• Jackson apuesta por un Gollum psicológico inspirado en Joker, abandonando la épica por la mente fracturada de un personaje que siempre fue más víctima que villano.
• Esta decisión me recuerda por qué la fantasía funciona mejor cuando explora lo humano que cuando persigue el espectáculo: como Blade Runner nos hizo cuestionar qué significa ser humano, esta película pregunta qué queda de Sméagol.
• Serkis dirigiendo su propio personaje después de 20 años es casi un experimento meta-narrativo sobre identidad, similar a cuando un androide toma conciencia de sí mismo.
Hay algo profundamente inquietante en la idea de que un personaje pueda ser definido por su propia desintegración.
Gollum nunca fue el villano clásico de la Tierra Media. Era algo más perturbador: un espejo de lo que la obsesión puede hacernos.
Y ahora, Peter Jackson ha confirmado que la próxima película sobre este ser atormentado no será una aventura épica más, sino un descenso psicológico inspirado en Joker. Sí, esa película que nos hizo pausar y preguntarnos dónde termina la víctima y dónde comienza el monstruo.
La comparación no es casual ni superficial. Ambos personajes comparten algo más que la locura: comparten la tragedia de una identidad fragmentada, la adicción como motor narrativo, y esa capacidad de hacernos sentir incómodos mientras los observamos.
Si Joker nos mostró cómo Gotham crea sus propios demonios, The Hunt for Gollum promete explorar cómo la Tierra Media —y el Anillo Único— forjaron al suyo.
Y eso, en manos de Andy Serkis, podría ser algo extraordinario.
Un cambio de perspectiva: del espectáculo a la psique
Lo que Jackson propone no es menor.
Durante años, las películas de la Tierra Media han sido sinónimo de batallas épicas, paisajes imposibles y momentos de heroísmo coral. Pero The Hunt for Gollum parece querer romper ese molde.
En lugar de seguir a Aragorn en su misión de capturar a Gollum antes de que revele la ubicación del Anillo a Sauron, la película pondrá el foco en Sméagol. En su mente.
En esa conversación eterna entre lo que fue y lo que se convirtió.
Jackson lo explicó con claridad: quieren contar la historia que aparece en los apéndices de Tolkien, pero desde una perspectiva interna.
No se trata solo de qué hizo Gollum, sino de cómo lo vivió. Qué voces escuchaba. Qué justificaciones se daba a sí mismo.
Cómo la adicción al Anillo no era solo un detalle argumental, sino el núcleo de su existencia.
Es un giro narrativo que recuerda a lo que Todd Phillips hizo con Arthur Fleck. Ambos directores entienden que el verdadero horror no está en la violencia externa, sino en la erosión interna.
En cómo alguien puede perderse a sí mismo sin darse cuenta, o peor aún, dándose cuenta y siendo incapaz de detenerse.
Me recuerda a cuando pausé Her en esa escena donde Theodore se da cuenta de que Samantha está hablando con miles de personas a la vez. Ese momento de comprensión de que la identidad que creías conocer nunca fue lo que pensabas.
Con Gollum pasa algo similar: ¿evolucionó en otra cosa o simplemente se perdió a sí mismo?
Andy Serkis: el único que puede dirigir esto
Hay una honestidad brutal en la decisión de Jackson de no dirigir esta película.
Podría haberlo hecho. Tiene la experiencia, el prestigio, el conocimiento de la Tierra Media.
Pero eligió a Andy Serkis, y su razonamiento es tan simple como contundente: «Si creyera que yo haría una película mejor, la haría. Pero creo que hay alguien que va a hacer una película realmente interesante aquí, y no soy yo».
Serkis lleva más de dos décadas siendo Gollum. No solo prestándole su voz o sus movimientos, sino habitándolo.
Entendiendo sus contradicciones, sus miedos, su dolor.
Si alguien puede explorar la adicción y las luchas internas de Sméagol sin caer en el melodrama o la caricatura, es él.
Y eso es lo fascinante de esta propuesta. No estamos ante un director externo intentando interpretar a un personaje.
Estamos ante el personaje mismo tomando las riendas de su propia historia.
