no.
Lo frustrante es la disposición del reparto. A pesar del silencio del estudio, los cuatro actores expresaron su entusiasmo por regresar. «No sabemos qué vida tiene esto. Si lo hacen y nos invitan, absolutamente», declaró Marsden. Es el tipo de compromiso que cualquier estudio debería valorar, especialmente cuando se trata de una propiedad que depende del cariño del público hacia los personajes originales.
Mientras tanto, Bette Midler —protagonista de la secuela— ofreció una actualización más esperanzadora a finales de 2025. Durante una aparición en Watch What Happens Live, reveló que Disney le había enviado un guion con elementos «brillantes». Según sus palabras, el equipo trabaja actualmente en localización y presupuesto.
Esta disparidad es reveladora. Midler recibe guiones y actualizaciones. El reparto original, cuya película sentó las bases de todo este universo, no recibe ni una llamada. Es una jerarquía que dice mucho sobre cómo los estudios priorizan el éxito reciente sobre el legado fundacional.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si Hocus Pocus 3 se hará eventualmente —probablemente sí— sino qué tipo de película será. ¿Continuará ignorando a los personajes que iniciaron esta historia? ¿O encontrará una forma orgánica de integrar ambas generaciones?
La primera Hocus Pocus funcionaba porque Ortega entendía algo fundamental: el espectáculo necesita anclarse en lo humano. Los niños protagonistas no eran meros vehículos para las payasadas de las brujas; tenían su propio arco emocional. Max protegiendo a su hermana pequeña, Allison encontrando valentía, incluso Binx atrapado en su maldición centenaria. Había dirección de actores, había puesta en escena que servía a la narrativa.
La segunda entrega, aunque comercialmente exitosa, dependía casi exclusivamente del carisma de Midler, Sarah Jessica Parker y Kathy Najimy. Era entretenimiento competente, diseñado para el consumo en streaming, pero carecía de la textura que el original había logrado. Fletcher dirigió con eficiencia, pero sin la comprensión de que el género fantástico necesita credibilidad emocional para funcionar.
Hitchcock solía decir que el suspense no viene de lo que ves, sino de lo que sabes que puede pasar. Esa tensión entre lo conocido y lo temido es lo que hacía que la primera Hocus Pocus funcionara para los niños: el peligro se sentía real porque los personajes nos importaban. La secuela olvidó esa lección básica de narrativa.
Lo que el caso de Hocus Pocus 3 nos revela es una verdad incómoda sobre el cine contemporáneo de franquicia: los proyectos ya no se desarrollan orgánicamente desde una visión creativa. Se gestionan como activos corporativos sujetos a las fluctuaciones del mercado y los caprichos ejecutivos.
Un anuncio oficial ya no significa nada. Es simplemente una declaración de intenciones que puede evaporarse con el siguiente cambio de guardia en la cúpula directiva. En los estudios clásicos, un director como Wilder o Kubrick tenía control sobre su obra. Hoy, ese control reside en salas de juntas donde se discuten márgenes de beneficio, no encuadres ni arcos narrativos.
Mientras tanto, actores comprometidos esperan junto al teléfono, guiones «brillantes» circulan entre abogados, y el público que hizo de Hocus Pocus 2 un fenómeno se pregunta si alguna vez verá esa tercera entrega prometida.
Es el tipo de situación que los maestros del cine jamás habrían tolerado. Pero se ha convertido en la norma en una industria donde el arte del cine ha quedado subordinado al arte del comunicado de prensa. Ojalá me equivoque, y Hocus Pocus 3 termine siendo más que otro proyecto atrapado en el purgatorio del desarrollo. Pero he visto demasiadas resurrecciones fallidas como para mantener la esperanza.

