• La 98ª edición de los Premios de la Academia ha anunciado su tercera tanda de presentadores, incluyendo nombres como Robert Downey Jr., Anne Hathaway y Paul Mescal, con la ceremonia programada para el 15 de marzo de 2026.
• La gala, que contará con Conan O’Brien como maestro de ceremonias, enfrentará a diez películas por el codiciado premio a Mejor Película, con «Sinners» de Ryan Coogler liderando con un récord de 16 nominaciones.
• Resulta revelador observar cómo la Academia sigue apostando por el espectáculo y el glamour de las estrellas, mientras el verdadero debate debería centrarse en la calidad cinematográfica de las obras nominadas.
Cada año, cuando se acerca la ceremonia de los Óscar, asistimos al mismo ritual: anuncios escalonados de presentadores, alfombras rojas interminables, y una maquinaria publicitaria que parece diseñada más para alimentar el espectáculo televisivo que para honrar genuinamente el arte cinematográfico.
No es que desprecie la tradición —al contrario, he seguido estas galas desde que tengo memoria—, pero uno no puede evitar preguntarse si todo este despliegue de nombres y rostros famosos no termina eclipsando lo verdaderamente importante: las películas mismas.
Sin embargo, y a pesar de mi escepticismo hacia el circo mediático que rodea estos eventos, debo reconocer que la 98ª edición de los Premios de la Academia presenta un panorama cinematográfico que merece atención.
Cuando veo nombres como Paul Thomas Anderson entre los principales contendientes, o cuando observo que se han nominado diez películas para Mejor Película, mi curiosidad cinéfila se despierta inevitablemente.
La Academia ha revelado su tercera ronda oficial de presentadores para la gala que se celebrará el próximo 15 de marzo. Entre los nombres anunciados figuran Robert Downey Jr., Anne Hathaway, Paul Mescal, Will Arnett, Priyanka Chopra Jonas y Gwyneth Paltrow.
El anuncio ha sido realizado por Raj Kapoor, productor ejecutivo y showrunner de la ceremonia, junto a Katy Mullan, también productora ejecutiva.
Esta nueva tanda se suma a los presentadores ya confirmados previamente: Adrien Brody, Javier Bardem, Kieran Culkin, Chris Evans, Chase Infiniti, Mikey Madison, Demi Moore, Kumail Nanjiani, Maya Rudolph y Zoe Saldaña.
De entre todos ellos, Brody, Culkin, Madison y Saldaña regresan en calidad de ganadores del Óscar del año anterior en las categorías de interpretación, y tendrán el honor de entregar los premios a los vencedores de este año.
Es interesante notar que, aunque Mescal e Infiniti no han recibido nominaciones individuales, sus respectivas películas sí han sido reconocidas por la Academia. «Hamnet» ha conseguido ocho nominaciones, mientras que «One Battle After Another» ha obtenido trece.
Este detalle no es menor: refleja cómo el cine sigue siendo, ante todo, un arte colectivo, donde el brillo individual debe subordinarse a la obra en su conjunto.
La ceremonia estará presentada por Conan O’Brien, una elección que, al menos, promete algo de ingenio y distancia irónica frente a la solemnidad a veces excesiva de estos eventos.
La gala se emitirá en directo por ABC y estará disponible en streaming a través de Hulu el domingo 15 de marzo de 2026, a las 19:00 horas (hora del Este de Estados Unidos). Para quienes disfrutan del desfile previo de vestidos y joyas, la alfombra roja comenzará a las 18:30 horas.
Pero dejemos a un lado el espectáculo y centrémonos en lo verdaderamente relevante: las películas.
«Sinners», dirigida por Ryan Coogler, lidera la competición con un récord histórico de dieciséis nominaciones. Es una cifra que impresiona, sin duda, aunque los números nunca han sido garantía de calidad cinematográfica.
Le sigue «One Battle After Another», de Paul Thomas Anderson, con trece nominaciones. Aquí mi interés se agudiza considerablemente.
Anderson es uno de los pocos directores contemporáneos que comprende verdaderamente el lenguaje cinematográfico, que construye sus películas con la misma meticulosidad con la que Kubrick componía cada encuadre.
Desde «Magnolia» hasta «Phantom Thread», Anderson ha demostrado una coherencia artística y una maestría técnica que escasean en el cine actual.
Ambas películas compiten por el premio a Mejor Película junto a otros ocho títulos: «Bugonia», «F1», «Frankenstein», «Hamnet», «Marty Supreme», «The Secret Agent», «Sentimental Value» y «Train Dreams».
Diez películas en total, un número que la Academia amplió hace años en un intento, supongo, de parecer más inclusiva y democrática. Personalmente, siempre he pensado que cinco candidatas eran suficientes. La excelencia no se mide por la cantidad.
Lo que me resulta particularmente llamativo de esta edición es la diversidad de propuestas. Veo adaptaciones literarias como «Hamnet» y «Frankenstein» —siempre he sostenido que las grandes obras literarias ofrecen un terreno fértil para el cine cuando se abordan con respeto y visión—, junto a lo que parecen ser proyectos más contemporáneos como «F1».
Esta tensión entre el cine como arte y el cine como entretenimiento de masas no es nueva. Ya la vivimos en los años cincuenta, cuando películas como «Un americano en París» ganaban frente a obras maestras como «Un tranvía llamado deseo».
La Academia siempre ha tenido esta tendencia a dejarse seducir por la espectacularidad y la producción grandilocuente, olvidando a veces que el verdadero cine reside en la capacidad de contar historias con profundidad.
La presencia de actores como Anne Hathaway o Robert Downey Jr. como presentadores garantiza, sin duda, momentos de glamour y titulares en la prensa. Son profesionales competentes, rostros reconocibles que atraen audiencias.
Pero uno quisiera que el foco estuviera en los cineastas, en los directores de fotografía, en los montadores, en todos esos artesanos del cine que trabajan en la sombra y cuyas categorías se despachan a menudo con prisa durante la ceremonia.
Mención aparte merece la figura de Conan O’Brien como presentador. A diferencia de otros maestros de ceremonias recientes, O’Brien posee una inteligencia verbal y una capacidad de improvisación que podrían aportar cierta frescura a un formato que, seamos honestos, se ha vuelto predecible.
Recuerdo las ceremonias presentadas por Billy Crystal o incluso las más antiguas con Bob Hope: había entonces un sentido del humor más sofisticado, menos dependiente del chiste fácil o del guiño cómplice a la cultura pop del momento.
Mientras aguardamos la llegada de esta 98ª edición de los Óscar, con su desfile de estrellas y su inevitable controversia sobre quién debería haber ganado qué premio, conviene recordar que estas ceremonias son, al fin y al cabo, un reflejo de la industria cinematográfica en un momento dado.
No siempre aciertan —de hecho, rara vez lo hacen si miramos con perspectiva histórica—, pero siguen siendo un termómetro de hacia dónde se dirige el cine, qué valores premia, qué tipo de historias considera dignas de reconocimiento.
Lo verdaderamente importante, más allá del espectáculo y los vestidos de diseño, es que sigamos teniendo directores como Paul Thomas Anderson que se atreven a hacer cine con mayúsculas, que respetan al espectador, que entienden que una película no es solo un producto de consumo sino una obra de arte capaz de perdurar en el tiempo.
Eso es lo que deberíamos celebrar, con o sin estatuilla dorada de por medio. El resto, como diría Hitchcock, es solo montaje.