Es casi meta-narrativo. Como si Gollum finalmente tuviera la oportunidad de contarnos su versión, sin filtros, sin juicios externos.
En Star Trek, cuando Data exploraba su humanidad, lo hacía desde dentro. Aquí tenemos algo parecido: el actor que dio vida a Gollum explorando qué significa ser Gollum.
Los apéndices: el tesoro oculto de Tolkien
Mucha gente no sabe que El Señor de los Anillos incluye entre 50 y 60 páginas de apéndices.
Material que Tolkien escribió pero que nunca formó parte de la narrativa principal. Historias, genealogías, cronologías.
Y entre todo eso, fragmentos de la vida de Gollum que nunca vimos en pantalla.
Su infancia. Su transformación. Su intento desesperado de llegar a la Comarca.
Su captura por los Montaraces. Su traslado a Mordor.
Son piezas de un rompecabezas que siempre estuvo ahí, esperando ser ensamblado.
Lo interesante es que estos apéndices no son solo datos. Son ventanas a la psicología de los personajes.
Tolkien no escribía por escribir. Cada detalle tenía un propósito, una resonancia emocional.
Y ahora, por primera vez, ese material va a ser el centro de una película.
Es un enfoque que me recuerda a Dune. Denis Villeneuve no se limitó a adaptar la trama; adaptó la experiencia de leer a Frank Herbert.
La sensación de estar dentro de una mente alienígena, de entender el mundo desde una perspectiva radicalmente distinta.
Si Serkis logra algo similar con Gollum, estaremos ante algo único en el cine de fantasía.
Un reparto que añade capas
El elenco confirmado incluye rostros familiares: Ian McKellen regresa como Gandalf, Elijah Wood vuelve como Frodo, Lee Pace retoma su papel de Thranduil.
Jamie Dornan asume el manto de Aragorn, un cambio que genera curiosidad.
Pero lo más intrigante son los nombres nuevos: Leo Woodall como Halvard y Kate Winslet como Marigol. Personajes que, presumiblemente, forman parte de ese material de los apéndices.
Personajes que podrían ser clave para entender el pasado de Sméagol, su contexto, su humanidad perdida.
¿Qué dice esto sobre nosotros?
Aquí es donde la cosa se pone interesante.
¿Por qué ahora? ¿Por qué una película sobre Gollum inspirada en Joker?
¿Qué dice eso sobre el momento cultural que estamos viviendo?
Creo que hay algo en el aire. Una fascinación creciente por los personajes rotos, por las mentes fracturadas, por las historias que no tienen respuestas fáciles.
Joker funcionó porque tocó algo real: la soledad, la alienación, la sensación de ser invisible hasta que explotas.
Gollum es eso mismo, pero en un contexto fantástico. Es la adicción. Es la pérdida de identidad.
Es la pregunta de si alguien puede ser redimido cuando ya no queda nada de quien era.
Y en un mundo donde hablamos cada vez más de salud mental, de trauma, de cómo las circunstancias nos moldean, esta película llega en el momento perfecto.
Como cuando Blade Runner nos obligó a preguntarnos qué nos hace humanos, o cuando Arrival nos mostró que el lenguaje moldea nuestra percepción del tiempo, esta película sobre Gollum podría hacernos cuestionar dónde reside realmente nuestra identidad.
¿En nuestros recuerdos? ¿En nuestras acciones? ¿O en esa voz interna que nunca deja de hablarnos?
No es solo fantasía. Es un espejo.
Hay algo valiente en apostar por una película así.
En un panorama dominado por universos cinematográficos y secuelas seguras, The Hunt for Gollum propone algo distinto: una inmersión psicológica en un personaje que siempre estuvo ahí, pero que nunca fue realmente el protagonista.
Es un riesgo. Pero es el tipo de riesgo que el cine necesita.
Si Serkis logra lo que Jackson cree que puede lograr, si consigue que sintamos la adicción de Gollum como algo visceral y real, si nos hace entender —no justificar, sino entender— su descenso, entonces esta película podría ser mucho más que una precuela.
Podría ser una reflexión sobre qué nos define, qué nos destruye, y si hay algo de Sméagol en todos nosotros.
Diciembre de 2027 está lejos. Pero ya estoy pensando en ella.

