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Rob Liefeld, creador de Deadpool y del X-Force original, sospecha que Marvel evitó usar sus personajes en X-Men ’97 para no tener que pagarle más derechos.
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El X-Force de la segunda temporada lo forman Arcángel, Psylocke, Sunspot y Jubilee, dejando fuera a clásicos como Cannonball, Shatterstar o Warpath.
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Opinión: a mí me parece que Marvel debería sentarse a negociar de una vez; Shatterstar y compañía merecen su momento y el presupuesto da para ello.
Hay algo que me encanta del universo Marvel y que a veces se pasa por alto: la cantidad de capas que hay detrás de cada decisión creativa. No todo es «este personaje mola más» o «este encaja mejor en la historia». A veces, entre bastidores, hay contratos, derechos de autor y acuerdos económicos que condicionan qué vemos en pantalla y qué se queda en el cajón.
Y cuando Rob Liefeld, uno de los nombres más polémicos y productivos de los cómics de los 90, abre la boca para hablar de ello, vale la pena escuchar.
Porque Liefeld no es cualquiera. Es el tío que co-creó a Deadpool, a Cable y al X-Force original. Y cuando la segunda temporada de X-Men ’97 presentó su propia versión del equipo, muchos fans levantamos una ceja. ¿Dónde estaban los personajes que definieron ese nombre durante años? La respuesta, según el propio creador, tiene más que ver con euros —o dólares— que con guion.
Si eres fan de X-Men ’97, ya sabes que la segunda temporada ha subido bastante el nivel de ambición. Apocalipsis persiguiendo a los X-Men a través de tres períodos temporales distintos es exactamente el tipo de locura que uno espera de una serie animada que no tiene miedo de ir a lo grande. Y dentro de todo ese caos, Cable aparece liderando su propio equipo: X-Force.
Hasta aquí, bien. El problema —o la curiosidad, según cómo lo mires— es la composición de ese equipo.
En la serie, X-Force está formado por Arcángel, Psylocke, Sunspot y Jubilee. Son personajes con historia dentro del universo mutante, claro que sí. Pero el X-Force original de los cómics, el que Liefeld creó a principios de los 90, tenía una alineación muy diferente: Boom-Boom, Cannonball, Shatterstar, Feral y Warpath junto a Cable. Un equipo más tosco, más marcial, con esa estética hombreras-y-bolsillos tan característica de la época.
Y aquí me pongo nostálgica un momento. Recuerdo perfectamente aquellos primeros números de X-Force, con dibujos imposibles, anatomías que desafiaban la biología y una energía adolescente que, mal que le pese a algunos, marcó a toda una generación de lectores. Eran cómics que enganchaban precisamente por ese exceso. Ver que esos personajes siguen sin llegar al gran público duele un poquito.
Cuando los fans le preguntaron a Liefeld en redes sociales por qué sus creaciones originales habían quedado fuera, el dibujante no se anduvo con rodeos.
«Sí, por supuesto que todo el mundo me lo ha dicho. Pero es su decisión. Creo que es porque tendrían que pagarme aún más dinero si usan más creaciones mías. Mis acuerdos son caros.»
Directo al grano, como suele ser él.
Y es que esto no es un debate menor. Los derechos de creadores en la industria del cómic son un tema que lleva décadas generando tensiones. Cuando un autor firma la creación de un personaje que luego se convierte en una franquicia multimillonaria, la compensación puede ir desde lo justo hasta lo ridículo, según lo que se firmara en su día.
Piensa en los casos más sonados: los herederos de creadores clásicos peleando durante años por un reconocimiento y una parte del pastel que llegó tarde o directamente no llegó. Liefeld, en cambio, parece tener sus acuerdos bien atados, y eso —aparentemente— tiene consecuencias directas en qué personajes aparecen y cuáles no. No es poca cosa: significa que las decisiones sobre el reparto no siempre nacen del guion, sino de una hoja de cálculo.
No es la primera vez que esto ocurre con su obra. Recordad Deadpool 2: X-Force aparecía por fin en imagen real, con un reparto de infarto… y en cuestión de minutos los mataban a casi todos en una secuencia que era mitad homenaje, mitad chiste cruel. Domino sobrevivió. El resto, no. Una decisión que en su momento pareció una broma meta, pero que a la luz de estos comentarios quizás tiene más lecturas de las que pensábamos.
Por cierto, Domino tampoco aparece en el X-Force de X-Men ’97. Ni X-23. Ni Deadpool. Casualidad o no, muchos de los ausentes son precisamente personajes con vínculos directos a Liefeld o a acuerdos de derechos complicados.
Lo que sí hace bien la serie es aprovechar este contexto para dar protagonismo a grupos que en la animación anterior quedaban en segundo plano. X-Factor también tiene su momento esta temporada, y eso, para cualquier fan de los cómics, es una pequeña victoria que se agradece.
Mientras tanto, el universo mutante sigue expandiéndose en otros frentes: el juego de Wolverine de Insomniac Games apunta a 2026, y de Avengers: Doomsday se rumorea que reunirá a Patrick Stewart e Ian McKellen con sus versiones de los X-Men de Fox. Ojo, que aún no hay nada confirmado al cien por cien, así que lo pongo en condicional; pero si se cumple, verlos de nuevo en pantalla —aunque técnicamente sean variantes del multiverso— va a ser un momentazo difícil de igualar.
Lo de Liefeld me parece uno de esos recordatorios necesarios de que el entretenimiento que consumimos no existe en el vacío. Hay personas reales detrás de los personajes, con contratos reales, y esas decisiones financieras moldean lo que llega a nuestra pantalla más de lo que nos gustaría admitir.
No es una crítica directa a X-Men ’97 —la serie está haciendo un trabajo estupendo— pero sí invita a reflexionar sobre cómo se gestiona el legado creativo en una industria tan grande.
Y mientras tanto, yo seguiré disfrutando de cada episodio con esa mezcla de nostalgia y análisis que es imposible apagar cuando llevas años queriendo a estos personajes. Shatterstar merece su momento en pantalla algún día. Y si eso implica que Marvel llegue a un acuerdo con Liefeld, pues que lo hagan, que para algo está el presupuesto.

