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Las primeras reacciones a The Odyssey de Christopher Nolan la describen como «tan épica como puede serlo el cine», con elogios a su garra emocional, su sensibilidad y un último acto que «recompensa el viaje».
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Que Nolan haya elegido adaptar La Odisea justo ahora no parece casual: pocas obras hablan con tanta profundidad sobre la identidad, la pérdida y el precio de perseguir algo durante demasiado tiempo.
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En mi opinión, lo único que importa de verdad no es si la película es «épica» —eso ya lo repiten todos—, sino si esa épica descomunal todavía es capaz de doler donde tiene que doler; y eso, por ahora, nadie puede confirmarlo.
Hay una imagen en La Odisea de Homero que lleva siglos sin envejecer: Ulises llegando a Ítaca después de veinte años, y nadie le reconoce. No porque haya cambiado físicamente, sino porque el viaje lo ha convertido en alguien distinto.
El regreso, en el fondo, es la historia de un hombre que tiene que aprender a ser él mismo otra vez. Y esa pregunta —¿quién eres cuando ya no tienes excusas para seguir huyendo?— sigue siendo tan urgente hoy como entonces.
Christopher Nolan lleva décadas construyendo películas alrededor de ese tipo de preguntas. Desde Memento hasta Interstellar, pasando por Oppenheimer, sus protagonistas siempre cargan con algo irresoluble: una identidad fragmentada, una culpa que no se deshace, una misión que los consume por dentro.
Que haya elegido La Odisea como su siguiente proyecto parece, más que una decisión artística, una declaración de intenciones. Y las primeras reacciones que empiezan a circular en redes sugieren que la espera podría haber valido la pena.
El movimiento de Nolan: críticos sí, influencers no
Hace poco, Hollywood Reporter informaba de algo que, en el contexto actual de la industria, resulta llamativo: el equipo de The Odyssey había decidido prescindir de las proyecciones para influencers y apostar directamente por los críticos de cine profesionales.
En un sector donde los grandes estrenos suelen ir precedidos de una avalancha de vídeos de reacción, opiniones de treinta segundos y titulares generados antes de que nadie haya visto la película con calma, ese gesto hizo ruido.
Se interpretó como «una demostración de fuerza»: la película no necesita venderse de esa manera. Confía en sí misma.
Es un gesto que dice algo incluso antes de ver un solo fotograma. No sobre la calidad del film, sino sobre la posición desde la que Nolan se relaciona con la industria. Y sobre la clase de conversación que quiere provocar.
Pero las reacciones llegaron igualmente
Paradójicamente, a pesar de esa apuesta por los canales tradicionales, las primeras reacciones en redes han emergido de todas formas.
No necesariamente de influencers al uso, pero sí de voces que asistieron a pases previos y que no han podido —o querido— contenerse.
El resultado es lo que suele esperarse en estos casos: entusiasmo, superlativos y poca profundidad analítica.
La mayoría de los críticos especializados no verán la película hasta la semana siguiente. Lo que circula ahora son impresiones calientes, no análisis. Hay que leerlas con ese filtro puesto.
Lo que dicen las primeras voces
Dicho esto, lo que se está diciendo no es poca cosa.
Las reacciones califican The Odyssey como «tan épica como puede serlo el cine». Hablan de una adaptación «grandiosa y absorbente» del poema de Homero, con «garra», «sensibilidad» y «corazón». Y coinciden en señalar un tramo final que, dicen, «recompensa el viaje».
Ese último detalle me parece revelador.
La Odisea, el texto original, es fundamentalmente eso: un trayecto larguísimo, lleno de desvíos, trampas y dioses que se interponen. La pregunta que siempre planea sobre cualquier adaptación de este material es si el destino justifica el camino. Parece que, al menos para quienes ya la han visto, la respuesta es que sí.
Es tentador querer leer más entre líneas. Pero de momento son lo que son: fragmentos eufóricos sin demasiado contexto. El patrón de las primeras impresiones en redes es casi siempre el mismo: positivo, exaltado y lleno de frases diseñadas para ser citadas y compartidas. Lo que de verdad importa llegará después.
Qué nos dice esto sobre Nolan, y sobre nosotros
Aquí es donde no puedo evitar ponerme más reflexivo.
Que Nolan escoja La Odisea justo después de Oppenheimer —una película, en el fondo, sobre la responsabilidad moral de crear algo que ya no puedes controlar— dice bastante sobre la dirección en la que quiere mirar ahora.
Porque La Odisea no es solo una aventura de monstruos y dioses. Es una reflexión sobre la identidad. Sobre qué significa mantener un propósito cuando todo a tu alrededor cambia. Sobre el precio que pagamos por perseguir algo durante demasiado tiempo.
Y esto conecta directamente con lo que más me interesa del cine. Vengo de la ciencia ficción, mi terreno natural, y lo mejor de ese género hace exactamente lo mismo que Homero hizo hace tres mil años: tomar una pregunta enorme y envolverla en un espectáculo que la hace accesible sin quitarle peso.
Pienso en Blade Runner preguntándose qué nos hace humanos, o en Dune convirtiendo una fábula sobre el poder y el destino en una experiencia sensorial descomunal. La escala está al servicio de la idea, no al revés.
Soy de los que pausaron Arrival para apuntar frases, o de los que se quedaron pensando en Her durante días. Y lo que espero de The Odyssey es precisamente eso: no salir deslumbrado, sino salir removido.
La diferencia con Homero es que ahora el espectáculo tiene pantallas IMAX y una escala que Ulises ni podría imaginar. La pregunta que me hago —y que solo podré responder cuando la vea— es si Nolan consigue que esa épica descomunal siga teniendo algo que decirle a alguien que vive en 2025. Que, debajo de toda la grandiosidad, haya algo verdadero.
Lo que queda por ver
The Odyssey se estrena en cines el 17 de julio.
Los críticos especializados empezarán a publicar sus análisis completos la semana siguiente. Y ahí será cuando sabremos de verdad de qué está hecha la película. No si es «épica» —eso ya lo dicen todas las primeras voces—, sino qué tipo de épica.
Si es la que te golpea y te deja sin palabras, o la que te deja pensando durante días.
Porque eso es, al final, lo que distingue a las grandes películas de las simplemente grandes producciones: que te dejan con una pregunta que no puedes quitarte de encima.
La Odisea lleva miles de años haciéndonos la misma pregunta: ¿qué queda de nosotros cuando el viaje termina? Que Nolan haya decidido contarla ahora, con todo el peso visual y narrativo que el cine contemporáneo puede ofrecer, es en sí mismo una apuesta enorme. No porque el material sea difícil de adaptar —que lo es—, sino porque exige que el espectador llegue dispuesto a algo más que a entretenerse.
Las primeras reacciones apuntan a que puede ser eso y más. Pero como con cualquier gran historia, lo que importa no es el veredicto inmediato, sino lo que queda días después de salir de la sala. Si The Odyssey consigue que alguien se vaya pensando en quién es, en lo que ha perdido o en lo que todavía quiere recuperar, entonces habrá hecho exactamente lo que debía. Y eso, en el cine de hoy, ya es mucho decir.

